Lucas 9, 28b-36:  “Este es mi Hijo, mi Elegido, ¡Escuchadle!”

 Lucas es el único evangelista que:  Hace notar que Jesús subió a la montaña “para orar”. Habla de la “gloria” de Moisés y Elías. Nos dice que el tema de conversación era “el éxodo que iba a cumplir [Jesús] en Jerusalén”. Nota que Pedro y los otros dos discípulos “estaban cargados de sueño”, sin embargo “permanecían despiertos y vieron la gloria [de Jesús]”. Señala que Pedro sólo toma la palabra cuando Moisés y Elías se han ido. Dice que Pedro llamó a Jesús con sumo respeto: “Maestro” (con un término que es propio de Lucas: “epistates” y no el tradicional “didáskalos”; Marcos dice “Rabbí” y Mateo “Señor”). Cuenta que en la nube Jesús recibe el calificativo de “Hijo elegido”, un título semejante al que se le dará en la Cruz (ver 23,35). Destaca al final del relato que los discípulos “guardaron silencio”.

Una oración transformante. Lucas no utiliza la palabra “transfiguración” (en griego “metamorfosis”, término usado por Mc y Mt), ya que ésta tiene para sus lectores grecorromanos una resonancia pagana (recordemos las “metamorfosis” de Ovidio). Más bien habla de un “cambio de aspecto en el rostro” de Jesús, y más delante de “su gloria”. Estos términos evocan el relato del Sinaí, en el que Moisés fue “glorificado”. El evangelista deja entender que este “cambio” en el aspecto de Jesús es obra de Dios. Después de decir explícitamente que el “aspecto” externo del rostro de Jesús cambió (v.29b), Lucas completa la descripción anotando que se trata de una manifestación de la “gloria” de Jesús (v.32b).

La presencia de Moisés y Elías. Al decir que también Moisés y Elías “aparecían en gloria”, así como Jesús, el cuadro queda completo. En las Escrituras, Moisés y Elías no son como el común de los mortales: Elías ha sido arrebatado sobre un carro de fuego (ver 2 Reyes 2,11) y Moisés fue enterrado en lugar desconocido, probablemente hasta por Dios mismo. Vistos como personajes decisivos dentro de la historia del pueblo de Dios, Moisés y Elías tuvieron algo en común: el servicio al pueblo –obedeciendo el envío del Señor- les costó mucho sufrimiento. En el diálogo con Jesús en este relato, ellos son testigos de lo que vivieron en carne propia, esto es, tanto Moisés como Elías fueron profetas rechazados, su misión casi les costó la vida. – Fueron servidores de los caminos de Dios aún en medio de la testarudez de un pueblo que en más de una ocasión se vino en contra ellos; pero su sufrimiento valió la pena: su camino entero ahora es modelo de la gloria que emerge de dentro del dolor cuando éste es vivido en función de los demás. Moisés y Elías al lado de Jesús que está a punto de comenzar el camino decisivo, pueden dar testimonio de que efectivamente por ese camino se llega a la plenitud de la vida.

Una comprensión del camino de la pasión y muerte de Jesús. El tema de conversación de Moisés y Elías con Jesús es “la partida que iba a cumplir en Jerusalén” (v.31b). La frase apunta en primer lugar a su “salida” hacia el Padre, es decir su ascensión, la cual se realiza a partir de su pasión y muerte. Por tanto, la suya no es una muerte como tantas otras. Su “salida” hacia el Padre, por medio de la Pasión, será en adelante el punto de referencia definitivo de toda experiencia pascual y de todo camino humano. Esto lleva a entender que el sufrimiento y la muerte de Jesús no son un absurdo sino un “paso” necesario (“El Hijo del hombre debe sufrir mucho…”; 9,22). No es solo la oposición mortal de los adversarios sino ante todo la fidelidad a la voluntad de Dios lo que conducirá a la “necesidad” de la Cruz.

El sueño: ¿Están los discípulos en condiciones para acompañarlo? El evangelista hace una anotación: “Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos” (v.32). La sensación de sueño que tienen Pedro y sus compañeros, que nos reenvía al sueño de los discípulos durante la oración y agonía de Jesús del Getsemaní (ver 22,45-46), describe la dificultad para acompañar a Jesús en su camino hasta las últimas consecuencias. Aunque “ven” la gloria de Jesús hay una pesadez interna que no les permite ponerse a la altura de los acontecimientos. La situación descrita no es negativa sino ante todo el señalamiento del punto de partida del bellísimo itinerario pedagógico que conducirá Jesús con ellos hasta cuando les abra los ojos a la revelación total en el día pascual (como le sucede a los discípulos de Emaús: 24,16.31).

  1. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM
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