Segundo Domingo de Adviento (A) Mateo 3, 1-12.

Segundo Domingo de Adviento (A)
Mateo 3, 1-12
JUAN BAUTISTA EN EL DESIERTO:
La Voz del Profeta de los Nuevos Tiempos

Juan Bautista es una de las grandes figuras del Adviento porque con su presencia y su predicación se anuncia la llegada de los nuevos tiempos del Mesías. A Juan lo encontramos en una escena de apertura estratégicamente colocada en el evangelio de Mateo. El gran ministerio salvífico de Jesús está precedido por el penitencial de Juan Bautista. Todo lo que Juan hace es de gran valor, sin embargo está sometido finalmente a la obra superior del Mesías Jesús. 

La entrada en escena del Profeta del Desierto (3,1-3). En el momento en que va a comenzar la predicación tan esperada de Jesús, aparece primero una personalidad nueva y desconocida. San Mateo lo introduce en escena diciendo: “Comparece Juan…” (3,1a). Su venida no es fortuita, de hecho su entrada es el punto de referencia que coincide con el comienzo de una nueva época para la historia. Esta manera de entrar, con estos primeros términos precisos ya nos dicen que comenzó el tiempo final: como se dirá al final, es el tiempo del Mesías. Lo que caracteriza a Juan es la predicación (“comparece… proclamando”), su tarea es hacer una proclamación pública, personal y de viva voz. En cuanto “predicador” Juan viene para despertar las conciencias, para abrir los ojos ante la obra que Dios está haciendo y conseguir que esta obra sea adecuadamente recibida por corazones bien dispuestos. Teatro de las operaciones de Juan es el “desierto de Judea”. El desierto es el lugar de la “escucha” donde se atienden, lejanas de toda distracción, las directivas de Dios. Para Israel con frecuencia fue un punto de referencia que apuntaba a sus orígenes (en la creación, en la alianza) y por eso, al tenor de la profecía de Oseas, el espacio geográfico-espiritual al cual se regresa para retomar el proyecto con la fuerza del amor primero (ver Os 2,16). Como lo indica la cita de Isaías (40,3), hay una nota de esperanza que percibe, en la flamante peregrinación del Pueblo que retorna del exilio, la acción poderosa de Dios que realiza el éxodo y al mismo tiempo el pueblo regresa purificado –habiendo aprendido las lecciones de la historia- y dispuesto a construir una sociedad nueva. Esta clave de un nuevo éxodo también es subrayada en la experiencia de Jesús en el desierto (ver 4,1). Juan moviliza al pueblo para un camino pascual que hay que recorrer. Su guía será uno superior a Moisés: el Mesías Jesús.

¿Cuál era el pregón de Juan? Una frase breve y fuerte parece resumirlo. Tiene dos partes: (1) Un imperativo: “Convertíos” (un llamado que se repetirá al final, en el v.11). Es un llamado para tomar distancia radical de todo lo que hasta entonces ha tenido valor, los antiguos criterios de vida pierden vigencia. Es como si se dijera: ¡Hay que darle una impronta definitiva a la vida! (2) Una clara motivación: “Porque ha llegado el Reino de los Cielos”. La conversión no es para volver atrás, al punto de partida, sino un ir más allá, dar pasos hacia delante en la dirección del “Reino”: la obra del Dios creador y Señor de la historia que viene a cumplir sus promesas y a plantear sus exigencias. En otras palabras, el pregón del primer heraldo del Evangelio consiste en una invitación para dejar la vida de pecado para convertirse al Dios que se ha hecho presente en medio de su pueblo, que “ha llegado”. Según Juan Bautista el “Reino” ya “ha llegado”. La finalidad de la conversión es hacer la experiencia de dicho Reino. Es importante la anotación de que esta soberanía es “de Dios”, o como prefiere decir Mateo “de los cielos”. Lo nuevo viene del cielo, no es el punto de llegada de esfuerzos humanos y por eso es gracia. Dios siempre ha obrado en medio de su pueblo, pero viene ahora algo inédito: él mismo está ahí. Como deja entender Juan: es verdad que es Dios quien puede cambiar este mundo (“Reino”), pero le corresponde a cada uno comenzar a cambiar (“Conversión”).

La gente se toma en serio la predicación de Juan: se hace bautizar (3,6). “…Y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados”. La predicación de Juan sobre la conversión era acompañada del bautismo en las aguas corrientes del río Jordán. La descripción del evangelista deja entender que Juan tuvo éxito en su predicación: fue tomado en serio.

