Mt 15,21-28: MUJER, QUÉ GRANDE ES TU FE

Jesús llamó a Pedro ‘hombre de poca fe’. Pero las sorpresas no habían terminado, precisamente en un lugar donde se suponía no había fe, en la idolátrica región fenicia de Tiro y de Sidón, una mujer pagana recibe el elogio: ‘Mujer, qué grande es tu fe’. El de la Cananea es el caso de una mujer intrépida y fuerte que mueve las fronteras de la experiencia de Dios desde un límite geográfico-cultural hasta la capacidad de entrar en sintonía con el corazón de Dios.

Entremos en el corazón del relato decantando cinco lecciones que nos da la mujer cananea:

Primero, ‘se puso a gritarle’ a Jesús (15, 22). Ella le sale al frente. Tiene la valentía para romper con el esquema cultural machista y patriarcal que imponía un código doméstico según el cual una mujer no podía tratar de tú a tú con un hombre. Le grita: ‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada’ (15, 22). La situación de la hija es realmente grave.

Segundo, ‘Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas’ (15, 23-25). La mujer no obtiene respuesta de Jesús y los discípulos piden que la eche (15, 23-24). Ella va adelante de todas maneras, no se retira, no se repliega. Jesús explica a sus discípulos: ‘No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel’. A pesar de la incomprensión y el rechazo de los discípulos e, incluso, de la frase aclaratoria del mismo Jesús, esta mujer no desiste y consigue llegar y arrojarse a los pies de Jesús con la humilde imploración en sus labios: ‘Señor, ayúdame’ (15, 25).

Tercero, ‘Tienes razón, Señor…’ (15, 27a). Pasamos de las declaraciones a distancia a un tenso diálogo. ‘Tienes razón…’. La mujer admite que su mundo religioso y el del rabbí hebreo son muy diferentes. Y precisamente allí, en esa diferencia, es donde va a captar que lo propio de Dios está por encima de todas las religiones. El bien no es prerrogativa de una afiliación religiosa. Y da un paso. Enseguida abre la puerta para una alternativa. La expresa con una frase adversativa, con un ‘pero también’.

Cuarto, ‘Pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos’ (15, 27b. La mujer rompe las barreras que circunscribían a Dios a un recinto, donde la acogida era reservada a algunos y negada a otros: en la mesa del Dios de la vida todos tienen un lugar.

Quinto, ‘mujer, qué grande es tu fe’ (15, 28). Jesús le lanza un gran elogio y enseguida le dice: ‘Que suceda como deseas’. La grandeza de la fe estuvo en que supo reconocer la grandeza del corazón de Dios. El corazón de una madre afligida entiende el corazón de Dios. La fe ya no es la pertenencia a un pueblo o un carnet que te da determinados derechos. No. Es una sintonía con el corazón de Dios. Una madre comprendió el corazón de Dios Padre. El corazón de Dios no se rige por la lógica cultural de los puestos de honor ni del distinguir gente de primera o de segunda ni por ningún tipo de privilegio, solo por el hecho de que somos sus criaturas, sus hijos. La de Dios contradice nuestra lógica del ‘nosotros’ y ‘los otros’.

Aquel encuentro de la mujer con Jesús habría podido ser un milagro más, pero dio motivo para una consideración nueva sobre la propia pertenencia a Dios: la no pertenencia al pueblo elegido no excluye del corazón de Dios ni de su providencia paterna con todos sus hijos. La desafiante palabra de la mujer a Jesús abrió las puertas de lo central del evangelio: el pan ofrecido para todo ser humano por la inmensa misericordia de Dios que no conoce fronteras está servido en la mesa de nuestra vida, todos somos sus hijitos, pero no nos damos cuenta. La comunidad cristiana desde entonces hasta hoy ha tenido que repensarse, como lo hizo Jesús, a partir de estas mujeres y madres de familia sufrientes que aparecen a última hora, movidas por un gran sufrimiento y con gestos de valentía y de fe que les hace correr las fronteras de lo religioso. Una madre entendió el corazón de un Dios Padre, este Dios a quien Jesús, el hijo por excelencia, nos enseña a pedir: ¡Venga tu Reino!

Pues sí, ‘Mujer, qué grande es tu fe, que suceda como tú quieres’. ¡Cuánto tenemos por aprender de la fe de esta mujer cananea que fue capaz de cambiar el programa del Señor!

 

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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