FORMACIÓN PERMANENTE, UN SIGNO DE FIDELIDAD

Al finalizar la formación inicial en el seminario, se constata en los sacerdotes la sensación de saciedad, no querer participar en la formalidad de los estudios, pues se da como una fatiga intelectual, un cansancio que afecta las disposiciones personales para continuar la propia formación.

San Juan Pablo II llama la atención sobre esta creencia de que la formación presbiteral concluye con la estancia en el seminario, la cual debe rechazarse como falsa y peligrosa (PDV 76).

El Papa francisco insiste en que uno comienza a formarse cuando es bautizado, pues el bautismo inició en nosotros una formación, a partir de la gracia, que luego se va perfeccionando con los sacramentos hasta llegar a la opción vocacional en el seminario. Como los sacerdotes nunca dejamos de ser discípulos de Jesús, nunca dejamos de formarnos, de aprender, de irnos perfeccionando, puesto que se trata de mantener el paso de la fidelidad mediante la adquisición y perfeccionamiento de las disposiciones personales, espirituales y pastorales, que nos hagan configurarnos más plenamente con Cristo cabeza y pastor de la Iglesia.

La razón primordial para mantenernos en la formación permanente proviene de dinamismo del propio sacramento del orden, que es dinámico, progresivo, creciente, siempre en movimiento. Pero además las aspiraciones intimas y personales de cada sacerdote le hacen descubrir que puede y debe formarse mejor en algunos aspectos considerados como potencialidades a desarrollar o como carencias a remediar.

En estos tiempos de crisis se exigen profundas convicciones filosóficas y teológicas que nos den elementos para saber dar razón de nuestra esperanza. Y sin una adecuada formación es imposible responder a este imperativo de ayer y de siempre.

Padre Darío

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