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Sacerdotes para hoy

Quien sepa un poco de teología o de espiritualidad no tendrá ninguna duda sobre lo que es un sacerdote y sobre su misión. Sacerdotes para siempre, partícipes del sacerdocio único de Jesucristo, servidores de Dios y de los hombres, seres de Iglesia, llamados a la santidad, como todos los bautizados. Hablar, entonces, de sacerdotes para hoy requiere alguna precisión. La esencia del sacerdocio es inmodificable. Sin embargo, las circunstancias en las que se ejerce el bello ministerio sí son muy cambiantes, y en ocasiones plantean unos retos profundos para los consagrados.

No debe haber ninguna duda en varios aspectos acerca del sacerdote para hoy y para el de siempre. Entender que se trata de un llamado que transforma la vida en respuesta permanente a Dios y a su Hijo Jesucristo. Nadie puede reclamar el sacerdocio como un derecho o como una simple profesiónQuien es ordenado lo es para la misión, para la santificación del pueblo de Dios, para la proclamación del Evangelio, para orientar personas y comunidades hacia el encuentro con Dios. Está puesto también para ofrecer el santo sacrificio y para reconciliar a los hombres con su Creador. Y ha recibido de Dios una misión que le empeña toda su vida, sus talentos, sus facultades y aun su voluntad hasta el final de la existencia. 

El sacerdocio, el sacerdote, es y debe ser todo de Dios y de Jesucristo. De no ser así no se sabe de qué se trata.

¿Cómo sería entonces un sacerdote para hoy? Esencialmente el mismo. Pero diferente en su esfuerzo por responder a los retos que la época propone, en su capacidad de interpretar la cultura en que se da la vida humana hoy, en su pasión por la misión, dado que no todos la entienden ni aprecian suficientemente. 

Más convencido que nunca del don recibido y de la responsabilidad con la salvación de las almas que de él se deriva. Un hombre de una profunda e inquebrantable confianza y fe en Dios, que le permita no perder el ánimo cuando las circunstancias no sean tan favorables para la tarea recibida. 

Alguien absolutamente convencido de que su compromiso fundamental es con Dios y que, por encima de todas las vicisitudes humanas, propias y de los demás, su fidelidad a Él es el mejor galardón al que pueda aspirar.

La Iglesia jamás ha tenido dudas sobre la esencia del sacerdocio y si bien en ocasiones se discuten toda clase de aspectos sobre el mismo, sigue convencida de que es un llamado radical de Dios en Jesucristo, para dejarlo todo, seguirlo y servirlo en los hermanos. 

Muchas discusiones en algunos medios eclesiales, a la larga, no quieren sino aguar esta altísima vocación, pero no lograrían sino quitar brillo y razón de ser a un proyecto de Dios, y por lo mismo le robarían también su carácter de don divino para convertirlo en otro proyecto humano, que no representaría nunca la novedad perenne de la obra de Cristo por la humanidad.

Quizás, al pensar en el sacerdote para nuestra época, el tema debería derivar rápidamente hacia el ser de hombres que han vivido una profunda conversión que los ha llevado a hacer de Cristo el centro de sus vidas y que, siendo llamados, no quieren hacer nada diferente a servirlo y anunciarlo, cualesquiera sean las circunstancias, los tiempos y los lugares. Y, además, como es bien sabido, hasta la eternidad.

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