LA FE QUE PROFESA EL SACERDOTE

A veces, la rutina pastoral tiene el peligroso poder de convertir lo extraordinario en costumbre. Domingo tras domingo, recitamos el Credo. Las palabras fluyen de memoria, casi mecánicamente, mientras pensamos en los avisos parroquiales o en la urgencia que nos espera en las actividades pastorales. Sin embargo, durante este 2025, la Iglesia nos invitó a detenernos y escuchar el eco de un trueno lejano que retumbó hace 1700 años: el Concilio de Nicea.

Para el sacerdote, conmemorar Nicea no es un ejercicio de nostalgia por un pasado de túnicas y concilios imperiales, sino que es, ante todo, una cuestión de fe.

En efecto, en el año 325, la Iglesia se jugó la vida en una sola palabra: homoousios (consustancial). No era un debate semántico, sino la batalla por la verdad del amor de Dios. Si Cristo no fuera “Dios de Dios, Luz de Luz”, si fuera solo una criatura excelsa como pretendía Arrio, entonces nuestro sacerdocio sería una farsa piadosa. Si Cristo no es Dios, el sacerdote no puede perdonar pecados, solo ofrecer terapia; no puede consagrar el Pan de Vida, solo compartir un recuerdo simbólico.

La profundidad de Nicea radica en que le garantiza al sacerdote que su vida no está cimentada sobre un mito, sino sobre la roca de la realidad divina. Cuando un sacerdote se siente abrumado por la soledad o por la magnitud de la miseria humana de la que está revestido, Nicea le susurra una verdad consoladora: “No estás solo, y no actúas en tu nombre. El que te envió es verdadero Dios y derdadero Hombre”.

Vivimos tiempos líquidos, donde la verdad parece depender del estado de ánimo colectivo o de las tendencias culturales. En este escenario, la profesión de fe se convierte en el ancla del sacerdote. No es una cadena que aprisiona su intelecto, sino el mástil al que se abraza para no ser arrastrado por las corrientes. Al recitar el Credo, el sacerdote hace un acto de humildad radical, pues renuncia a predicar sus propias “ocurrencias” para hacerse voz de la Tradición que lo precede y lo supera. En ese sentido, la ortodoxia nos presta un grande servicio. Saber que no tenemos que inventar la Iglesia cada mañana, sino que somos custodios de un tesoro que nos fue confiado, libera al ministro de la ansiedad del éxito o del fracaso.

Al final, renovar la fe de Nicea 1700 años después es un acto de amor y fidelidad. Aquellos padres conciliares, muchos de los cuales llevaban en su cuerpo las cicatrices de la persecución, no defendieron una fórmula abstracta, sino que defendieron el rostro auténtico de Cristo. Para el sacerdote de hoy, volver a Nicea es volver a decir: “Sé en quién he puesto mi confianza”. Es recordar que nuestra vida se gasta y se desgasta por Alguien que es verdaderamente Dios, y que por serlo, tiene el poder real de salvar a las almas que nos han sido encomendadas.

Que este aniversario nos sirva para que, la próxima vez que digamos “creo”, el corazón nos tiemble un poco, conscientes de que estamos pisando el suelo sagrado que sostiene todo lo que somos.

P. Carlos Andrés

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