SACERDOTES DEL ESPÍRITU

Como Iglesia católica esperamos una nueva efusión del espíritu Santo en la celebración de Pentecostés. ¿Qué significa esto para nosotros como sacerdotes? Ante todo, tener la misma actitud de los apóstoles, quienes junto a María esperaban con santa expectación la promesa hecha por Jesús “cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn 13,13). Esta expectación la debemos cultivar en toda la comunidad de los fieles, mantenerla viva, porque como decía san Pablo VI la Iglesia tiene necesidad de un “perenne Pentecostés”. Es decir, de la presencia constante y la renovación del Santo Espíritu todos los días. 

Para iluminar y transformar el mundo, la Iglesia requiere un corazón lleno de fuego, profecía y pureza interior. Al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata el autor sagrado que Jesús el día de la Ascensión dijo a los apóstoles “…vosotros recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos…” (Hch 1,8). Si, esperamos esa fuerza que nos ilumine, que nos consuele, que nos encamine hacia el futuro, hacia una humanidad redimida y renovada. Ese Espíritu es el único capaz de hacernos testigos creíbles del Evangelio, porque es el único que puede infundirnos el amor de Jesús que nos lleve a una entrega generosa, total, desinteresada. 

Como Jesús, también nosotros comunicamos el Espíritu Santo con sus múltiples efectos de gracia. Esto, particularmente en la celebración de los sacramentos. Lo cual nos debe llevar siempre a pensar cómo ser mejores canales del Espíritu Santo, sin caer en una actitud pasiva o meramente funcional. Sino que debemos volver nuestra mirada hacia Jesús, a quien representamos como Cabeza y Pastor y aplicarnos como él -en la sinagoga de Nazaret- las palabras del profeta Isaías “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Sí, sacerdotes llenos del Espíritu para anunciar la Buena nueva. Tantos que no saben que en la Trinidad tienen un Padre que les ama, un Hijo que les ha redimido, un Espíritu que les acompaña y regala dones y carismas; para proclamar la liberación a los cautivos. Tantos andando en la ignorancia, tras la mentira y el error, necesitados de la única verdad que los puede hacer verdaderamente libres “Jesucristo”; para dar la vista a los ciegos. Tantos que en esta vida van sin un rumbo, sin un horizonte, sin una meta. Tantos, que andan tras los ídolos de este mundo que jamás lograrán responder a los anhelos más profundos del corazón humano. A esos hay que favorecerles con la luz de la fe; para dar la libertad a los oprimidos. Son realmente muchas las realidades de opresión que sufren hoy tantísimas personas: pobreza material, marginación social, enfermos de diversa índole, vulnerabilidad social, guerras, desplazamientos, migración, etc. Que necesitan respuesta en forma de auténtica caridad; Para proclamar un año de gracia del Señor. Todos los hombres necesitan conocer y experimentar la misericordia de Dios. Jesús ha inaugurado el año de gracia, es decir, el tiempo de la misericordia divina; de tal suerte, que nosotros sus ministros, debemos mantener siempre abiertas esas puertas de la misericordia para todo el que quiera entrar por ellas y encontrar el perdón y la paz.

Pidamos al Espíritu ser renovados en sus maravillosos dones y carismas, para que seamos fuentes de vida nueva para este mundo. Pidámosle que irrumpa en nuestras vidas y venza toda aridez, indiferencia, apatía. Que abra nuestros corazones a la esperanza, donde pareciera que no hay nada bueno que esperar. Que a todos nos conduzca hacia aquella madurez interior en la relación con Dios y con nuestros hermanos, para que seamos constructores de la nueva civilización del amor.

Padre José Humberto

Compartir

Suscríbete a nuestro boletín