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  • La Iglesia de Jerusalén desde el principio, tuvo que dejar claro que el final de la ley era llevar a los hombres a Cristo. Ya, una vez aparecido Cristo, no se podía imponer a aquellos que creyeran en él todas prescripciones de la ley Mosaica -como por ejemplo la circuncisión-. Esto porque, Cristo mismo, se convirtió en la nueva ley para los hombres nuevos (Hch 15,1-2.22-29).
  • El autor sagrado nos invita a elevar la mirada y contemplar aquella ciudad a la que todos estamos llamados “Jerusalén”. Esta Jerusalén está compuesta por todos los que han creído tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento y han sido fieles. Allí tendrá lugar la plena manifestación de la gloria de Dios señalada y preparada por los dos testamentos (Ap 21,10-14.22-23).
  • Jesús promete El Espíritu Santo que será el encargado de seguir instruyendo a los discípulos y ser la memoria viviente de la Iglesia. Él será el encargado de hacer que la Verdad que nos fue revelada por Jesús sea mejor comprendida y asimilada y así nos vayamos transformando en otros Cristos (Jn 14,23-29).
  • En cada eucaristía pregustamos ya la vida de la Jerusalén Celestial. Donde todos nos reuniremos en un solo espíritu y seremos conducidos por un solo pastor. Allí la Palabra y la presencia de Cristo serán el alimento sustancioso y perenne. Y nuestra tarea será la alabanza festiva y la adoración ininterrumpida de la gloria de Dios.
  • CEC 2746-2751: la oración de Cristo en la Última Cena; CEC 243, 388, 692, 729, 1433, 1848: el Espíritu Santo, abogado/consolador; CEC 1965-1974: la nueva Ley perfecciona la Ley antigua; CEC 865, 869, 1045, 1090, 1198, 2016: la Jerusalén celeste.
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