El ministerio del amor. “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo”

 Hoy vemos cómo, al bajar de la montaña junto con Jesús, los discípulos se ponen a la escucha del llamado “Sermón de la llanura” (Lc 6,20-49.

Una necesaria toma de conciencia. Con el anuncio de las bienaventuranzas, los discípulos han comprendido que en el seguimiento de Jesús han entrado en una nueva esfera de vida. Ellos son diferentes. El centro de todo está en la acción de Dios quien con su señorío –el Reino de Dios- los conduce progresivamente hacia la plenitud de vida, identificándolos con él. De aquí se desprenden un nuevo proyecto de vida cimentado en los valores del Reino, que no son diferentes de las actitudes de Dios con el hombre, los cuales se contraponen a los valores –muchas veces más atractivos- del mundo. Estos valores se aprenden en el camino con Jesús.  Si le ponemos un poco de mayor atención al pasaje de hoy, veremos cómo Jesús va delineando lo distintivo del discípulo, que es diferente del no convertido (ver el comportamiento del pecador en 6,32-34), y que se resume en la frase: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (6,36). Al fin y al cabo la nueva realidad del Reino es la de la filiación y si somos hijos de Dios debemos acreditar el apellido.

La reacción del discípulo frente a las agresiones. ¿Cómo se comporta un “hijo del Altísimo”? Pues como su Padre, quien “es bueno con los ingratos y perversos” (6,35).  Y esto no es fácil. El discípulo no es “de palo”, es tremendamente humano y le duelen las agresiones de los otros, es frágil y vulnerable. Puesto que no vive en una burbuja de cristal sino que tiene que vérselas todos los días con su familia, sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo, él tiene que aprender a vivir todas sus relaciones –y las dificultades que éstas conllevan- desde la óptica del Reino. Digámoslo así: el manejo de las relaciones es el termómetro de la santidad, esto es, del vivir plenamente como hijo de Dios.  Lo que caracterizará el comportamiento del discípulo, en el ámbito descrito, es la iniciativa en el amor: un amor que salva, porque como ya vimos “hacer el bien” y “salvar” están al mismo nivel (ver 6,9). Para ello se depone el sentimiento de desquite, revirtiendo los sentimientos negativos y las agresiones de los otros en impulsos de amor. Observemos la fuerza de los imperativos de los versículos 27 y 28: (a)    “Amad a vuestros enemigos” (b)   “Haced el bien a los que os odien” (c)    “Bendecid a los que os maldigan” (d)   “Rogad por los que os difamen”.  Como puede notarse, no se permanece pasivo sino que se va al encuentro de otro para hacer por él todo lo bueno que sea posible (y salvarlo). El verdadero discípulo nunca le cierra las puertas a su adversario (ver 6,30-31).

El secreto del discípulo: la misericordia de Papá Dios.  El secreto de esta manera de ser está en que un discípulo, que en Jesús se hace hijo en el Hijo, imita –o mejor: expresa-  el corazón de Dios Padre: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (6,36). Los imperativos anteriores no se puede vivir sino a partir de este imperativo básico.  Entonces, la raíz de la nueva manera de ser –según los valores del Reino- está en Dios que nos habita. Lo que se busca es parecerse a Jesús y Jesús es como su Padre. Cuatro nuevos imperativos parecen querer mostrarnos el ritmo según el cual late el corazón misericordioso del Padre (6,37-38): (a) “No juzguéis” (b)“No condenéis” (c)“Perdonad” (d)“Dad”.  Los dos primeros imperativos, en negativo, muestran que hay un impulso negativo que hay que saber frenar; los otros dos, en positivo, señalan un nuevo impulso de salida de sí mismo para acoger y ofrecer lo que el otro, seguramente en su fragilidad personal que es causa de su pecado, está necesitando. No puede ejercer la misericordia –dejar de lado los juicios y más bien tenderle la mano al hermano frágil- quien no tiene esta madurez –la paternidad de Dios bien aquilatada- en su corazón. Y en la medida en que la ejercemos, quedamos cada vez más llenos de la misericordia del Padre: no seremos “juzgados” ni “condenados”, sino más bien “perdonados” y “colmados” con sus dones. Entre más amamos, más el corazón de Dios nos habita. Esta es la vida según el Reino de Dios.

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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