EN EL CAMINO DE EMAÚS:
Un itinerario de fe pascual que transforma el corazón
Lucas 24, 13-35
Dos discípulos, bajo el escándalo de la Cruz, toman distancia de Jerusalén y de la comunidad (24,13-27). El evangelista sitúa a los discípulos inmediatamente en el escenario del camino: “iban… a un pueblo llamado Emaús” (24,13). La distancia no es excesiva, se encuentra en los alrededores de Jerusalén. La primera imagen que aparece es la de cómo a lo largo del camino los dos discípulos llevan como tema de conversación la suerte de Jesús: “Conversaban y discutían entre sí sobre todo lo que había pasado” (24,14).
La actitud ante la Cruz. Su lectura de los acontecimientos en principio es negativa. Tres detalles nos permiten ver su estado de ánimo: (a) “Conversaban y discutían” (24,15ª), donde el término “discutir” describe un debate acalorado entre ellos; (b) “Pararon con aire entristecido” (24,17): la tristeza se les notaba en el rostro; (c) Su primera reacción poco amable ante la pregunta de Jesús: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?” (24,20b). Es de tan vital importancia el asunto para ellos que les parece extraño que haya alguno que aparentemente no lo sepa. Lo que reiterativamente hablan entre sí se lo repetirán al viajero que se ha unido a ellos, siguiendo su mismo paso, pero sin revelar su identidad (24,15). La mirada todavía fija en una Cruz que no logran comprender no les permite captar al Resucitado (24,16). Ellos están viendo la Cruz desde su lado oscuro. De hecho, ellos siguen viendo la pasión de Jesús desde su perspectiva, es decir, a partir de sus expectativas desilusionadas.
una lectura retrospectiva de los hechos (24,19-24). Con todo, no consiguen sacarse de la cabeza lo que les ha pasado en los días anteriores. La pregunta de Jesús los lleva a exteriorizar todo: hacen una síntesis del tiempo transcurrido, de las experiencias compartidas con Él, de las esperanzas puestas en Él. Lo habían conocido como un gran “profeta poderoso en obras y palabras” (24,19), como aquel que podía guiarlos y ayudarlos. Es decir, lo habían visto como un Mesías que habría liberado a Israel de todos los enemigos y había establecido abiertamente y definitivamente el Reino de Dios: “Nosotros esperábamos que sería quien iba a librar a Israel…” (24,21). En cambio Jesús, después de ser juzgado por las autoridades, fue crucificado (24,20). En pocas palabras, esta mirada retrospectiva refiere la historia de una gran esperanza y de una desilusión aún mayor que se concentra en estos dos hechos: (1) Jesús murió en una cruz, y (2) ya no es posible verlo en ninguna parte. La muerte de Jesús en la cruz y su aparente ausencia permanecen para siempre como piedra de escándalo.
una nueva luz sobre la Cruz presentada por Jesús (24,25-27). Ahora Jesús toma la palabra. Él les presenta su punto de vista apoyándose en una lectura de las Escrituras. Para ello primero los sacude para que dejen de lado la dureza de corazón y se abran a la manera como Dios se revela generosamente en la Escritura. Enseguida el Resucitado en persona los introduce a la comprensión de su camino que ellos vieron terminar en la Cruz. Les hace entender que la Cruz hay que verla desde la lógica salvífica de Dios revelada en las Escrituras: “Empezando por Moisés y continuando por todos los profetas” (26,26). A la luz de los sufrientes servidores de los propósitos salvíficos de Dios en la historia de Israel, se comprende que su muerte en una cruz no es un fracaso, sino la expresión de su fidelidad incondicionada hacia Dios. De consecuencia, su camino no termina con la muerte, sino que a través de ella Él “entra en la gloria”, en la comunión eterna con Dios (25,26). Jesús es verdaderamente el “Mesías” (el “Cristo”), y lo es precisamente en cuanto Crucificado. Por medio de Él, que ha renunciado a todo, incluso a su vida, y se ha atenido únicamente a la voluntad del Padre, se manifiesta la plenitud de la potencia de Dios, que les ha hecho el don de la vida eterna. El camino del sufrimiento muestra que Él no es el Mesías del reino y del bienestar terreno. Su perspectiva es más profunda: por medio de él la potencia de Dios le da plenitud de vida más allá de la muerte, en la comunión eterna y gloriosa con Él.
