OREMOS POR Los Sacerdotes enfermos y agonizantes.

Señor Jesús, Sacerdote eterno y Pastor de nuestras almas,  mira con ternura a tus hijos sacerdotes que hoy sufren en su cuerpo o en su espíritu. Algunos yacen en un lecho de dolor, otros cargan con la cruz de la soledad, del cansancio o del olvido.  Tú los conoces, Señor… los llamaste por su nombre y los ungiste con el fuego de tu amor.

Hoy, cuando sus manos ya tiemblan  y sus voces se apagan entre suspiros, vuelve a posarte junto a ellos como aquella noche en el Huerto, cuando Tú mismo temblabas de angustia y sin embargo dijiste: “Padre, hágase tu voluntad”.

Ten piedad, Señor, de los sacerdotes que lloran en silencio,  de los que sufren sin consuelo humano, de los que ofrecieron su vida entera y ahora sienten que nadie los recuerda.
Que no se apaguen sus lámparas en la oscuridad, que su último aliento sea un canto de confianza, una entrega serena en tus brazos abiertos sobre la cruz.

Jesús del Corazón traspasado, une sus dolores a los tuyos, haz de su enfermedad una Eucaristía escondida, de su agonía un cáliz de salvación, de su debilidad un testimonio de amor más fuerte que la muerte.

Y cuando llegue la hora final, sal a su encuentro, Señor, como sales al altar cada mañana, para abrazar al amigo que te sirvió con fe. Recíbelos en tu casa, donde no hay más llanto ni cansancio, y dales por siempre el gozo de contemplar tu rostro,  ese mismo rostro que buscaron tantas veces entre tus pobres, en tus templos, en tus sacramentos, en las almas que les confiaste.

María, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, vela por ellos como velaste por tu Hijo en el Calvario;  pon tu mano sobre sus frentes fatigadas y susurra en sus corazones moribundos: “No estás solo, hijo mío, el Amor te espera”.

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