Primero de Adviento (A)
ADVIENTO: ESTE ES EL TIEMPO DE LA ESPERANZA
Un discípulo siempre está en “vigilia”
Mateo 24, 37-44
Un ejemplo de vida distraída. Primero Jesús nos pone el ejemplo de los días de Noé: “Como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos” (24,37-39). La moraleja salta a la vista: no es razonable vivir de manera distraída, despreocupada. La escena descrita en tiempos de Noé nos presenta gente absorbida por la vida terrena: comer, beber, casarse. Eran personas que se dejaban llevar tranquilamente por el ciclo biológico de la vida, atentos a lo presente, sin pensar en nada más allá; el asunto era gozar la vida. En aquel entonces el diluvio había sido anunciado, pero aún no pasaba nada. A ellos les parecía lejano y casi irreal, por eso prefirieron concentrar sus energías en aquello que consideraban más concreto y práctico. De la misma manera, ahora la venida del Señor solamente ha sido anunciada. El hecho de que no suceda nada aún puede llevar a pensar que hay mucho tiempo en la vida y descuidarse en la atención a su venida, concentrándose más bien en otros asuntos. Pero, como insiste Jesús, imprevista y sorprendente será su venida: “Así será también la venida del Hijo del hombre”
Un ejemplo sobre el engaño de las apariencias. Dando un paso adelante ahora Jesús enseña que no hay que quedarse con la apariencia externa de las situaciones terrenas: “Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada” (24,40-41). Jesús parte de escenas de la vida cotidiana: la vida laboral en una sociedad agrícola. Describe las ocupaciones más importantes del hombre y de la mujer: los varones siembran y cosechan el trigo en el campo, luego las mujeres mueven la rueda de molino para obtener la harina y el pan de cada día. Todos trabajan, todos se mueven por igual en las rutinas de la vida. Esto puede llevar a una falsa deducción. Del hecho de que todos pasemos por situaciones semejantes –trabajo y fatiga, felicidad e infelicidad, sufrimientos y alegrías, vida y muerte- puede nacer la ilusión de que la obediencia o la desobediencia, la rectitud o la injusticia no tengan importancia alguna; que sea indiferente la forma en que se viva, porque –al fin y al cabo- todos terminaremos igual. Pues aquí está el punto: no terminaremos igual. Con la venida del Señor habrá una separación radical: “uno es tomado y el otro dejado”, es decir, quienes estén preparados serán recibidos en la comunión con Dios y los otros serán excluidos.
Un ejemplo de llegada imprevista. En consecuencia uno tiene que auto-regularse y conducir la vida con base en la vigilancia: “Si el dueño de la casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa” (24,43). Es probable que si conociéramos el día y la hora de la venida del Señor, a lo mejor –con reloj en mano- dejaríamos para última hora la preparación, como es habitual en tantas otras situaciones de la vida. Pero el Señor viene como un ladrón nocturno: inesperado, sorpresivo, impredecible. Por eso hay que estar preparado en todo momento. No debemos nunca bajar la guardia. Hay que vivir responsablemente según la voluntad del Señor, de manera que podamos responder en cualquier momento por ella y con la frente en alto. Jesús no pronuncia todas estas enseñanzas para obligarnos a una conversión a fuerza de miedo, sino para abrirnos los ojos. La venida del Señor no debe ser motivo de miedo sino de movilización para la preparación. Obviamente tendremos miedo de la venida del Señor si tenemos deudas con la historia y no tenemos a punto la vida; en este caso: ¡A poner en orden la casa! ¡A preparar la venida del Señor! Entonces nuestra vida tendrá reposo, tendremos fuerza interior, soñaremos y construiremos los sueños de Dios, para los cuales tanto nos animan los profetas. Un día el Señor nos invitará a quedarnos definitivamente con él. Ese día el fin marcado por la muerte será en realidad el comienzo: naceremos definitivamente para la vida después de este lento proceso de gestación terrenal formando a Jesús en nosotros. Mientras tanto aguardamos vigilantes el momento del encuentro. Tengamos presente que la “vigilancia” que nos pide el evangelio no sólo se refiere al encuentro final con Dios (al final de mi mundo, de mi vida). Cada día Dios está viniendo a nuestro encuentro y no podemos dejarlo pasar de largo. Viene en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad, en la presencia escondida en las personas más necesitadas, en las diversas formas en que nos regala su gracia. La “vigilancia” entonces es ése saber tener la casa pronta y a punto para recibir la visita, para abrir los brazos de par en par al Dios que es por definición: “El que viene” (Apocalipsis 1,8).







