Un oficio en el que todo presbítero encuentra un rico manantial para su vida sacerdotal es el anuncio del Evangelio. No solo la Iglesia existe para anunciar la Buena Nueva, el sacerdote existe, de manera peculiar, y como representación sacramental de Cristo Cabeza y Pastor, para la dedicación exclusiva a esta tarea. Todos los días el presbítero lee, medita reflexiona, ora, estudia, interpreta la Palabra divina, a fin de hacerla cada vez más comprensible a todos los bautizados, adaptarla a los diferentes contextos y personas a los que se dirige, contextualizarla según los signos de los tiempos y hacer que se convierta en manantial de vida y camino de salvación para todos. Sin embargo, no podemos desconocer las dificultades que en la sociedad actual implica ser mensajeros de la Verdad Revelada. Ante todo, por la impugnación que la misma Verdad Revelada encuentra en ambientes relativistas, subjetivistas, pluralistas, laicistas, ateos, etc.
Por ello, no olvide el sacerdote que su Maestro y Señor encontró en el oficio de enseñar, muchos obstáculos, dificultades y sufrimientos y mostró en todo ello una infinita paciencia. No se dejó descorazonar por la rudeza de los espíritus, ni por la lentitud en el comprender, ni por las objeciones sin fundamento. Fue fuerte ante las críticas, las injurias y la doblez de aquellos a quienes deseaba instruir e iluminar. Jesús nunca buscó el éxito humano. Sabía, además, que enseñando su moral, suave pero austera, muchos se alejarían. En el oficio de enseñar la Verdad, el sacerdote se encontrará con las contradicciones, los desprecios, las dificultades de toda clase, sin embargo, no debe dejarse abatir. Esté seguro de que Jesús le acompaña, que sus promesas le esperan y tome con valentía cada día la cruz del Maestro.
Debe cuidar el sacerdote, en su oficio de enseñar, de no alterar el Evangelio con el pretexto de conciliar entre sí el espíritu del mundo y el espíritu de Jesús. Tenga en cuenta que las verdades evangélicas se imponen por sí mismas y él solo debe presentarlas como son.
Recuerde siempre el sacerdote las palabras del salvador “He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed entonces prudentes como serpientes y sencillos como palomas” (Mt 10,16). En la tarea de anunciar sepa el predicador unir la prudencia y la sencillez como lo hacía Jesús. Como se mostraba prudente cuando instruía individualmente a las personas; procedía gradualmente, soportando las debilidades, exigiendo a cada uno solamente lo que podía dar. Cómo preparaba lentamente y con dulzura los espíritus antes de descubrirles la verdad. Luego, como demostraba la prudencia en la enseñanza pública, mostrando siempre respeto hacia las autoridades legítimas y buscando la paz. Aprenda el sacerdote a fustigar vicios y errores, sin nombrar nunca a los culpables.
Si el presbítero quiere en verdad prodigar el bien en medio de una sociedad que se hunde en la corrupción y la inmoralidad , es necesario que hable y proceda con sabiduría divina. Que sea prudente en la predicación pública y más apóstol que polemista; más distribuidor de los dones de Dios y ministro de misericordia que violento reformador. Aunque es innegable que a veces hay que ser fuerte, se debe regular la fuerza con prudencia. Debe ser prudente en su enseñanza privada; estudiar bien las almas antes de dirigirlas, ya que no basta la buena intención, ni las palabras santas y justas si todo no va acompañado de un cuidadoso discernimiento para saber lo que más conviene a cada uno.
Esta sociedad necesita sacerdotes que como Jesús, anuncien el Evangelio con palabras llenas de sabiduría, prudencia, sencillez y verdad.
Pbro. José Humberto







