Vigésimo primero del tiempo ordinario – Lucas 13, 22-30

Vigésimo primero del tiempo ordinario

EL CAMINO DE LA SALVACIÓN

La mesa abierta para todos

Lucas 13, 22-30

Una nueva pregunta para Jesús. En este camino se le plantea una nueva pregunta que lleva en el fondo una ironía: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (13,23). Esta pregunta no aparece porque sí. Quien la hace parece tener en mente también el texto de Isaías 37,32: “Pues saldrá un Resto de Jerusalén, y supervivientes (‘salvados’, según LXX) del monte Sión”. Este esquema bíblico de un “Resto” de salvados de en medio de todo un pueblo pecador –»el Resto de Israel»- no solamente estaba presente en la historia de Israel y en la predicación de los profetas, sino también en la cultura religiosa de los tiempos del Nuevo Testamento y aún un poco después. El tema se volvió punto de discusión. ¿Pero será que ésta es una pregunta válida?  En el evangelio, Jesús no la desprecia. Cada persona tiene que preguntarse por la salvación, el punto es cómo enfocar la cuestión. Por tanto, que hoy coloquemos en primer plano el tema de la salvación, viene al caso. Jesús no responde directamente la pregunta, sino que aprovecha la idea central y se pronuncia desde otro nivel de comprensión más profundo. Vemos así cómo Jesús toma distancia del mundo de las especulaciones y más bien se concentra en lo que es necesario hacer para salvarse. Al responder de esta manera deja implícito que todo el que quiera podrá ser salvado, siempre y cuando oriente su vida en esa dirección. En esto ya hay una lección importante: la preocupación por la salvación debe concretarse en un obrar según la justicia (ver 11,42; 13, 27), o sea, configurar la propia vida en la de Jesús. Para explicar esto, acude a dos imágenes muy dicientes que iluminan lo que es la entrada en el Reino de Dios: la puerta estrecha y la puerta cerrada.

La “Puerta estrecha” o “el mientras tanto” (13,24). “Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán” (13,24). La imagen que aparece es la de una casa de considerables proporciones en la cual, después de la puerta principal, sigue una gran sala de banquetes. “Puerta estrecha”. Es una figura. No es que la puerta tenga solamente pocos centímetros de ancho, ni es que en la puerta del Reino haya obstáculos. Simplemente quiere decir que hay que esforzarse, es decir, que los buenos propósitos no son suficientes, hay que “hacer” cosas concretas para entrar. Ahora bien, con esto tampoco se quiere decir que una persona se salva solamente con sus propios esfuerzos. Es claro que no: nadie se salva a sí mismo, en última instancia todos somos salvados por Dios. El hecho es que ésta no se logra sin nuestra participación, la pasividad no sirve. En la segunda parte de la respuesta -“Muchos pretenderán entrar y no podrán” (13,24b). Manteniendo el presupuesto de que en principio ninguno es excluido, ésta es una manera de decir que mucha gente que no quiera entrar ahora, muy probablemente querrá hacerlo más tarde, pero entonces ya no lo logrará. Y esto es lo que se va a ilustrar a continuación.

La “Puerta cerrada” o “el ya para qué” (13,25-30). “Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta…” (13,25a). La enseñanza anterior ahora está completa: debemos esforzarnos, es verdad, pero a tiempo: un día, con nuestra muerte, la puerta se cerrará y ahí se decidirá nuestro destino. Nosotros no disponemos del tiempo de manera indefinida . Es en ese momento en que se cierra la puerta y quien desease estar dentro ya debía haber entrado primero. Como se puede ver, es Dios quien cierra la puerta, no nosotros. La hora de la muerte se escapa a nuestro control. De ahí que haya que estar siempre preparados.

“…Os pondréis, los que estéis fuera, a llamar a la puerta, diciendo: ¡Señor, ábrenos!” (13,25b). Como lo dramatiza la parábola, ése no es el tiempo para tocar la puerta, esto tenía que haberse hecho antes. Con esto se indica la seriedad del tiempo presente. Puesto que no tenemos soberanía sobre el tiempo, no conviene aplazar la conversión, desde el principio hay que comenzar a vivir el itinerario que conduce a Dios. 

“No sé de donde sois” (12,35c.27a). Dos veces se les dice: “No los conozco”. La frase citada calca la fórmula del veredicto de excomunión israelita; con ella se declaraba la desvinculación de la comunidad y la ruptura de toda comunión personal con el implicado. ¿Por qué dice que no los conoce? Porque para participar de la comunión con Dios se exige la identificación con Él. Frente al argumento de la comunión externa (“comer, beber, enseñarles”), aparece otro más fuerte: son “agentes (=obreros) de injusticia”, es decir, no están en comunión de vida con Dios. “Agente de injusticia” es aquel que desprecia la voluntad de Dios. Para nada sirven los privilegios anotados, que no eran más que una atracción para entrar en el Reino (el primer compartir de mesa era una invitación para la segunda), si no hay compromiso con la justicia del Reino, si no se comparte su estilo de vida poniendo en práctica sus enseñanzas. La comunión con Dios comienza a partir de la comunión con su querer. Una persona que lo rechaza se excluye a sí misma de la salvación.  La salvación consiste en la comunión eterna con Él que es la fuente y la plenitud de la vida. ¿Nos salvaremos? Como se muestra en la parábola, Dios no hace más que respetar y confirmar la decisión de cada persona.

Aplicación de la parábola (13,30). Con un proverbio Jesús hace la aplicación de la parábola y así concluye su enseñanza: “Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos” (13,30). El dicho se entiende observando la composición de la mesa. Los primeros (los judíos) y los últimos (los paganos) pasan todos por la misma puerta: la exigencia es la misma para todos. En el intercambio radical de lugares entre ellos vemos al mismo tiempo una crítica para los primeros –que tuvieron la honra de pertenecer al pueblo de Abraham y los profetas- y un anuncio de esperanza para los últimos –que tuvieron todas esas ventajas históricas-. La llegada de los últimos no excluía a los primeros, pero estos mismos se hicieron últimos –quedaron al nivel de los que antes no conocían a Dios- cuando se auto-excluyeron de la comunión con Dios por no vivir en sintonía con su querer. Al final, ante Jesús cada uno se hace “primero” o “último” según su decisión. Finalmente una palabra de esperanza: quienes se hicieron “agentes de justicia” saben ahora que su identificación de vida con Jesús les abrió las puertas del Reino no importando que no fueran “primero” miembros del pueblo elegido.

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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