CUANDO LA TIERRA TIEMBLA: UNA LLAMADA AL CORAZÓN DEL SACERDOTE

Hay momentos en que la tierra parece hablarnos con una fuerza que no podemos ignorar. Un terremoto que derrumba una ciudad, una inundación que arrasa hogares, un incendio que convierte en ceniza una historia familiar, una sequía que deja sin alimento a comunidades enteras o un huracán que obliga a miles de personas a comenzar de nuevo nos recuerdan, de manera dolorosa, nuestra fragilidad. No todo desastre natural puede atribuirse directamente al cambio climático; existen fenómenos propios de la dinámica de la creación. Sin embargo, vivimos en un mundo donde la crisis climática, la deforestación, la urbanización insegura, la pobreza y la desigualdad están haciendo que muchos peligros naturales se conviertan en verdaderas catástrofes humanas. El informe mundial de Naciones Unidas sobre reducción del riesgo de desastres advierte que los riesgos son cada vez más sistémicos e interconectados y que sus consecuencias golpean con mayor dureza a quienes poseen menos medios para protegerse.

Ante esta realidad, quizá debamos preguntarnos como sacerdotes: ¿qué hacemos cuando la desgracia llega a la puerta de nuestra comunidad? ¿Nos limitamos a celebrar una Eucaristía por los damnificados, a organizar una colecta y a pronunciar unas palabras de consuelo? Todo eso es bueno y necesario, pero el Evangelio nos pide algo más. El sacerdote no está llamado únicamente a acompañar el dolor después de la tragedia; también está llamado a reconocer los signos de los tiempos, escuchar el clamor de los pobres y ayudar a construir comunidades capaces de prevenir, resistir y reconstruir. La Iglesia ha insistido en que la solidaridad no puede reducirse a gestos ocasionales de generosidad: implica pensar y actuar desde la comunidad y poner la vida de todos por encima de los intereses particulares.

Aquí aparece una pregunta incómoda para nosotros: ¿hemos preparado nuestras parroquias para una emergencia o solamente confiamos en que nunca sucederá? ¿Sabemos dónde están las personas mayores que viven solas? ¿Tenemos identificadas a las familias más vulnerables, a los enfermos, a las personas con discapacidad, a los migrantes y a quienes viven en zonas de riesgo? ¿Nuestra comunidad parroquial sabe qué hacer ante un terremoto, una inundación o un incendio? ¿Hemos establecido vínculos con organismos de socorro, autoridades locales, profesionales y organizaciones sociales? La prevención también puede ser una obra de misericordia. Naciones Unidas señala que los sistemas adecuados de alerta temprana pueden reducir significativamente la mortalidad asociada a los desastres; por eso, prepararse no significa tener menos fe, sino ejercer responsablemente la caridad.

Pero hay algo todavía más profundo. Cuando un desastre destruye una vivienda, no destruye solamente paredes: puede destruir recuerdos, proyectos, documentos, fuentes de trabajo, vínculos familiares y hasta la esperanza. Cuando una familia pierde su casa, necesita techo, pero también necesita alguien que se siente a su lado y le diga: “no estás solo”. Cuando una comunidad queda incomunicada, el sacerdote puede convertirse en puente. Cuando las instituciones se paralizan, la parroquia puede ser lugar de encuentro, coordinación y servicio. Cuando alguien pregunta dónde está Dios entre los escombros, nuestra respuesta no puede ser una explicación fría del sufrimiento; debe ser una presencia que, como Cristo, se acerca al herido, toca sus heridas y permanece con él.

La Encíclica Laudato si’ nos recuerda que el cambio climático posee dimensiones ambientales, sociales, económicas y políticas, y que sus consecuencias recaen especialmente sobre los más pobres, precisamente porque cuentan con menos recursos para adaptarse o recuperarse de las catástrofes. Por eso, hermanos, un desastre natural también puede revelarnos un desastre moral: cuando construimos en lugares inseguros porque los pobres no tienen otra opción; cuando destruimos bosques buscando ganancias inmediatas; cuando contaminamos ríos que después necesitan beber las comunidades más humildes; cuando desperdiciamos mientras otros carecen de lo indispensable. El grito de la tierra y el grito de los pobres no son dos gritos separados. Querida Amazonia lo expresa con claridad: una auténtica preocupación ecológica se convierte siempre en una preocupación social, porque hay que escuchar simultáneamente el clamor de la tierra y el de los pobres.

