LA CORRESPONSABILIDAD LAICAL: TRABAJAR JUNTOS EN LA MISIÓN

Hermanos.

 El Señor no nos llamó a trabajar solos, sino a reunir a su pueblo para que, unido, anuncie el Evangelio. Sin embargo, es bueno preguntarnos si nuestras parroquias o congregaciones favorecen una participación real de los laicos o si, muchas veces, los convocamos únicamente para ejecutar lo que nosotros hemos decidido. Podemos hablar de corresponsabilidad mientras seguimos concentrando las decisiones, las iniciativas y hasta las tareas más sencillas en nuestras manos.

El mundo nos plantea desafíos que no podemos afrontar individualmente. La indiferencia religiosa, la soledad, las familias fragmentadas, la pobreza, la polarización social y el influjo de una cultura digital que transforma las relaciones humanas exigen una presencia cristiana cercana, preparada y capaz de dialogar. Pero también hay oportunidades: hombres y mujeres con formación profesional, sensibilidad social, experiencia familiar, capacidad de liderazgo y disposición para servir. ¿Cuánto de todo ese potencial estamos acogiendo y poniendo al servicio de la misión?

El Concilio Vaticano II nos recuerda que los laicos tienen una función propia y necesaria en el apostolado de la Iglesia, y que los pastores no hemos sido instituidos para asumir por nosotros mismos toda su misión salvífica (Lumen gentium, n.º 30). El papa Francisco, por su parte, advierte sobre el clericalismo que mantiene a los laicos al margen de las decisiones y dificulta que asuman plenamente la responsabilidad recibida en el Bautismo y la Confirmación (Evangelii gaudium, n.º 102). No son advertencias dirigidas a otros sacerdotes; también interpelan nuestra manera de ejercer el ministerio.

La corresponsabilidad no consiste en delegar actividades para aliviar nuestra agenda, ni en entregar responsabilidades sin acompañamiento. Significa reconocer los carismas, escuchar antes de decidir, formar a quienes asumen servicios, confiar tareas reales y discernir juntos los caminos pastorales. Supone aceptar que un laico puede aportar una mirada que nosotros no habíamos considerado y que compartir la misión no disminuye nuestra identidad sacerdotal: nos permite ejercerla como servicio a la comunión.

Hermanos, revisemos nuestros consejos pastorales, nuestras reuniones y nuestros proyectos. ¿Escuchamos de verdad o buscamos que los demás ratifiquen nuestras decisiones? ¿Formamos personas capaces de evangelizar en sus hogares, trabajos, universidades y espacios públicos, o reducimos su compromiso a colaborar dentro del templo? ¿Estamos dispuestos a reconocer sus iniciativas y acompañarlas, incluso cuando nos exigen salir de nuestras costumbres?

La misión pertenece a Cristo y compromete a todo su pueblo. No privemos a la Iglesia de los dones que el Espíritu Santo ha suscitado en los bautizados. Que nuestras comunidades no dependan exclusivamente de la presencia del sacerdote, sino que crezcan en la fe, el servicio y la responsabilidad compartida. No tengamos miedo de caminar con otros: el Buen Pastor no reúne un pueblo para mantenerlo inmóvil, sino para enviarlo a anunciar la vida.

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