Jesús Camino, Verdad y Vida:
Cómo alcanzar la más profunda aspiración humana
Juan 14, 1-12
Los discípulos aprenden un nuevo horizonte para sus vidas. La enseñanza de Jesús comienza con una invitación a confiar en Él: “No se turbe vuestro corazón” (14,1ª). Cuando los sentimientos se agitan por el vacío de una ausencia, Jesús ofrece la fortaleza de la fe: “Creéis en Dios; creed también en mí” (14,1b). En la primera parte de la enseñanza, notamos que la referencia a Dios Padre lo enmarca todo: al principio dice: “En la casa de mi Padre…” (14,2). Al final dice: “Yo voy al Padre” (14,12). La estrecha relación entre el Padre y el Hijo se ve más claramente en el tiempo pascual: Jesús va al Padre: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (20,17). Y con quien vive desde la eternidad en una gran comunión: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios; ella estaba en el principio con Dios” (1,1). Vale la pena observar a lo largo del pasaje que leemos hoy cómo se va presentando la relación entre el Padre y el Hijo. Este es el horizonte sobre el cual Jesús propone la relación con sus discípulos. A la hora de la despedida, Jesús le explica a sus discípulos que no se separa de ellos para siempre, sino que su partida sirve para establecer un vínculo aún más fuerte.
La fe que vence el temor (14,1). Jesús comienza con palabras fuertes: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí” (14,1). Jesús señala la actitud fundamental con la cual los discípulos deben afrontar la situación de la separación: la confianza. Ante este hecho, los discípulos no deben dejarse impresionar, perder la compostura, para andar preocupados o inquietos. Justo ahora deben tener su más sólido fundamento y su inquebrantable apoyo en Dios y en Jesús. Sólo en la fe serán capaces de enfrentar esta situación. Jesús habló varias veces del “creer” como respuesta a sus signos y como camino de acceso a la vida eterna. Ahora que ellos no lo verán más, el “creer” de los discípulos es aún más necesario. Pero así como uno cree en Dios a quien no ve, Dios es invisible, así también hay que creer en Él en cuanto Señor resucitado. De la misma manera que se cree en el Dios invisible hay que creer en el Resucitado.
Jesús y el Padre están al mismo nivel. A Dios y a Jesús se les debe el mismo tributo de fe, porque el Padre se deja conocer a través del Hijo y obra en comunión inseparable con el Hijo por medio de Él (14,10-11). Sin ver, los discípulos deberán apoyarse con una confianza ilimitada en el Padre y en el Hijo, construyendo todo sobre ellos.
El nuevo y definitivo espacio de relación en la casa del Padre (14,2). El hecho de que Jesús se vaya no constituye una separación definitiva, sino que sirve para su unión eterna: “Voy a prepararos un lugar” (14,2b). La referencia a “muchas mansiones” en la casa del Padre, expresa ante todo la idea de una morada permanente. La metáfora no describe a Jesús arreglando un cuarto sino construyendo una casa: así como los que se aman, construyen casa para vivir juntos. Para Jesús la muerte es un retorno a la casa del Padre (13,1). Exaltado y glorificado, él estará para siempre en la comunión perfecta con el Padre.
Jesús resucitado es la nueva construcción. Es así como la Pascua es la construcción de la “morada”. Exaltado y glorificado, Jesús estará siempre en la perfecta comunión con el Padre. En ésta “morada” serán acogidos los discípulos de Jesús. Los discípulos tienen su patria definitiva no sobre esta tierra sino en Dios (el cielo).
Jesús no se va para abandonar a sus discípulos sino para prepararles un puesto junto al Padre. Viene entonces para tomarlos consigo y estar en unión eterna con ellos: “Volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros” (14,3). Es importante que los discípulos no se fijen solamente en el hecho de que Jesús muera de tal muerte y que ya no esté con ellos. Ellos deben ver con fe el fin, o sea, que todo aquello que Jesús ya llevó a cabo está orientado a su comunión perenne con Él y con el Padre. Pero este don de Jesús, no puede llevar al discípulo al pasivismo: de la participación y el compromiso. Y eso es lo que Jesús quiere decir con la imagen del “camino”: “A donde yo voy sabéis el camino” (14,4). Hay que ponerse en movimiento por el “camino” indicado por Él mismo en sus palabras, sus obras y todo lo que aprendieron en la convivencia amiga con él.
Una gran revelación: el camino es el mismo Jesús (14,5-7). El camino es el mismo Jesús. Nosotros hombres no podemos salvarnos por nosotros mismos, esta posibilidad es inaccesible para nosotros. Hay un único acceso a la salvación: Jesús en persona. La salvación consiste en la unión con Dios gracias al acceso que Jesús nos da a esta comunión. Como es la única puerta, así Jesús es también el único “Camino” hacia el Padre, en cuanto es la “Verdad” y la “Vida”. “Verdad”: “Él es la Verdad” significa que sólo por medio de Él se puede conocer el misterio de Dios. Sólo por medio de Jesús, en su realidad de Hijo, se revela que Dios es realmente Padre y vive desde siempre en una afectuosa comunión y a la par con este Hijo (1,1.18). Jesús es la perfecta revelación del Padre; “Vida”: “Él es la Vida” significa que tenemos la unión con Dios Padre, y por tanto la verdadera vida eterna, sólo a través de la unión con Jesús. Él es la fuente de vida: “Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia”
La única posibilidad de abordar y recorrer esta vía es la fe. Para quienes tienen fe les dice: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (14,9). Quien reconoce por la fe a Jesús como Hijo, logra enseguida por la fe al Padre. Sólo para quien cree en él, Jesús es el camino, continuará siéndolo aún cuando no esté visiblemente entre los suyos. La relación con Jesús no es como la que se tiene con un amigo más, sino que va más allá: al conocimiento pleno del misterio de Dios y cuyo fondo es su rostro paterno, y también a la relación misma con este Dios descubierto en su tremenda cercanía de Padre, una relación, una unión en la cual se genera una vida eterna. Aquel Padre, del que Tomás desea conocer con todo su ser, es lo máximo de la felicidad, de la protección, de la ternura. Por eso dice: “nos basta”.







