San José María Rubio y Peralta nació el 22 de julio de 1864 en Dalías, provincia de Almería, España, en el seno de una familia numerosa de agricultores, profundamente cristiana. Desde joven manifestó su vocación sacerdotal y realizó sus estudios eclesiásticos en los seminarios de Almería, Granada y Madrid. Fue ordenado sacerdote el 24 de septiembre de 1887.
Durante sus primeros años de ministerio ejerció como vicario parroquial en Chinchón y párroco en Estremera. Posteriormente desempeñó diversas responsabilidades en Madrid, entre ellas la docencia en el seminario, el servicio en la curia diocesana y la capellanía de religiosas. Aunque deseaba ingresar en la Compañía de Jesús desde sus años de formación, circunstancias personales y pastorales retrasaron su ingreso hasta 1906. Después de una peregrinación a Tierra Santa, ingresó finalmente en el noviciado jesuita de Granada y profesó como religioso el 12 de octubre de 1908.
Su vida sacerdotal estuvo marcada por una intensa espiritualidad ignaciana, el amor a la Eucaristía y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En Madrid se distinguió por dedicar largas horas al sacramento de la reconciliación, a la dirección espiritual y a la predicación sencilla y directa del Evangelio. Su capacidad para escuchar, orientar y acompañar a las personas hizo que numerosos fieles acudieran a él en busca de consuelo y consejo.
Sin embargo, su apostolado no se limitó a la atención espiritual. Sensible a las necesidades de los más pobres, promovió iniciativas de asistencia social, escuelas gratuitas y espacios de formación profesional. También impulsó la participación de los laicos en la misión evangelidora, ayudándolos a descubrir que la fe debía expresarse en la familia, el trabajo y la vida social. Su humildad era tan profunda que prefería permanecer en segundo plano y dejar que sus colaboradores asumieran el protagonismo de las obras. Por su entrega a la población madrileña, recibió el apelativo de «apóstol de Madrid».
En los últimos años de su vida continuó entregado a la oración y al servicio pastoral, a pesar de su frágil salud. Falleció en Aranjuez el 2 de mayo de 1929. Su fama tendió ampliamente y, tras el correspondiente proceso eclesial, fue beatificado por san Juan Pablo II el 6 de octubre de 1985 y canonizado por el mismo pontífice el 4 de mayo de 2003, en Madrid.
Espiritualidad y legado
La vida de san José María Rubio enseña que la fecundidad sacerdotal nace de la unión con Dios y se manifiesta en la entrega cotidiana a las personas, especialmente a las más necesitadas. Su testimonio recuerda que el confesionario, la predicación, la dirección espiritual y el compromiso social son expresiones complementarias de una misma caridad pastoral.
Una frase que resume su espiritualidad es:
«Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace».
Esta expresión refleja su confianza en la voluntad de Dios, su disponibilidad ante las responsabilidades recibidas y su deseo de vivir sin buscar protagonismo personal.







