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MATEO 11, 25-30: BAJO DELICADO YUGO. “MI YUGO ES SUAVE Y MI CARGA LIGERA”

La mirada en oración al Padre de los “pequeños” del Reino se convierte ahora en mirada misericordiosa hacia los sufridos de la tierra.

Vengan a mi…” (11,28a). En estas palabras, Jesús hace una invitación directa a todos sus oyentes para que se hagan sus discípulos. Éstos son los que “están fatigados y sobrecargados” y el seguimiento reposarán: “…y yo les daré descanso”. Los términos que Jesús utiliza no son como las típicas “frases de cajón” o los lemas publicitarios, que dicen bellas frases para captar incautos seguidores que tarde o temprano terminarán desilusionados con promesas de felicidad que nunca vieron cumplir. No. La invitación de Jesús es para que todo hombre, desde las agitaciones internas de su búsqueda de sentido, desde sueños y el anhelo de esperanza que el Creador desde el principio ha grabado en su corazón, se convierta en un verdadero discípulo de la sabiduría.  En la literatura sapiencial bíblica notamos frases de este tipo: “Vengan a mí” (Eclesiástico 24,19; 51,23), “Tomen mi yugo” (Eclesiástico 6,24-25; 51,26), “Encontrarán descanso” (Eclesiástico 6,28). Entre los fariseos del tiempo del ministerio de Jesús (y aún un poco después), se hablaba de “tomar el yugo de la Ley” como una manera de describir la decisión de asumir la Palabra de Dios como norma de vida. El “yugo”, como sucede en el caso de los bueyes, hace inclinar la cabeza y da docilidad. Dadas las complicaciones en que había caído el estudio de la Palabra, convertida en materia de retórica jurídica, el “yugo” de la Ley del Señor se había convertido en un fuerte peso para el pueblo que se sentía “fatigado y sobrecargado” por ella.

Tomad sobre vosotros mi yugo” (11,29a). El evangelio de Jesús revelado a los pequeños es el nuevo “yugo” que no oprime, sino que libera. El evangelio está hecho no para aplastar sino para levantar. Curiosamente, al retener un término que ya empezaba a sonar peyorativo para la gente, el de “yugo”, Jesús exprime el mejor de sus sentidos: Jesús no sobrecarga, sino que intercambia con nosotros su carga: Él toma nuestros fardos pesados de la vida sobre sus hombres y a cambio nos da su corazón “manso y humilde” (11,29b). Jesús toma nuestras preocupaciones y dificultades. Pero también toma los mismos caminos que tenemos para acceder a Él y los hace posible con la fuerza de su Espíritu. Nos entrega luego la “carga” de la misión, del anuncio de la Buena Nueva del Reino, las tareas que provienen de la voluntad amorosa del Padre sobre el mundo, para que le ayudemos a concretarla en la historia que día a día construimos y amasar así la masa con la levadura del Reino (ver 13,33). Una vez más Jesús nos invita a acogerlo con sencillez, esta vez con una bella novedad: Él nos acoge primero con todo lo que tenemos y nos sumerge en la dulzura de su corazón. Es así como viviremos siempre unidos a Él, teniéndolo como apoyo que da “reposo” a nuestro corazón inquieto y como modelo (“aprended de mí”) que inspira nuestra vida.

No caigamos en la actitud de los fariseos, quienes pretendiendo cumplir un montón de preceptos y normas para conocer verdaderamente a Dios, se olvidaban que la forma más sencilla y humilde era la más eficaz: el sabernos amados en nuestra miseria y comprendidos en nuestras crisis, pero sobre todo, acogidos en amor de su adorable Corazón. Es en la transparencia de su corazón donde leemos el evangelio y recibimos el “yugo” que le da sabiduría a nuestras vidas.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM 

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