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Juan 20, 19-31; UNA HERMOSA PEDAGOGÍA DE LA FE PASCUAL: El itinerario de la fe pascual.

La segunda parte del evangelio de este domingo nos presenta la pedagogía de la fe pascual para todos aquellos cuyo “creer” tiene como punto de partida la “predicación-testimonio” de la Iglesia.

El apóstol Tomás, ausente en el primer encuentro con el Resucitado, rechaza el testimonio de los otros discípulos (“Hemos visto al Señor” 20,24), no confía en ellos, porque los considera víctimas de una alucinación colectiva. Él exige ver a Jesús personalmente para constatar que se trata del mismo Jesús que conoció terrenalmente, con las cicatrices de los clavos y la herida de lanza (ver 20,24-25). Y el Señor acepta el desafío de Tomás. Jesús no rechaza su solicitud, sino que, contrariamente a lo que se podría esperar, le concede lo pedido. Pero si bien mediante el contacto con sus llagas lo conduce a la fe, una fe nunca antes vista, Jesús recalca que la verdadera fe que merece bienaventuranza es de los que creen sin haber visto, es decir, la fe que no depende de las condiciones puestas por este apóstol.

Veamos el itinerario. De nuevo es el primer día de la semana. Los discípulos están reunidos, como lo hicieron ocho días antes, y Tomás ahora está entre ellos (20,26ª). Entonces, Jesús irrumpe en medio de la comunidad tal como lo hizo también en la primera aparición: les desea la paz (20,26b).

Y comienza la pedagogía de la fe con Tomás:

(1) Jesús por propia iniciativa se va hasta donde está Tomás, se le pone al frente y habla con él. Jesús retoma las mismas palabras que Tomás dijo cuando se cerró ante el testimonio de los discípulos, cuando no conseguía ver el camino hacia la fe, la paz y la alegría pascual. El gesto de Jesús hace salir a Tomás de su aislamiento, de manera que, junto con él, toda la comunidad sea una en el gozo pascual. Jesús no quiere que nadie quede excluido de la paz y del gozo pascual. (2) Jesús le muestra las marcas de su muerte y de su amor (20,27), es decir, le hace sentir que lo ama y que, al dar la vida por él, Jesús es la fuente de su salvación. Al mostrarle las llagas responde plenamente a la pregunta que Tomás le hizo en el ambiente de la última cena: esas llagas son el camino de la resurrección, la verdad de un Dios que lo ama y lo Salva, y la fuente de la vida nueva. (3) Tomás reacciona con una altísima confesión de fe, como ninguno antes que él: “¡Señor mío y Dios mío!” (20,28). Tomás se demoró más que todos los demás para llegar a la fe, pero cuando llegó los sobrepasó a todos. Cuando dice “Mi Señor”, Tomás está reconociendo que con su resurrección Jesús ha mostrado que es verdadero Dios, ya que “Señor” es la forma como la Biblia griega lee el nombre de “Yahveh”. Por tanto, Jesús es Dios, así como Dios Padre: con la resurrección Él ha entrado en la posesión de la gloria divina, la gloria que tenía en el Padre antes de la creación del mundo (ver 17,5.24). Cuando dice “Mío”, Tomás se somete a su voluntad y se abre a la acción de su mano poderosa. Esta relación con Jesús, basada en su Señorío, tiene validez porque Jesús es Dios. Por eso lo acepta como “¡Mi Dios!”. Tomás reconoce a Jesús como el mismo Dios en persona que se acerca a cada hombre en su realidad histórica para salvarlo dándole vida en abundancia. Para Tomás, todo lo que Jesús obra como Señor, en realidad es lo que Dios obra. En el corazón del discípulo incrédulo se enciende entonces la llama de una fe profunda que supera la de los demás. Tomás comprende que al resucitar de entre los muertos, el Maestro ha demostrado de forma clara y convincente que Él es el Señor Dios, como Yahvéh, soberano de la vida y de la muerte. Pero las cosas no terminan aquí. Es verdad que la fe de Tomás es auténtica y sincera, pero ella tuvo necesidad de la prueba concreta: ver con los propios ojos y tocar con las propias manos al Resucitado. Cuando llega a este punto, el evangelista plantea el problema de cómo llegarán a la fe los que no han podido ver al Señor Jesús: ¿éstos podrán creer? La respuesta es: ¡Claro que sí! No sólo será posible su fe, sino que ésta será superior y más meritoria que la de los primeros discípulos. Es por eso que al final el diálogo de Jesús con Tomás nos involucra también a nosotros. De repente, vemos cómo Jesús da media vuelta y nos hace un guiño de ojo a nosotros los lectores de este evangelio hoy, diciendo: “Dichosos los que no han visto y han creído” (20,29). Jesús mira y felicita con una bienaventuranza a todos los que creerán en el futuro. El camino de Tomás no se repetirá de nuevo, lo que queda vigente para nosotros es el testimonio apostólico que con la fuerza del Espíritu Santo proclama: “Hemos visto al Señor”.

 

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