EL CAMINO DE AMISTAD Y FE QUE RESUCITA
Marta, María y Lázaro de Betania
Juan 11,1-45
Jesús recibe la noticia de la enfermedad de su amigo (11,1-6). Se ha enfermado Lázaro, quien es hermano de Marta y María, amigo de Jesús que vive en Betania. Se destaca la relación directa que Jesús sostiene con esta familia. La amistad y el cariño son característicos de los encuentros de Jesús: su misión no es tanto ganar adeptos que comulguen con sus ideas, para Jesús cuenta mucho la relación personal con cada uno. En Jesús cada hombre está llamado a experimentar la solicitud cordial y personal de Dios; y es al interior de esta relación personal con Él que se realiza la salvación.
Jesús prepara a sus discípulos para el signo que está a punto de realizar (11,7-16). Esta segunda etapa está enmarcada por la propuesta de Jesús a sus discípulos, “Volvamos de nuevo a Judea”, y por la respuesta de Tomás en nombre de todos “Vayamos también nosotros a morir con él”. Entre la propuesta y la respuesta hay un diálogo entre Jesús y sus discípulos sobre el sentido de la acción que se va a realizar en Betania. Si miramos atrás, en el episodio de las bodas de Caná, veremos que los discípulos ya han sido entrenados desde el principio para saber descubrir en las acciones de Jesús un signo que revela la Gloria de Dios.
“Para la Gloria de Dios. Es decir, para manifestar de qué manera Dios es “Yo soy el que soy”, el que está presente en medio de su pueblo. Todas las acciones de poder de Jesús buscan que Dios resplandezca con su obra, que se haga visible el poder de Dios. Dios se manifiesta no en su esencia abstracta sino en su interés y su premura concreta por cada uno de los hombres de la tierra.
“Para que el Hijo de Dios sea glorificado”…Es decir, para que se reconozca que Jesús está en una relación estrecha y al mismo nivel que Dios. Las obras de Jesús enseñan quién es Jesús. En el diálogo con sus discípulos, todavía les agrega una tercera y definitiva razón de lo que pretende con la resurrección de Lázaro: “Para que creáis” (11,15). Por lo tanto al revelarse la Gloria de Dios por medio del Hijo de Dios, Jesús espera que sus discípulos:(1) Confirmen su fe; (2) Comprendan qué es lo que les espera como consecuencia del creer. Con estos presupuestos Jesús invita a sus discípulos a seguirlo en Judea. Ellos irán con la conciencia clara de lo que les espera allá. La frase valiente de Tomás, “vayamos también nosotros a morir con él”, implica un gesto de confianza en Jesús. Los discípulos son testigos ante nosotros de lo que implica el seguimiento y de cómo el dar vida supone el poner en riesgo la propia vida.
El encuentro de Jesús con Marta (11,20-27). El diálogo de Jesús y Marta es significativo. En el intercambio Marta va entrando, conducida por Jesús, en la experiencia de la fe: Marta comienza abriéndole su corazón a Jesús. Sus palabras manifiestan: Su fe en Jesús: “Mi hermano no habría muerto”; Su desilusión por haber llegado tarde: “Si hubieras estado aquí…”; Su esperanza porque sabe que su presencia no será en vano: “Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Estas palabras son una reafirmación de su fe… a pesar de todo. Por sus palabras, se nota cómo en el corazón de Marta se mezclan la fe y la desilusión frente a la persona de Jesús. Pero lo más importante es que a su experiencia de fe le falta todavía un conocimiento más hondo de qué es lo que Jesús está en capacidad de ofrecerle. Marta, entonces, llega a la fe: comprende y hace una profesión de fe de altísimo nivel. Dice Marta: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo”. El encuentro tiene su punto culminante en la confesión de fe, es decir, en el reconocimiento de (1)quién es Jesús para los hombres. Dice Marta: “Tú eres el Cristo”: aquel mediante el cual Dios cumple su obra de salvación por los hombres: “Tú eres el Hijo de Dios”: aquel que vive en una comunión sin comienzo y sin fin con Dios; aquel que está al mismo nivel de Dios.
