SER SACERDOTES EN LA ERA DE LA FRAGILIDAD (I)

Por todos lados nos presionan las dificultades, pero no nos aplastan… Somos derribados, pero no destruidos

(2Co 4, 8a.9b).

Sacerdotes fuertes

 “Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los endebles y no buscar la satisfacción propia” (Rm 15,1). La Iglesia ha querido cumplir sin glosas este deseo del Apóstol, sin embargo, esto no deja de ser un ideal. Desgraciadamente, la virtud de fortaleza se ha interpretado a menudo como simple ausencia de debilidad, absolutizando solo uno de sus aspectos, pero olvidando que el sujeto que la posee es frágil como una vasija de barro (cf. 2Co 4,7).

Una palabra de la que se usa y se abusa

La palabra fragilidad ha inundado el lenguaje común y la literatura de especialistas en el campo de las ciencias humanas. En efecto, no pocas veces hemos escuchado hablar de la “generación de cristal”, que denomina a un grupo de personas carentes de fortaleza o de resiliencia. Esto nos hace pensar en las cajas llenas de copas de cristal que tienen en su exterior una etiqueta de color llamativo con la inscripción “frágil”, y que deben ser tratadas con sumo cuidado para que no se rompan. Hoy se habla de instituciones rotas, relaciones rotas, familias rotas, jóvenes rotos, sacerdotes rotos… Pero, ¿en qué consiste la ruptura que vive nuestro mundo? La respuesta podría estar en cuanto afirma el filósofo y psicólogo jesuita Giovanni Cucci en una obra dedicada a reflexionar sobre la cultura del “homo infirmus[1]”: Hoy se nos hace creer que “el individuo es demasiado débil y frágil para afrontar las dificultades de la vida, de las cuales sale medianamente traumatizado o estresado[2]”; esto obedece, en parte, al pensamiento débil[3], filosofía ausente de metafísica que ha tenido gran acogida en la cultura de nuestro tiempo. Justamente, ha sido la dictadura del pensamiento débil la que nos ha hecho creer que todo lo que hemos tenido como pilares de nuestra civilización, en realidad, se está fragmentando y cayendo a pedazos: los valores morales y religiosos, la familia, las instituciones políticas y religiosas, las fuerzas del orden, la fe en Dios, el ministerio sacerdotal, etc.

Sacerdotes rotos

Los sacerdotes son testigos y también víctimas de la era de la fragilidad. En efecto, el cansancio, la enfermedad, los retos pastorales de frontera, la impotencia para afrontar los cambios vertiginosos que impone la cultura, las situaciones concretas de la vida de los fieles que acompañan, además del peso de las debilidades personales, son realidades a las que no pueden escapar y que siempre afectan la vida personal. ¿Qué hacer? No se trata de delegar la solución a la cultura terapéutica –que pretende arreglarlo todo con fármacos, técnicas de autoayuda o psicólogos especializados en traumas, como si todo dependiera de agentes externos, anulando la responsabilidad personal–. Tal vez, la clave está en dejarse ayudar, es decir, hacerse dóciles y disponibles para el trabajo sobre sí mismos, pero sin reducirlo meramente a lo humano o a lo espiritual.

Los sacerdotes necesitan ser reparados, sanados, pues es cierto aquello que dice san José María Escrivá y que puede ser aplicado a cada sacerdote “roto” por el peso de su trabajo apostólico: “estoy todo roto y lleno de grapas, pero sigo sirviendo”. Solo confiando en Dios, que puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Jr 18,2-10), y preocupándose más por adquirir fortaleza, cada sacerdote podrá soportar la debilidad propia y la de los demás, integrando con éxito esta virtud en la vida cotidiana, pero sin negar las debilidades propias de la condición humana. Para ello es importante crear una sinergia entre el proceso humano y la gracia de Dios, es decir, recurrir a los medios humanos, dejándose ayudar a través de una valoración de la personalidad, de un diagnóstico realizado por parte de un especialista –pues siempre hace bien una mirada externa sobre nosotros– para luego acudir a los medios espirituales que puedan ayudar al sacerdote de forma concreta: formación y actualización permanente de saberes, oración y meditación diaria, acompañamiento espiritual constante y vida sacramental activa. De este modo se favorece el fortalecimiento pleno del sacerdote que vive en medio de la cultura de la fragilidad, integrando dos dimensiones esenciales: la humana y la espiritual, pero de un modo razonable y equilibrado.

Padre Carlos Andrés

[1] La expresión “homo infirmus” hace referencia al hombre sin bases, sin firmeza, en condición de inestabilidad o fragilidad.

[2] Cf. Cucci, Giovanni, Abitare lo spazio della fragilità, Àncora, 2012, p.  20.

[3] Cf. Vattimo, Gianni, Il Pensiero debole, 1983.

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