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LA ADMINISTRACIÓN DE BIENES ECLASIÁSTICOS

La administración de bienes es algo que toda persona debe aprender en la vida. Pues forma parte de la responsabilidad que cada uno tiene consigo mismo y con la buena marcha de la sociedad. Tiene que ver con la organización de la economía, con el buen uso de los bienes tanto a nivel individual como colectivo. Administrar tiene que ver con la forma como se adquiere, se preserva, se usa, se vende o desecha un bien. Ahora, la administración no dice solo relación con cosas o medios económicos, sino también con personas. Dentro de la administración de instituciones -en nuestro caso las eclesiásticas- como una diócesis, una parroquia, una rectoría, un seminario, un colegio, etc. Hablamos de la organización de trabajos, tareas, ejecutados por personas que alguien tiene que regular y evaluar permanentemente, para que dicha institución funcione bien y cumpla sus objetivos. Por tanto, debemos considerar la administración no solo como una función operativa, sino como una relación con las cosas y las personas que demanda de nosotros ser muy humanos, muy éticos y debidamente preparados para el encargo específico.

Es muy corriente en la tarea eclesiástica el que se deba administrar recursos, edificaciones, personal. Por ello es conviene tener claro que no administramos solo con criterios de consenso social, administramos según la finalidad específica que tenemos como Iglesia “Evangelizar”, es decir, los criterios que utilizamos en el uso de los bienes eclesiásticos y la coordinación de empleados y colegas que trabajan en nuestras instituciones persigue siempre un fin “el bien de la persona humana, su dignificación y salvación”. De acuerdo con lo anterior, podríamos señalar someramente algunos criterios éticos que nos permiten ejercer una administración adecuada, y que no son solo exclusivos para las instituciones eclesiásticas, sino que se pueden aplicar de manera general para cualquier institución. En primer lugar, la honestidad que debe predominar en todos los actos que realizamos; en segundo lugar, la calidad de los bienes y servicios que dispensamos; en tercer lugar, la responsabilidad en todas las acciones y compromisos que adquirimos; en cuarto lugar, el respeto permanente por todas las personas con las que nos relacionamos o tenemos a nuestro cargo; en quinto lugar, la transparencia en todo lo que realizamos. Sabiendo dar debida cuenta de todo lo que se nos ha encargado.

Precisamente, tenemos que velar porque la Iglesia sea una organización que brille por su honestidad, transparencia, por su contribución al bien común y al bienestar general de la comunidad ¡Hagámoslo!

P. José Humberto

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