Como sacerdotes nos es conveniente volver con cierta regularidad a la profundización sobre el tema de la santidad en nuestra vida consagrada. Pues Dios espera siempre que demos nuevos pasos en el camino de la configuración con Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. La santidad en el ministerio sacerdotal se dirige, precisamente, hacia esa configuración creciente con Jesús Buen Pastor. Ahora, Jesús es nuestro máximo modelo de santidad y es en Él en quien vamos descubriendo como vivir nuestro ministerio a plenitud y con mucho fruto.
En el Evangelio de san Juan encontramos tres expresiones que nos dan la pista concreta para caminar hacia la santidad “les dice Jesús: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,34); “Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 6,38); “Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él” (Jn 8,29). La santidad como nos la propone Jesús consiste en alimentarnos de la voluntad divina; ésta es la que nos puede aportar el verdadero crecimiento y desarrollo humano y espiritual. La santidad es entender que la voluntad divina debe estar por encima de cualquier otra voluntad, incluyendo la propia, porque es la única que hace posible la auténtica y perfecta armonía entre los hombres y de los hombres con las demás creaturas. También Jesús nos presenta la santidad como una comunión permanente con Dios, encontrando nuestra mayora alegría en agradarle. En síntesis, la santidad como nos enseña Jesús es vivir abiertos a la voluntad divina y dejarnos conducir en todo por ella.
Sin embargo, el mayor obstáculo a la santidad somos nosotros mismos, porque para acoger la voluntad de Dios es absolutamente necesario renunciar a la propia; esto también nos lo enseñó Jesús en el Huerto de Getsemaní “Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,41-42).
Para vivir en la voluntad del Padre necesitamos crecer permanentemente en las virtudes de la fe, la confianza y la obediencia, por ello el mismo Señor al enseñar a sus discípulos a orar les invitó a desear y pedir“…Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mateo 6,10). En primer lugar, para vivir la santidad, que es vivir en la voluntad de Dios, lo primero es la oración que nace de un corazón deseoso de querer lo que Dios quiere y no querer lo que Dios no quiere. Lo segundo, es darnos cuenta que nosotros no nos hacemos santos por nosotros mismos, sino que debemos dejarnos hacer santos por Dios.
Unos medios concretos con los cuales nos podemos ir alineando a la voluntad divina, bien pueden ser: alimentarnos todos los días de la Sagrada escritura; cumplir diligentemente nuestro deber de cada día; obedecer de buen grado y con sentido de trascendencia a nuestros superiores; escuchar la comunidad y tomarnos en serio sus consejos, correcciones, aportes, aún de los más pequeños; aceptar la providencia divina tanto en lo que nos agrada como en lo que no, sin quejarnos nunca de nada ni de nadie. Son pasos cuya práctica permanente hará que la santidad presbiteral se viva de manera concreta y podamos disponernos a las cosas grandes que Dios quiere realizar a través de nuestro ministerio.
Padre José Humberto







