Cada año, como sacerdotes realizamos nuestros retiros espirituales anuales de unos días. Sin embargo, también se nos encarece, para nuestro crecimiento espiritual, sacar otros espacios de retiro: un día al mes, una tarde a la semana. En fin, la idea es retirarnos de cuando en cuando para buscar un ambiente adecuado, para escuchar con más tiempo, más sosiego, más atención y sin otra tarea o empeño la Palabra de Dios. No es que no la escuchemos y meditemos todos los días, pero con el ajetreo pastoral, el sin número de situaciones imprevistas, los ruidos a nuestro alrededor y dentro de nosotros, no nos permiten escucharla de la manera como queríamos y sacarle todo el fruto que posible. Nos conviene buscar el silencio y la soledad, para escuchar mejor la voz de Cristo. Ateniéndonos a aquellas palabras de San Juan de la Cruz “El Padre ha pronunciado una Palabra, y esa Palabra es su Hijo. Esa Palabra habla en eterno silencio, y en silencio a de ser escuchada por el alma”. El silencio es entonces la condición –sine quanon– para captar en toda su claridad la voluntad de Dios manifestada en su Palabra.
Hacer retiro con el fin de ir aprendiendo a hacer de nuestra vida un retiro espiritual continuado. Es decir, ir formando esa disposición constante a captar la voz de Dios entre tantas voces y a vivir en permanente estado de conversión. Tal conviene que sea la vida de un ministro del Señor que tiene como tarea ininterrumpida el cuidado de las almas. Saber comunicar a los hombres lo que Dios quiere de ellos, y a la vez, estar trabajando en el conocimiento y la enmienda de la propia vida, requiere de una vida interior intensa, pues bien, el retiro nos ayuda a crecer en esa vida interior.
El retiro espiritual se propone como un camino a recorrer, con la finalidad de que después de haberlo recorrido no seremos los mismos. Y he aquí, el objeto de un retiro: el cambio, la conversión, el mejoramiento de sí mismo. Si estamos felices y cómodos con lo que somos, no nos aprovechará mucho el retiro espiritual; pero, si estamos invadidos de aquella tensión maravillosa de ir tras la tras la santidad, verdad y la perfección, se convierten en una oportunidad inigualable de avanzar.
Dios tiene un plan de salvación para el mundo y necesitamos saber cómo encajamos nosotros en ese plan en este preciso momento de la historia. Cada bautizado, tiene una tarea, una misión especial que cumplir, para que los designios de Dios sobre los hombres se vayan realizando, para que su gloria sea cada vez más manifiesta y la Iglesia sea cada vez más lo que Dios ha querido y nos ha manifestado el Concilio Vaticano II “Sacramento Universal de Salvación” (LG 48). Todos los bautizados debemos estar empeñados en esto y somos responsables. Pero somos los sacerdotes los que debemos mantener despierta esta conciencia en los hermanos.
El retiro espiritual es un camino para crecer en la relación con Dios Trinidad, para renovar el amor. Por ello, necesitamos tiempos para estar a solas con Dios, para dialogar con Él. En esta cuaresma, que importante sacar un tiempo de retiro y proponer a los fieles también sacar el espacio para ello, pues todos necesitamos conversión, renovación, purificación e iluminación para entender la grandeza del misterio que se acerca y los bienes que nos trae. ¡Hagámoslo!
José Humberto







