Segundo de Cuaresma: LA TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS.

La Gloria hacia la cual nos lleva la Cruz
Mateo 17,1-9

Entramos hoy en la segunda etapa de nuestro caminar cuaresmal. Este domingo es como la otra cara de la moneda con relación al pasado: si allá contemplamos a Jesús en su humanidad probada, ahora lo vemos en su humanidad glorificada. Estamos ante un relato de “manifestación de Jesús” (teofanía). Ciertamente está relacionado con el acontecimiento de la Cruz que los discípulos sienten resistencia de cargar. El acontecimiento sucede en función de ellos, quienes lo deben interpretar y finalmente ser sus testigos. En la transfiguración Jesús los educa sobre cómo se hace un camino pascual.

“Seis días después”. Esta es la frase que conecta con el relato precedente de la confesión de fe de Pedro y del anuncio de la Cruz y su seguimiento. Se podría ver, quizás, alguna alusión a lo que dice Éxodo 24,16: “La gloria de Yahvé descansó sobre el monte Sinaí y la nube lo cubrió por seis días”. Lo notable es que cuando llega el séptimo día Dios se manifiesta plenamente.

La manifestación de Jesús. Jesús les permite a sus tres discípulos el acceso a la revelación de su divinidad, pero no a las implicaciones. De una forma gradual el relato va aumentando el suspenso hasta el momento culminante cuando la nube de la gloria los envuelve y se escucha la voz del Padre. Todos los elementos están conectados.

El cuerpo transfigurado. Jesús fue “transfigurado”: un cambio notable se da en su rostro y en sus vestidos). Para ayudar a entrar en el acontecimiento, Mateo acude a los símbolos del sol y de la luz: “como el sol… como la luz”.  El sol y la luz son símbolos del cumplimiento, de lo divino, así como la “tiniebla extrema” simboliza la desventura y la lejanía de Dios. Ya desde el principio del evangelio habíamos sido familiarizados: “A los que habitaban en parajes de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (4,16).

Moisés y Elías representan la antigua Alianza: Moisés representa la Ley y Elías a los Profetas. Frente a ellos está Jesús, quien retoma el valor de estos dos personajes y va más allá de ellos. Toda la antigua Alianza se orienta hacia la revelación definitiva de Dios en Jesús y se rinde ante la Ley definitiva revelada en Él. Jesús no es un legislador más ni es un profeta más, Él es el “Hijo”.Pero Mateo nos da una pista: Jesús, quien ha dicho que no vino “a abolir la Ley y los Profetas” sino “a dar cumplimiento” (5,17; ver 7,12; 11,13; 22,40), ahora dialoga con los representantes de la Ley y los Profetas: el misterio Pascual es el cumplimiento anunciado y Moisés y Elías son sus testigos. Jesús es presentado en el evangelio de Mateo como el “nuevo Moisés” que viene a establecer la Nueva Alianza. Jesús es la plena realización del acontecimiento del éxodo, cuando Moisés llega a lo alto del Sinaí. Allí el Señor se le aproximó “en la oscuridad de una nube” (Exodo 19,9). El rostro resplandeciente es semejante al de Moisés después del contacto con el Señor.

La reacción de Pedro (17,4). “Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: ‘Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’”. Pedro llama a Jesús: “Señor”, un título muy usado por los discípulos para llamar a Jesús en el evangelio de Mateo. El de Pedro es un grito de oración, un clamor. De esta forma expresa el gozo indecible que proviene de la contemplación de la gloria. Enseguida propone construir tres tiendas. La idea de construirlas es de por sí insensata, pero Mateo no la ve así. Más bien capta el deseo de Pedro de retener el instante, de permanecer ya en lo definitivo, en aquello que por medio de la visión se hizo accesible a los ojos humanos.

Un acontecimiento para abrir los oídos (17,5). “Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: ‘Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle’”. La aparición de la “nube luminosa” indica la presencia de Dios. Es claro que estamos dentro del universo simbólico de la Biblia. En la peregrinación en el desierto que hizo la generación de Moisés, la “nube” acompañaba al pueblo. Cuando llegamos al momento culminante del libro del Éxodo vemos cómo la “nube” se posaba sobre la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenaba la morada (Éxodo 40,35). Para los tiempos definitivos, con la llegada del Mesías, se esperaba un acontecimiento de este tipo: “El Señor entonces mostrará todo esto; y aparecerá la gloria del Señor y la Nube, como se mostraba en tiempo de Moisés…” (2 Macabeos 2,8). La voz de la nube constituye el punto culminante de la escena. Mateo ha puesto en perfecto paralelo la voz de la nube en la transfiguración y con la de 3,17: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. El trasfondo probable es Isaías 42,1. Ya había aparecido antes en 12,15-16, donde remitiéndose al primer cántico del Siervo de Yahvé se describía la imagen del Mesías, donde el rasgo más marcado era el del Mesías manso. Un “Siervo de Yahvé”.

¡Escuchadle! Jesús, en cuanto Hijo de Dios, le trae al mundo la salvación definitiva que se hace visible en su transfiguración y comunión con los personajes celestiales. Por eso se le debe escuchar: Él es la plenitud de lo que “dicen” la Ley y los Profetas.

Reacción de los discípulos (17,6-7). Como reacción, los tres discípulos caen rostro en tierra –un gesto de adoración- y sienten un gran miedo. El “miedo”, en realidad “temor religioso”, es la conciencia de estar ante alguien muy grande. Enseguida se siente la distancia que tenemos con Dios, reconocemos quién es Él y quiénes somos nosotros en su presencia. Quien ha tenido una visión cae como atontado, como muerto. Así sucede, por ejemplo, en Daniel 8,17: “Él se acercó al lugar donde yo estaba y, cuando llegó, me aterroricé y caí de bruces… Mientras él me hablaba, yo me desvanecí, rostro en tierra. Él me tocó y me hizo incorporarme donde estaba”. Para volver en sí los discípulos tienen necesidad de la ayuda de otro. En este caso, de Jesús. En la conversación final que se da mientras Jesús y los discípulos descienden de la montaña, la transfiguración de Jesús es interpretada. La orden de callar sobre la visión hasta la resurrección del Hijo del hombre nos da la pista: En la visión a los discípulos se les concedió ver anticipadamente al Jesús perfecto, resucitado. Cuando llegue la Pascua los discípulos vivirán plenamente este acontecimiento. Lo que sucede en Jesús se realizará también en ellos.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM 

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