Esto nos lleva directamente a nuestra vida sacerdotal. ¿Qué lugar ocupa el cuidado de la creación en nuestra predicación? ¿Hablamos de conversión ecológica como parte de la vida cristiana o la consideramos un asunto secundario, propio de especialistas? El papa Francisco afirmó que ser protectores de la obra de Dios es una dimensión esencial de una existencia cristiana virtuosa y no un elemento opcional. Entonces quizá tengamos que revisar nuestras homilías, nuestros proyectos pastorales, la administración de nuestros bienes parroquiales, el uso del agua y la energía, la manera como gestionamos los residuos y, sobre todo, la formación que ofrecemos a nuestras comunidades. La ecología integral no comienza con grandes discursos; comienza cuando dejamos que el Evangelio transforme nuestra manera concreta de relacionarnos con Dios, con los demás y con la casa común.

Los desastres también nos ofrecen una oportunidad pastoral extraordinaria: volver a poner a la persona en el centro. Después de una tragedia, muchas diferencias desaparecen por un momento: ricos y pobres necesitan ayuda, creyentes y no creyentes buscan esperanza, vecinos que apenas se saludaban terminan compartiendo alimento y techo. Allí aparece una Iglesia que quizá no necesita hablar demasiado porque su presencia ya es un anuncio. El papa Francisco insistió en que servir significa cuidar la fragilidad y acercarse concretamente al rostro del hermano que sufre. ¿No será esta una de las formas más convincentes de evangelizar hoy? No una Iglesia que espera que los damnificados lleguen a ella, sino una Iglesia que sale de sus templos, atraviesa el barro, llega a los refugios y pregunta sencillamente: “¿Qué necesitan?”

También necesitamos pasar de una pastoral de reacción a una pastoral de prevención y resiliencia. Las orientaciones pastorales de la Santa Sede sobre los desplazamientos provocados por el clima recomiendan mejorar la coordinación entre organismos eclesiales, autoridades, organizaciones sociales y comunidades, así como promover planes conjuntos de contingencia antes, durante y después de los desastres. Esto representa una oportunidad para nuestras diócesis: formar equipos parroquiales de emergencia, capacitar voluntarios, crear redes de comunicación, identificar familias vulnerables, custodiar adecuadamente archivos y bienes esenciales, preparar espacios de acogida y establecer protocolos de respuesta. No todo tiene que depender del párroco. Una comunidad madura no es aquella donde el sacerdote lo hace todo, sino aquella donde el sacerdote ayuda a despertar y organizar los dones que Dios ya ha puesto en su pueblo.

Hermanos, quizá el desafío más grande no esté fuera de nosotros. Un desastre puede mostrarnos cuánto nos hemos acostumbrado a vivir seguros, cómodos y encerrados en nuestras propias preocupaciones. Puede mostrarnos si nuestras parroquias son realmente comunidades o simplemente lugares donde se celebran sacramentos. Puede revelar si conocemos verdaderamente a las personas que tenemos delante cada domingo. Puede preguntarnos si nuestra caridad es organizada y permanente o si solamente despierta cuando aparecen imágenes dolorosas en las noticias. La solidaridad, enseña Fratelli tutti, no es una emoción pasajera: es una manera de pensar y actuar que coloca la vida de todos por encima de la apropiación de los bienes por parte de unos pocos.

Por eso, queridos hermanos, dejémonos interpelar por los escombros. No esperemos a que un terremoto nos enseñe a estar cerca. No esperemos una inundación para descubrir al pobre. No esperemos que un incendio nos recuerde que somos responsables de la casa común. No esperemos que una familia pierda su vivienda para preguntarle cómo está. El sacerdote está llamado a ser hombre de Dios, pero precisamente por eso debe ser profundamente humano: capaz de contemplar el cielo y, al mismo tiempo, inclinarse sobre quien yace en el suelo. El papa León XIV, en su mensaje de 2025 para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, recordó que los fenómenos extremos asociados al cambio climático afectan de manera particular a los pobres y marginados.

Que cada desastre, entonces, no encuentre en nosotros solamente espectadores, sino pastores. Que nuestras comunidades sepan orar, pero también organizarse; sepan llorar, pero también actuar; sepan repartir alimentos, pero también defender la dignidad; sepan reconstruir casas, pero también reconstruir vínculos. Que aprendamos a reconocer que la prevención, la solidaridad y el cuidado de la creación forman parte de nuestra misión evangelizadora. Y cuando vuelva a temblar la tierra —porque algún día volverá a suceder—, que nadie tenga que preguntarse dónde está la Iglesia. Que la Iglesia ya esté allí: en medio del dolor, con el rostro de Cristo, las manos de los hermanos y el corazón abierto a la esperanza.

Porque quizás el verdadero desastre no sea solamente que la tierra se estremezca. El verdadero desastre sería que, mientras el mundo sufre, nosotros permanezcamos indiferentes.

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