La labor del párroco y del vicario parroquial es una entrega silenciosa, a menudo incomprendida, pero profundamente fecunda. Son los pastores que se desgastan día a día acompañando a su pueblo, escuchando confesiones, celebrando la Eucaristía, visitando enfermos y sosteniendo comunidades con la fuerza invisible de la fe. Sus manos levantan el Pan y el cáliz, pero también cargan los pesos, las lágrimas y las esperanzas de su gente.
Ellos son los primeros en llegar y los últimos en irse, los que permanecen firmes cuando muchos se alejan. Y, aunque a veces su corazón se canse o su mirada se nuble por la soledad, siguen caminando porque saben que no sirven por recompensa, sino por amor. Cada palabra suya sembrada en el nombre de Cristo germina en silencios que sólo Dios ve.
Hoy demos gracias por su sí cotidiano, por su fidelidad en medio de las pruebas, por su ternura escondida en cada gesto pastoral. Que sepamos cuidarlos, sostenerlos y orar por ellos, porque su cansancio es el reflejo del amor de un Dios que nunca se cansa de nosotros.
Oración:
Señor Jesús, Pastor eterno, mira con compasión a tus párrocos y vicarios, que gastan su vida por tu pueblo. Toca sus corazones cansados con el fuego de tu amor, consuela sus soledades y renueva en ellos la alegría del primer llamado. Cuando sus fuerzas flaqueen, sé Tú su descanso; cuando sus ojos se llenen de lágrimas, sécalas con tu ternura. Que sientan tu presencia en cada Eucaristía, en cada abrazo y en cada alma que confías a su cuidado. María, Madre de los sacerdotes, cúbrelos con tu manto y llévalos siempre al Corazón de tu Hijo, donde su entrega se transforma en eternidad.







