LAS TENTACIONES DE JESÚS:
¡Nuestras luchas y nuestra victoria!
Mateo 4,1-11

El primer domingo de Cuaresma es conocido como “de las Tentaciones”. Nos encontramos con un rostro de Jesús poco habitual, pero de todas maneras, verdadero. Jesús acaba de ser bautizado en el Jordán, donde –contemplando el cielo abierto- ha escuchado la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mateo 3,17). Después de esta declaración de amor del Padre por Él, Jesús es conducido por el Espíritu Santo al desierto donde le responderá con una triple declaración de fidelidad. Jesús sabe bien que el desierto, en la Biblia, es el lugar de la soledad, del hambre, donde hay una sensación de pérdida, en contraposición con aquel mundo maravilloso que Dios quería como un jardín, como un lugar de encuentro y de diálogo con el hombre. Y Jesús es el jardín del Padre, la humanidad nueva para un mundo renovado, y desea realizarlo a través de los 40 días de desierto invitándonos a cada uno de nosotros a seguirlo.

El texto nos presenta a Jesús en el desierto dando una prueba inequívoca de que quiere vivir en coherencia, con todo su ser, su ser “Hijo Amado, predilecto del Padre”. Él quiere vivir con su obediencia libre y amorosa –la que es propia de un Hijo- la voluntad de Dios realizando su misión según el camino fijado por el Padre. En las tres tentaciones, Satanás trata de inducir a Jesús para vivir según una lógica de vida distinta y no la del Padre. 

Primera tentación: el pan (4,3-4). Cuando el hambre aprieta, entra al ataque el tentador: “Y acercándose el tentador, le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes’. Mas él respondió: ‘Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’. ”El diablo se dirige a Jesús llamándolo “Hijo de Dios” pero en forma condicional: “Si eres…”. Sabemos que en Palestina las piedras se parecen –en su aspecto exterior- a los panes. Sin embargo la cuestión es de fondo. Con la propuesta de transformar las piedras en panes, el diablo le pide a Jesús que utilice el poder que le viene de su altísima dignidad, de su comunión con Dios. Lo invita a rebelarse contra Dios y a separarse de Él.

Jesús no sólo rechaza la propuesta del diablo sino que le da los argumentos de su negativa: no es en beneficio propio que él realiza su misión sino en función de la realización de la voluntad de Dios, expresada esta en la Santa Escritura. Para decirlo, Jesús acude a la misma Palabra de Dios, a la manera como lo hacían los grandes Maestros en Israel. Sus palabras están tomadas de Deuteronomio 8,3: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús señala que más importante que el pan para el hombre es la Palabra de Dios y su puesta en práctica (=obediencia). ¡Cuán importante es acudir a la Palabra y vivir de ella!

Segunda tentación: el espectáculo en el Templo (4,5-6). El diablo se acerca a Jesús y lo “lleva consigo”. El nuevo lugar de la tentación es la “ciudad santa”, o sea, Jerusalén, y dentro de ella el Templo. “Lo pone sobre el alero del Templo”, quizás se trate del punto más alto del Templo. Podría pensarse en la esquina sur de la muralla del Templo que da hacia el torrente Cedrón, donde  cae un abismo vertiginoso. Ahora es el diablo quien toma la iniciativa para citar la Santa Escritura: un pasaje del Salmo 91,2-3. El diablo le recuerda a Jesús que, en su calidad de Hijo de Dios, goza del privilegio de una extraordinaria protección de Dios, así como lo promete el Salmo.

De repente la discusión se pone áspera. Ahora es Jesús quien entra al ataque. El diablo jugó a ser teólogo citando la santa Escritura y distorsionando el sentido de sus palabras. Jesús entonces le dice tajantemente la frase de Deuteronomio 6,16: “¡No tentarás al Señor tu Dios!”. Precisamente en la diferencia que hay entre la letra y el sentido está el núcleo de esta tentación. Es verdad que Dios es bondadoso y asegura su protección, pero esto no quiere decir que haya que tomar al pie de la letra sus palabras y poner a prueba dicha bondad y protección mediante actos suicidas. Si esto llega a suceder, Dios quedaría reducido a un simple objeto de mercado al que se le utiliza según el antojo. No sería el hombre el que se sometería a Dios sino al revés. No se reconocería dócilmente su querer sino que lo domesticaríamos a nuestro antojo. Entrar en la lógica que el diablo le propone a Jesús, Dios ya no sería Dios, perdería su señorío, se le rebaja a un ídolo manipulable.

Tercera tentación: el fastuoso poder del mundo (4,7-10). De nuevo el diablo “lleva consigo” a Jesús. Llegan a un altísimo monte. A diferencia del monte de la transfiguración (17,1) y del monte del final del evangelio (28,16), este monte no sabemos por donde se encuentra. Sabemos simplemente que es “muy alto”. La intención es ofrecerle a Jesús una vista panorámica del planeta. Le muestra “los reinos del mundo y su gloria”. La “gloria” aquí indica la apariencia, el esplendor engañoso, la inestabilidad propia de su dominio. La propuesta entonces es la adquisición de todo ese poder con el cual se consigue dinero y dominio. Pero el precio es la adoración del diablo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”.Como Israel (ver Deuteronomio 6,12-15; Éxodo 23,20-33; 34,11-14), también Jesús vino para tomar “como herencia las naciones” que estaban bajo el poder del “príncipe de este mundo”. Pero no es bajo el apoyo de Satán –con intriga, egoísmo, acumulación de bienes, aprovechamiento del trabajo de otros, coaliciones políticas- como él lo va a lograr, sino sometiéndose incondicionalmente al Dios de la Alianza, quien le propone vida y prosperidad a “su” pueblo mediante la vivencia de la justicia y la fraternidad (tal como lo enseña el Deuteronomio).

Jesús se pone de parte de Dios. El diablo no consigue separarlo de su Padre y de su proyecto de un pueblo igualitario de hermanos. La declaración en la que Jesús opta por el Señorío de Dios está basada en Deuteronomio 6,13 (si bien es posible que se trate de una combinación de Deuteronomio 5,9 –“temerás al Señor tu Dios”- y 10,20 –“le servirás”). En todo caso el referente es la oración llamada “Shemá Israel” (“Escucha Israel…”, de Dt 6,5). El supuesto dominio universal del diablo es engañoso, porque como dice Deuteronomio 10,14: “Mira, a Yahvé, tu Dios, le pertenece el cielo… la tierra y cuanto hay en ella”.

Al final no transforma piedras en pan, no se tira de lo alto del Templo, no se arrodilla ante el diablo para recibir gloria y poder mundano. Jesús escoge el camino más difícil: escoge vivir las penurias de todo hombre; escoge el camino oscuro de la fe, del llegar a probar incluso el silencio de Dios…; escoge la adoración del único señorío de Dios, haciendo de él y de su propuesta de construir un pueblo suyo en la fraternidad y la justicia, el empeño que merece todo sacrificio.

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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