Juan 21, 1- 14: ENCUENTRO CON EL RESUCITADO A LA ORILLA DEL MAR: EL AMANECER DEL RECONOCIMIENTO Y LA COMUNIÓN PLENA CON EL SEÑOR.
Así como en los relatos de la aparición a María Magdalena (Juan 20,11-18) y a los discípulos de Emaús (Lucas 24,13-35), Jesús no es reconocido en un primer momento, ya que se necesita un proceso para captar los signos que “manifiestan” su presencia. Pero ahora la “manifestación” del Resucitado va más allá: apunta al nuevo estilo de vida del discipulado en el tiempo pascual. Los discípulos hacen un itinerario en el que aprenden a vivir pascualmente, esto es, actuar en la vida guiados por su palabra que da grandes resultados y a sumergirlo todo en la relación vivificante con el Señor Resucitado.
El pescador de hombres vuelve a ser pescador de peces. Jesús murió y resucitó. Al final de aquellos tres años de convivencia, los discípulos volvieron para Galilea. Los discípulos vuelven al mar en la noche. Un grupo de ellos está de nuevo ante el lago. Pedro retoma el pasado y dice: “¡Voy a pescar!” Los otros dijeron “¡Nos vamos contigo!” Así, Tomás, Natanael, Juan y Santiago junto con Pedro tomaron el barco y fueron a pescar. Retomaron la vida del pasado como si nada hubiese acontecido. Pero algo había acontecido. ¡Algo estaba aconteciendo! ¡El pasado no volvió! “¡No hemos pescado nada!” Volvieron a la playa cansados. Fue una noche frustrante. El evangelista muestra a este grupo de siete discípulos que después de la cruz del Maestro vuelven a su antigua profesión (20,2). Ellos no van para adelante en la misión, sino que echan para atrás, como antes de ser llamados por el Señor. La sombra del silencio se extiende sobre el fracaso. Bajo el liderazgo de Pedro, hay un intento de hacer comunidad, pero el vacío se siente: sin el Maestro no tiene sentido. Los discípulos no tienen proyecto, van simplemente donde la buena iniciativa del líder los lleve: “‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo’” (21,3a). En realidad, sin Jesús, andan sin orientación y sin resultados. La prueba es que la noche de trabajo se vuelve inútil. Durante la noche no pescan nada (21,3b). Cuando va llegando el fin de la noche también se van yendo las esperanzas de una buena pesca.
Jesús “está allí” y guía a los discípulos. Jesús estaba a orillas del mar, pero ellos no le reconocieron. Y Jesús pregunta: “Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?” Respondieron: “¡No!” En la respuesta negativa reconocieron que la noche había sido frustrante y que no pescaron nada. Ellos habían sido llamados a ser pescadores de hombres (Mc 1,17; Lc 5,10), y volvieron a ser pescadores de peces. Pero algo había cambiado en sus vidas. La experiencia de tres años con Jesús produce en ellos un cambio irreversible. Ya no era posible volver atrás como si nada hubiera acontecido, como si nada hubiese mudado. En ese momento crítico, cuando el sol ya se ha levantado, cuando se siente amargamente la frustración de una noche perdida, el evangelista anota: “Estaba Jesús en la orilla” (21,4a). La forma del verbo es importante: deja entender que Jesús siempre ha estado ahí. Jesús está con sus discípulos no solamente en los momentos buenos y alegres de la vida sino también a la hora de la dificultad. También lo estará en medio de sus persecuciones y de la muerte. Jesús estará siempre allí. Pero los discípulos no lo reconocen, hace falta un signo (21,4b). Comienza entonces la “manifestación” por iniciativa de Jesús: “Muchachos, ¿no tenéis pescado?” (21,5ª). Los llama con una frase amable que bien podría sonar así: “Mis queridos hijitos”. De forma más o menos parecida los había llamado a la hora de la despedida, cuando sus corazones estaban desanimados por la inminente separación (ver 13,33). En cuanto Resucitado, Jesús no se ha separado de ellos, permanece unido a ellos con amor y trato afectuoso. La respuesta a la pregunta, evidentemente, es negativa (21,5b).
Lancen la red al lado derecho del barco y los van a encontrar. Ellos hicieron algo que, probablemente, nunca hubiesen hecho en su vida. Cinco pescadores experimentados obedecen a un extraño que manda hacer algo que contrasta con su experiencia. Jesús, aquella persona desconocida que estaba en la playa, mandó que echasen la red por el lado derecho del barco. Jesús les da instrucciones precisas y devuelve la esperanza anunciándoles una pesca abundante (21,6ª). Ellos le creen a su Palabra y obtienen un resultado impresionante: las redes quedan repletas de peces (21,6b). Los discípulos han hecho esto repetidamente toda la noche. Jesús manda a lanzar la red una sola vez. Pero esta vez es diferente: es una orden del Señor. La experiencia demuestra a los discípulos que sus logros no se deben a sus esfuerzos personales sino a la manifestación del poder de la Palabra de Jesús. Ellos obedecieron, echaron la red, y fue un resultado inesperado. ¡La red se llenó de peces! ¡Cómo era posible! ¿Cómo explicar esta sorpresa fuera de cualquier previsión?
El amor hace descubrir. Comienzan entonces las reacciones de los discípulos (21,7-8). Se destaca particularmente la del Discípulo Amado y la de Pedro: (a) El discípulo que Jesús amaba reconoce al Señor: “¡Es el Señor!” (21,7ª). Así como en la mañana de Pascua, junto a la tumba vacía (20,2.8), también ahora el discípulo que Jesús amaba es el primero en reconocer a Jesús con una gran sensibilidad de fe. Y no sólo lo reconoce, sino que se lo comunica a Pedro; (b) Pedro quiere llegar de primero donde Jesús: “Cuando oyó ‘es el Señor’, se puso el vestido y se lanzó al mar” (21,7b). Pedro no se aguanta. No ve la hora de llegar hasta donde Jesús. Se olvida de todo: los pescados, la barca, los otros discípulos y se lanza en dirección de Jesús en medio de las aguas frías de la mañana. Si acaso tiene tiempo para ponerse la ropa para llegar digno donde su Señor. Si bien el discípulo Amado es el primero en reconocer a Jesús, Pedro es el primero en tirarse al agua. Es el preludio de lo que vendrá más adelante: “¿Me amas más que éstos?” (20,15).
Jesús invita a comer a los discípulos: “Venid y comed”. El don de la comunión plena con el Resucitado (20,9-14) es la delicadeza de Jesús. Él tuvo la delicadeza de preparar algo para comer después de una noche frustrada sin pescar nada. En esta comida cada uno aporta lo suyo, pero el don de Jesús es superior, porque –al fin y al cabo- todo proviene de Él.
Finalmente, en la acción de Jesús en la orilla hace que lo vivido en alta mar encuentre su sentido. La comunidad reunida en torno a Él en la playa escucha la última instrucción: “Venid y comed” (21,12). Y evocando la eucaristía, el evangelista Juan sugiere que la eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Jesús resucitado plena y resucitada (6,35).







