Como Instituto de Pastoral del Clero, comprometidos en acompañar la vida y ministerio de los hermanos presbíteros. Recibimos, como para nosotros, unas palabras del Papa Francisco con ocasión de un discurso para Obispos de misiones (20 de septiembre de 2014). Palabras a las que podríamos, perfectamente, dar un alcance más amplio para todos los ministros consagrados de la Iglesia.
“La Iglesia tiene necesidad de pastores, es decir de servidores, de obispos que saben ponerse de rodillas ante los demás para lavar los pies”. Si, es una necesidad permanente de la Iglesia contar con ministros que se tomen en serio las palabras de Jesús “no he venido a ser servido, sino a servir y a dar mi vida en rescate por muchos”(Mt 20,28). La disposición de servicio, debe ser para nosotros los “Alter Christus”, un distintivo permanente el modo como nos vamos identificando plenamente con el Maestro en su amor y entrega a los hombres. Aunque el alcance de nuestro servicio es amplio, debemos también trasladarlo, de manera particular al ambiente presbiteral, entendiendo que Jesús quiere que todos sus sacerdotes seamos un apoyo, una ayuda, una presencia disponible y atenta para los demás hermanos sacerdotes. Ponernos de rodillas para lavar los pies, es convertirnos en siervos dispuestos a estar en esa tarea de ir ayudándonos a quitar el barro del camino que se nos va pegando, para ir más ligeros y dignos al encuentro de los demás.
“Pastores cercanos a la gente, padre y hermanos mansos, pacientes y misericordiosos; que aman la pobreza, ya como libertad para el Señor, ya como sencillez y austeridad de vida”. Siempre fue una insistencia del Sumo Pontífice, el que como sacerdotes siempre fuéramos cercanos. Nos dejó como herencia cultivar cuatros cercanías: con Dios, con el Obispo, entre los sacerdotes, al pueblo de Dios. Sin duda, que el estar cultivando y promoviendo estas cercanías, hará que cada vez la Iglesia sea mejor percibida como verdadera familia de Dios. Nos invitaba el Papa a no poner obstáculos a la Palabra de Dios, a su voluntad en nuestras vidas; a tomar todo como venido de su mano, aunque a veces cueste un poco. Ante todo, a ser misericordiosos como el Padre, que solo desea y hace el bien a todos, aún a quienes lo rechazan. También nos invitaba el pontífice a ser una Iglesia pobre para los pobres. A la que ninguna persona recele en acercarse o sienta vergüenza o miedo. ¡No! una Iglesia familiar, sencilla, acogedora, con la que cualquier persona de cualquier condición se pueda identificar.
“Vosotros estáis llamados a vigilar incesantemente el rebaño encomendado, para mantenerlo unido y fiel al Evangelio y a la Iglesia”. Esa vigilancia de los pastores, debe empezar por una vigilancia sobre nosotros mismos, Atendiendo a una configuración creciente con Cristo y a conjurar todos aquellos peligros y desviaciones que podrían opacar la imagen de Cristo impresa en nosotros por el Sacramento del Orden. Solo desde esta primera vigilancia, podremos, en primera persona, vivir el ideal evangélico y ser para el rebaño a nosotros confiado ejemplo y estímulo de vida cristiana.
“Esforzaos, por dar un auténtico impulso misionero a vuestras comunidades diocesanas, para que crezcan cada vez más con nuevos miembros, gracias a vuestro testimonio de vida…”. Nuestra vida ministerial debe estar impulsada permanentemente por el mandato misionero de Jesús “id y haced discípulos míos a todos los pueblos…”(Mt 28,19-20). Debemos ser misioneros incansables, sintiendo en nuestro corazón el celo por la salvación de todas los hombres y contagiando este celo a todas las personas que acompañamos. Esto será evidente, si nos tomamos en serio a cada persona y le hacemos experimentar el amor de Cristo.
Que el legado del Papa Francisco, nos siga alimentando e impulsando en nuestro ministerio sacerdotal, y así, su servicio como Vicario de Cristo en la tierra, deje una marca perenne en nuestro corazones de pastores.
José Humberto