El Bautismo. Quien había acogido el llamado a la penitencia confesaba sus pecados, entraba en el Jordán y era inmerso en sus aguas. Todo aquel que era lavado en este baño ritual debía después vivir libre del pecado en la espera de la salvación que estaba por venir. El bautismo señalaba que la persona que lo recibía era sincera y que su actitud era válida a los ojos de Dios. Puesto que era un gesto público, todos los asistentes, comenzando por Juan, se convertían en testigos de las nobles intenciones del bautizado. Por otra parte, el hecho de que sea administrado por otra persona y no por sí mismo (de hecho existían los rituales de auto-purificación en las piscinas destinadas a ello), significaba un abandono a la obra de Dios: la pureza y la renovación son ante todo una obra de Dios. La confesión de los pecados. El hecho de “confesar los pecados” implica que la pureza lograda no sólo era legal sino también moral. Dos cosas estaban claras, puesto que era un momento decisivo en la vida de la persona este bautismo era una sola vez en la vida y funcionaba sólo si se daban “frutos de conversión”. Además de entrar en comunión con Dios, los bautizados por Juan debían construir comunidad, una comunidad preparada para la llegada del Mesías. Se nota que todavía algo esencial está faltando: el bautismo de Juan válida la actitud del pecador pero no interviene transformadoramente la realidad del “pecado”. El texto no habla del “perdón de los pecados” porque sólo la muerte expiatoria de Jesús tiene el poder de perdonar los pecados. En esto el evangelio es coherente: el Mesías se llamará “Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (1,21).

La predicación del juicio inminente (3,7-10). En contraste con la anotación anterior sobre el éxito obtenido en su ministerio de predicación de la conversión, Juan Bautista hace sentir ahora sus advertencias sobre los representantes de la piedad judía, que (a) vienen como curiosos, o (b) parecen poner objeciones a la predicación, o (c) que admitiendo el bautismo se muestran renuentes a un verdadero cambio. Puesto que el texto dice implícitamente que éstos vienen a bautizarse y ya que en el evangelio ellos personifican la oposición a la Palabra de Dios predicada por el Mesías, la más probable es la opción (c).La idea central de las palabras de Juan es que la conversión no tiene excepciones ni admite aplazamientos ni fingimientos. ¿La razón? Está dicha con una metáfora: “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles” (3,10). Es decir, el juicio es inminente. Un apelativo que desenmascara la hipocresía religiosa (3,7b). El apelativo “raza de víboras”, es decir, que se comportan como tales, en el mundo hebreo es un insulto que pinta a la persona como un hipócrita y como un falso. Con ello se dice que hacen daño y que éste es irreparable. Jesús utilizará también esta expresión (ver 12,34 y 23,33) y dirá explícitamente que de este tipo de personas, que hacen los ritos religiosos externos pero no son sinceros en su moralidad, de ellas hay que cuidarse (ver 16,1.6).

Una admonición: la conducta esperada (3,8). La única manera de afrontar con dignidad este “cara a cara” con Dios es la conversión sincera y constatable: “Dad, pues fruto digno de conversión”. La conversión no consiste en cambiar “cositas” en la vida sino en un movimiento interno y total que sintoniza la vida con Dios. La metáfora del árbol es oportuna: a veces hacemos como con los arbolitos de navidad, a los cuales les agregamos frutas y otros adornos ficticios; la conversión no es agregarle cosas a la vida sino ser lo que realmente somos, a partir de la obra del Dios del Reino que nos habita. Juan sigue rebatiendo todas las excusas de los fariseos y saduceos. Finalmente les dice que no se puede aplazar la penitencia: “Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles”. La imagen del leñador a punto de dar el golpe certero sobre un árbol que en tierra erosionada deja ver sus raíces es una imagen muy dura para un israelita. Significa: ¡El juicio está aquí, a las puertas! ¡Sin conversión no hay pueblo de Dios! ¡Todo lo que se creía un privilegio resulta ser inutilidad! Así como el árbol “que no da buen fruto” es abatido y convertido en leña, así también está en riesgo el antiguo pueblo de Dios.

Los dos bautismos: la gran dignidad del Mesías (3,11).   El bautismo en agua para conversión, significa la preparación para el juicio escatológico de Dios. En cambio el bautismo “en Espíritu Santo y fuego” es el baño universal en Espíritu derramado sobre todos los hombres como fuego purificador (Malaquías 3,19; Joel 2,1-5 y 3,1-3). El fuego es un instrumento de purificación más eficaz que el agua y simboliza la intervención de Dios y de su Espíritu, haciendo discernir quién es quién. En otras palabras, el bautismo de Jesús tiene poder. No es un simple gesto interno que confirma una actitud interna sino una acción transformadora que va al núcleo del problema humano obrando el perdón. De Juan viene la sensibilización para generar un cambio, pero la transformación sólo proviene de Jesús.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM 

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