La cena en Emaús: el momento cumbre del proceso de desvelamiento del sentido de la Cruz (24,28-32). Hasta ahora Jesús siempre ha tomado la iniciativa, cuando están cerca de su lugar de destino Él deja que sean los dos discípulos los que le pidan que se quede con ellos. Por eso “hizo las veces de quien sigue adelante” (24,28). Jesús no quiere imponerles nada; su presencia y su cercanía deben ser solicitadas. A la hora comer juntos, Jesús ocupa el lugar de la presidencia en la mesa y hace el rito de partir el pan: “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando” (24,30). La repetición de los gestos de la última cena (22,19), asociados con el contexto mesiánico en el que los hizo cuando la multiplicación de los panes y los peces (9,16), revelan el sentido positivo de la Pasión: la “entrega por” los demás. Entonces lo reconocen (“entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”, 24,31), pero Él desaparece de su presencia, porque ya logró su finalidad. ¡Los dos discípulos lo han visto personalmente y saben que está vivo! Saben que el Resucitado les explicó su destino de sufrimiento y las Escrituras. También saben que su camino es querido por Dios, y conduce a la vida. Saben que en la cena los ha atraído de nuevo a la comunión con Él. El camino del Crucificado –ahora visto de manera completa- les ha permitido ver al Resucitado. Y al mismo tiempo, el Resucitado les ha permitido ver el sentido del Crucificado. Si la relación de los discípulos con Jesús se caracterizó hasta su muerte, por su presencia visible, ahora comprenden que el Resucitado ya no estará presente de manera visible junto a ellos pero que esto no quiere decir que no esté. Caminando junto con ellos, el mismo Jesús los introdujo en una nueva forma de comunión con Él, caracterizada por la certeza de su vida perfectamente realizada: “¡El Señor ha resucitado verdaderamente!”. El resucitado ha desaparecido de la percepción de sus ojos físicos, pero permanece junto a ellos a través de la lectura comprensiva de las Escrituras, de lo cual les hizo su don, y de la “Fracción del Pan”. Por medio de esta mediación no sólo tienen acceso a la persona de Jesús sino al sentido de vida y de su misión entera: ese paradójico camino querido por Dios.
El camino de regreso: el gozoso anuncio del mensaje pascual (24,33-35). Los discípulos de Emaús vuelven a la comunidad que habían abandonado como portadores del mensaje pascual. Lo vivido en el camino los llevó a ver con nuevos ojos lo que había pasado en el camino precedente con el Maestro hasta el momento de la Cruz. Ahora, después del encuentro en el camino y en la mesa, son capaces de mirar el camino que sigue a continuación: la gozosa comunicación del mensaje pascual. En el coloquio sobre el camino de Jesús se engloba también la visión de nuestro destino de hombres mortales. Con el anuncio pascual se presenta de manera gozosa la finalidad del camino de Jesús y de nuestro camino como hombres. Esto quiere decir que recorriendo este mismo camino, iluminando cada paso con la luz de la Palabra –comprendida desde el camino mesiánico de Jesús- y haciéndolo expresión de una entrega generosa a la manera del Crucificado, también nosotros compartiremos su destino de “gloria”. El Resucitado sigue insertándose en el camino de cada persona. El mensaje pascual anunciado de esta manera tan original, como un camino que transforma, nos permite comprender cómo el camino de Jesús en el evangelio y su prolongación en el día de Pascua resplandece como el fin de todos los caminos de Dios. El camino de Jesús se hace luz para todos nuestros caminos.







