- A través de experiencias muy humanas, el profeta nos habla para hacernos vislumbrar de algún modo la dicha y felicidad que Dios tiene reservada a cuantos confían en él. Es el retrato de la suerte de los redimidos, de los salvados. Podríamos ver en Jerusalén el símbolo de Jesús, de su muerte y resurrección “Festejen a Jerusalén, gocen con ella, todos los que la aman; alégrense de su alegría, los que por ella llevaron luto; mamarán a sus pechos y se saciarán de sus consuelos…” (Is 66,10-14c)
- El Apóstol Pablo manifiesta una vez más que la importancia de la fe de Jesucristo está en recibir por el bautismo una nueva condición “el ser creatura nueva”. Que es inútil quedarse en discusiones sobre ritos y costumbres antiguas. El cristiano debe llevar la marca de Jesús, que no es una marca en la piel, sino su identificación total con sus intereses y su sufrimiento redentor (Ga 6,14-18).
- El Señor Jesús nos invita a orar y pedir a Dios Padre el don de los evangelizadores. Este pedir nos debe llevar a tomar conciencia de la importancia de que el anuncio salvador llegue a todos los confines de la tierra. Pidiendo a Dios que envíe obreros a su mies, estamos pidiendo implícitamente que nos convierta también a nosotros en testigos de Jesús en nuestros ambientes y que seamos fuentes de verdad, justicia, paz y amor para el mundo (Lc 10, 1-12.17-20).
- En cada Eucaristía somos enviados al mundo a dar testimonio de lo que hemos visto y oído. Por ello, debemos pedir a Dios que nos dé la gracia de sabernos alimentar debidamente de la doble mesa de la que somos partícipes y sepamos llevar esta riqueza a los hermanos.
- CEC 299, 381: el hombre ha sido creado a imagen de Dios; el primogénito; CEC 1931-1933: el prójimo tiene que ser considerado como “otro yo”; CEC 2447: las obras de misericordia corporal; CEC 1465: en la celebración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote es como el buen samaritano; CEC 203, 291, 331, 703: el Verbo y la creación, visible e invisible.







