El presbítero es, ante todo, un dispensador de la vida nueva que Jesucristo vino a traer al mundo. Vida nueva que se manifiesta por la justicia y la paz. Sabemos que la justicia y la paz fueron trastornadas por aquel acto de desobediencia de Adán y Eva en los albores de la creación. Hasta hoy los hombres venimos cargando con las consecuencias de aquel acto, ante el cual, como creyentes, más aún, como consagrados,  no podemos quedarnos indiferentes o caer en un conformismo paralizante. Jesucristo, el Señor, vino a restablecer la justicia y la paz, mostrándose a sí mismo como el camino que los hombres debemos recorrer para recuperar la relación amorosa e íntima con nuestro Creador, para reconocernos todos como hermanos y acogernos desde lo íntimo de nuestro corazón, para buscar en este mundo vivir según la esencia propia que nos fue dada “AMADOS Y LLAMADOS AL AMOR”, para construir juntos la ciudad de Dios. 

Pero las manifestaciones de injusticia y de guerra se multiplican por doquier. Los hombres andan como en Babel, queriendo construir un mundo sin Dios, cada vez más encerrados en su egoísmo e intereses personales. Un mundo donde grupos de poder económico e ideológico, buscan por todas las formas dividir las familias, las comunidades, los países, con el fin de hacerse con el control de las conciencias y manipular las personas, la historia, el destino de los pueblos según sus mezquinos intereses. La lucha por el poder se agudiza por doquier y la vida de las personas se convierte poco a poco en algo residual, solo sirve cuando presta algún servicio al programa de los poderosos, de resto es algo inútil y desechable. Unas preguntas muy importantes que como seres humanos debemos hacernos urgentemente son: ¿estoy siendo manipulado por alguna corriente ideológica? ¿sigo los parámetros que me señala la sociedad de consumo? ¿Estoy cayendo en el juego de percibir la realidad como otros me la quieren hacer ver o poseo los suficientes criterios para hacerme una idea clara y justa de la realidad? ¿Cómo cristiano y como sacerdote, se mantener una mirada cristiana y trascendente de la realidad, poniendo el interés de Dios por encima de los intereses humanos?

Sin duda responder a estas preguntas implica detenerse a reflexionar, a sincerarse consigo mismo, a hacerse responsable de sí mismo y del mundo. Es decir, responder a estas preguntas necesita una actitud madura, pero no solo eso, también una actitud realmente cristiana.

Jesús vino al mundo a traer la vida nueva, pero el mismo no pudo evadirse del demonio y sus tentaciones, que querían apartarle de su noble tarea, de su divino propósito. Como nos decía el Papa León en una de sus enseñanzas, Jesús tiene que evitar los caminos que le hacen perder su sabor, esos caminos que se nos presentan a todos con cierto tono irresistible: hacer valer nuestra identidad, exhibirla, y tener el mundo a nuestros pies. La vida nueva a la que nos invita Jesús, y que como sacerdotes debemos transmitir sin cesar, es aquella que nos describió en el Sermón de la montaña y que tiene como centro las Bienaventuranzas.

Las bienaventuranzas son el contrapunto a los deseos egoístas, simplemente mundanos que pueden convertirse en la orientación permanente de la vida. Las páginas del Evangelio, que los sacerdotes estamos llamados a predicar sin cesar, transforman a quien cree y se las va tomando en serio en fermento de la vida nueva que Jesucristo vino a establecer. Precisamente la Iglesia, instituida por Jesucristo, se identifica en su modo de ser en el mundo como fermento. No busca la Iglesia en ningún sentido dominar la sociedad civil sino transmitir la fe, la esperanza y la caridad, para que la justicia y la paz sean el horizonte permanente hacia donde los hombres y la sociedad se encaminen en un proceso de crecimiento permanente.

Como sacerdotes, estamos totalmente comprometidos con la tarea de hacer que la vida nueva que Jesús vino a proponernos y participarnos sea conocida, recibida y manifestada. Esta vida que la Iglesia en su conjunto debe llevar a las familias, pueblos, ciudades, países, al mundo entero, con la convicción de que será la que hará posible que nuestro mundo tenga realmente un rostro humano y una aspiración a lo divino. Como Jesús, los sacerdotes debemos enfrentar múltiples tentaciones que se presentan en nuestro camino y no permitir que se nos quite el sabor de Evangelio, el sabor de las bienaventuranzas, el sabor a Cristo. A esto, es a lo que siempre debemos saber a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Perder ese sabor sería perder la autenticidad de nuestro ser cristiano y sacerdotal, perder el horizonte de la propia vida y misión.

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