RELACIONES SANAS EN EL MINISTERIO: LÍMITES, AFECTIVIDAD Y MADUREZ

Hermanos:

Nuestro ministerio nos pone continuamente en relación con personas que confían en nosotros: familias, jóvenes, enfermos, mujeres y hombres que buscan una palabra, una orientación o simplemente un lugar donde sentirse escuchados. En una época marcada por la soledad, la fragilidad emocional y relaciones cada vez más mediadas por las pantallas, esa cercanía puede ser un verdadero camino de evangelización. Pero también nos exige una vigilancia que no podemos delegar en nadie.

Ser cercanos no significa estar disponibles para todo ni permitir cualquier forma de intimidad. ¿Sabemos dónde termina la confianza pastoral y dónde comienza una relación que puede comprometer nuestra libertad, nuestra promesa sacerdotal o la libertad de la otra persona? El Código de Derecho Canónico pide al presbítero prudencia en aquellas relaciones que puedan poner en riesgo su continencia o provocar escándalo entre los fieles (CIC, c. 277 §2).

Los límites no son frialdad. Son una manera de cuidar. Una conversación prolongada a solas, mensajes a cualquier hora, confidencias que dejamos crecer sin discernimiento, favores personales, dependencias afectivas o una cercanía que comenzamos a justificar porque «no pasa nada» pueden llevarnos, poco a poco, a lugares que nunca pensamos alcanzar. El problema suele comenzar mucho antes de que aparezca una conducta claramente incorrecta.

Aquí necesitamos preguntarnos con sinceridad: ¿qué busco en determinadas personas?, ¿qué ocurre dentro de mí cuando alguien me necesita demasiado?, ¿hay alguien cuya atención espero, cuya presencia extraño o cuya aprobación necesito más de lo que debería? No basta con saber qué está permitido. Un sacerdote maduro también reconoce aquello que puede ponerlo en peligro y sabe apartarse a tiempo.

San Juan Pablo II enseñó que la madurez afectiva pertenece al fundamento humano del ministerio y que el sacerdote necesita aprender a vivir amistades serenas y relaciones fraternas, con respeto y dominio de sí mismo (Pastores dabo vobis, 43-44). El Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros pide, además, evitar toda conducta ambigua y actuar con prudencia en las relaciones que puedan comprometer la fidelidad al celibato o causar escándalo.

La Iglesia ha aprendido también, con dolor, que una confianza mal administrada puede terminar hiriendo profundamente. Por eso la protección de menores y adultos vulnerables, la prevención de abusos y el cuidado de quienes han sufrido no pueden reducirse a protocolos. La Carta Apostólica Vos estis lux mundi recuerda que las relaciones dentro de la Iglesia deben estar marcadas por la integridad, el respeto y la responsabilidad, y que las víctimas deben recibir acogida, escucha y acompañamiento.

Hermano sacerdote, quizá hoy no necesitas preguntarte solamente si estás cumpliendo las normas. Pregúntate si tus relaciones hacen visible a Cristo. Mira tus afectos, tus conversaciones, tus horarios, tus silencios y también aquellas personas con las que sabes que necesitas poner una distancia prudente. Pedir ayuda no disminuye tu sacerdocio; reconocer una fragilidad puede ser un acto de verdadera humildad.

El Señor no nos llamó a vivir aislados, sino a amar con un corazón libre. Que nadie pueda apropiarse de nuestra afectividad y que nosotros tampoco pretendamos apropiarnos de la afectividad de nadie. Amar pastoralmente es querer el bien del otro, incluso cuando para ello sea necesario poner un límite.

La madurez sacerdotal comienza muchas veces allí donde dejamos de preguntarnos «¿hasta dónde puedo llegar?» y empezamos a preguntarnos «¿qué necesita esta persona para permanecer libre, segura y cerca de Dios?»

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