El encuentro de Jesús con María (11,28-32). Jesús la llama: “El Maestro está ahí y te llama” (11,28). María permanece encerrada en su dolor, su tristeza la inmoviliza, a diferencia de su hermana no vislumbra una esperanza. Sin embargo su actitud no es del todo cerrada, ella sabe reaccionar ante la voz del maestro que la llama: “se levantó rápidamente y se fue donde él”. A diferencia de Marta, María no consigue desprenderse del ambiente funerario que la rodea. No consigue salir de su dolor, no llega a la fe en la resurrección: “Señor, si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”. María hace algo que no hace Marta: “cayó a sus pies”. El gesto probablemente indica reconocimiento y adoración de Jesús, pero sus palabras indican que su fe es todavía insuficiente. Sus palabras son idénticas a las de la primera parte de las palabras de Marta: hay fe pero también desilusión. Probablemente esto ha sido un tema familiar y ambas hablan el mismo lenguaje. Pero María aún no se abre a la esperanza, no llega a la confesión de fe de su hermana, sigue perpleja ante la muerte. María comprenderá plenamente en la mañana de la resurrección, ocasión en la que será nuevamente llamada por su Amigo-Maestro.
Jesús realiza el signo de la resurrección de Lázaro (11,38-44). Este es el momento en el que Jesús se coloca de cara a la muerte. Ahora demuestra que ésta no es de ninguna manera un límite para él: Jesús tiene poder sobre la muerte. El signo, como la totalidad del encuentro con Jesús, se realiza como un itinerario que desemboca en el “creer”. Por eso Jesús le responde a Marta: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”. Sólo si se cree en Él, se abre el espacio para la realización de la obra de salvación. Creer es reconocer el vínculo estrecho que hay entre el Padre y Jesús -quien es el narrador por excelencia del misterio y del proyecto de Dios-.
Jesús ora al Padre. (1) “Padre, te doy gracias por haberme escuchado”. Jesús le da gracias al Padre porque lo ha “escuchado”. Jesús tiene un corazón agradecido; (2) “Ya sabía que tú siempre me escuchas”. Jesús está seguro de su unión con el Padre y no tiene necesidad de que ésta se demuestre con un signo evidente para todo. Jesús tiene un corazón libre; (3) “Pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado”. Jesucristo deja claro que lo que busca es que la gente crea. Jesús tiene un corazón de maestro. Después de proclamarle al mundo su unidad perfecta con el Padre, Jesús pronunció con solemnidad el imperativo: “¡Lázaro, sal fuera!”. Esta es la palabra que todo creyente escucha al salir de la fuente bautismal y que le hace pasar de la antigua vida a una nueva existencia; es la palabra que todo creyente escuchará al final de esta vida: “Llega la hora en la que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán…” (5,28-29ª). Dos imperativos más se escuchan finalmente en labios de Jesús dirigidos a la gente que está viendo la escena: “Desatadlo y dejadle andar” (11,44). También ellos participan mediante un gesto de liberación de aquello que no deja a Lázaro salir de su situación de muerte (las vendas) y emprender su camino (“andar” es signo de vitalidad).
Jesús había dicho desde el principio que la enfermedad –y muerte- de Lázaro eran para la “Gloria de Dios” y la “Glorificación del Hijo”. Para el evangelio de Juan esta “glorificación” ocurrirá plenamente en la Pascua de Jesús; aquí tenemos un signo anticipatorio que se comprenderá completamente sólo en la resurrección de Jesús: en la cual no habrá vuelta atrás, la victoria sobre la muerte será total y definitiva. (3) Jesús va al encuentro de la muerte, pero no sólo la de Lázaro sino también la suya. La resurrección de Lázaro es un anuncio de la muerte de Jesús, quien para dar vida arriesga la propia. Los discípulos seguirán este mismo camino: “Vayamos también nosotros a morir con él”. La resurrección de Lázaro en realidad es la conclusión del proceso de resurrección en la confesión bautismal que han vivido sus hermanas.







