TRABAJADORES EN LA VIÑA DEL SEÑOR (I):
Comprender y agradecer la inmensa bondad y generosidad de Dios con los otros
Mateo 20,1-16

Este domingo comenzamos a leer una serie de tres parábolas que se desarrollan, todas ellas, en el ámbito de una viña: (1) la contratación y paga de los trabajadores para una viña (20,1-16); (2) el padre que manda a sus dos hijos a trabajar a la viña (21,28-32); y (3) los viñadores homicidas.  Leyendo en este domingo la parábola “de los trabajadores de la viña” (Mateo 20,1-16), a partir de su énfasis de la paga de los empleados, nos encontramos con una bellísima enseñanza de Jesús que replantea nuestra forma habitual de pensar:

Con relación a Dios: la generosidad y la bondad de Dios está por muy encima de las matemáticas humanas que reclaman el premio a los méritos. Con relación a los hermanos no hay que compararse. 

Todo se desenvuelve en torno a las acciones que debe realizar un propietario, parece ser de un latifundio, para llevar a cabo la vendimia de su viña. Es el mismo propietario, y no su administrador, quien sale a hacer los contratos. El tiempo del trabajo va de sol a sol. Por ello se paga un “denario”, una moneda de plata romana, que era la medida salarial para un día de trabajo pesado. Los contratos parecían realizarse a primera hora de la mañana. Trabajar por un día ciertamente no daba estabilidad económica ni, por lo tanto, seguridad en la vida; de ahí la preocupación por una buena paga, como lo plantea esta parábola. De todas maneras ni siquiera un denario parecía ser una paga suficiente. Se muestra cierto interés del patrón por los desempleados: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Y al mismo tiempo cuánto depende la sobrevivencia de algunas personas de este tipo de contratos: “Es que nadie nos ha contratado”. Con estos elementos Jesús arma una parábola cuyo punto focal está en la segunda parte, en las palabras finales del patrón.

El patrón es el protagonista de todo el relato. Notemos, además, que en el v.8 se le llama “señor (kyrios) de la viña” y en los vv.1.11 “dueño de casa”. Todo ocurre en el marco de una jornada laboral. En la Palestina de los tiempos de Jesús, ésta iba desde el amanecer hasta que aparecían las primeras estrellas. La jornada se subdivide a la manera grecorromana: 12 horas, divididas en 4 partes, es decir, cada tres horas: la “prima” (amanecer), la “tertia” (las 9 am), la “sexta” (las 12m), la “nona” (las 3 pm) y se completa así el fin del día a las 6 pm (dependiendo de la estación). Con todo, en la parábola hay un anticipo a la hora “undécima” (5 pm), que es la hora del pago de los trabajadores. Cada una de las dos partes de la parábola comienzan con una indicación temporal: “a primera hora de la mañana” y “al atardecer”. En la segunda parte de la parábola, a la hora de la paga de los trabajadores, tienen un rol solamente los primeros y los últimos que fueron contratados. Aquí el diálogo con el patrón se concentra en un trabajador tomado del grupo de los primeros. Las lecciones de la parábola se deducen del juego de contraposiciones que surge de ahí.

El pago (20,8-10). El patrón le pide al administrador que pague a todos, “empezando por los últimos hasta los primeros” (20,8), la misma recompensa, o sea, un denario (“un jornal”). Los que solamente trabajaron una hora “cobraron un denario cada uno”. Cuando se llega a los primeros, aquí viene el problema, “pensaron que cobrarían más”  pero también recibieron un denario.

La protesta de los trabajadores de la primera hora (20,11-12). El problema revienta precisamente aquí: “los primeros pensaron que cobrarían más” (10,10ª). ¿Por qué critican al propietario? Es claro que los primeros, de donde proviene insatisfacción y la crítica, han “aguantado el peso del día y el calor”, es decir, han trabajado 12 horas; en cambio los últimos solamente se han esforzado una hora. Si se procede en estrecha correspondencia de trabajo realizado y recompensa: los últimos deberían recibir la duodécima parte del pago recibido por los primeros; o al contrario, si a los últimos se les pagó un denario completo (ver 20,9), de lógica los primeros deberían recibir doce denarios. Pero el patrón no hace ni lo uno ni lo otro. Los primeros trabajadores solamente miran el principio según el cual la prestación de un servicio debe ser correspondida por la recompensa. Por eso, enseguida el dueño de la viña les va a ampliar su visión estrecha de las cosas, dándoles un nuevo enfoque que les permitirá –si lo quieren- reconsiderar su actitud.

La explicación del patrón (20,13-15). El patrón le responde a uno solo del grupo de los críticos, si bien la murmuración proviene de la masa. Esto es interesante: los siervos no deben dejarse determinar por la opinión de la masa, sino que cada uno debe considerar personalmente el punto de vista del patrón. La respuesta del patrón es la parte más importante de toda la parábola, por eso es más extensa y esquematizada. El patrón no da por sí mismo respuesta final sino que invita al oyente a deducirla. Por una parte, no es posible darla porque ya la paga está hecha, pero por otra parte, también al lector le corresponde la respuesta, en la cual –por la fuerza del argumento- se le pide pensar con la lógica contundente del patrón.

¿Cuál es el punto de vista? Al comienzo de su argumentación, el patrón menciona su “justicia”: “no te hago ninguna injusticia” (20,13), es decir, le da a los primeros la recompensa que pactaron con él. No les roba nada, no les hace ninguna trampa. Luego el patrón le recuerda su libertad: “quiero dar a este último lo mismo que a ti”. Es decir, él puede disponer libremente de sus cosas, puede darlas a quien quiera y nadie se las puede pretender. La motivación de esto último es la bondad del patrón: “yo soy bueno”. Es decir, no procede así porque lo hayan merecido, no porque tengan derecho, sino porque es “bueno”, quiere hacer el bien, dar y ayudar. El patrón no sólo habla de su motivación, sino que también retoma la actitud de quien lo critica y lo pone en guardia sobre su “envidia”: “¿Va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”; es decir: ¿No puedes ver con buenos ojos el que otro reciba un beneficio? ¿No estás en capacidad de unirte a la alegría de los otros? ¿Eres envidioso porque el otro puede gozar de la bondad del patrón? ¿Lo único que se te ocurre es comparar, con visión estrecha, y reclamar la paridad total en el trato? El amor al prójimo excluye la envidia y exige que se le permita recibir una ventaja y un don inmerecido, como si uno lo hubiera recibido para sí mismo.

La parábola enseña que uno no debe ponerse a hacer cálculos con Dios, diciéndole qué es lo que tiene que hacernos a nosotros y a los otros. No hay que hacer comparaciones con los dones de Dios ni nos quejemos ante él porque nos parece que hemos recibido poco. Lo que se espera es que cada uno haga bien y con confianza su trabajo y que reciba con gratitud lo que se le da. Hay que respetar la bondad y la generosidad de Dios y, sobre todo, alegrarse por cada signo de su cariño, aún cuando no lo recibamos nosotros directamente sino nuestro prójimo.

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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