CATEQUESIS SOBRE LA ORACIÓN (III):
La oración que verdaderamente transforma
Por ser parábola esta no es una “historia verdadera” sino una “historia que dice algo verdadero”. Para ayudarnos a comprender cuál es la actitud “justa” del hombre con Dios, Jesús propone dos ejemplos contradictorios: el de un fariseo y el de un cobrador de impuestos.
Comienza el pasaje con la anotación: “(Jesús) dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola” (18,9). Esta introducción anticipa el objetivo primario de la parábola: expresar un juicio sobre aquellos que se presentan ante el Señor con la equivocada convicción de que son “justos”, o sea, de que están perfectamente sintonizados con la voluntad de Dios por el simple hecho de poner en práctica las normas legales y cultuales, al mismo tiempo que desprecian a los demás. La línea que demarcaba una clara división entre los fariseos y los demás era el conocimiento de la Ley. Su actitud orgullosa se basaba en el poder que les daba el conocimiento: “Yo conozco; tú eres un ignorante”, “Yo soy justo; eres pecador”, “Yo tengo valor ante Dios y los demás; tú eres un pobre tonto”.
La parábola del fariseo y el publicano (18,10-13). A aquellos que “se tenían por justos y despreciaban a los demás” Jesús les propone una parábola que pone en el escenario, en el Templo (ante la presencia de Dios, que es quien determina quién tiene valor ante él y quién no), a dos personajes que representan las posturas extremas en torno al conocimiento y cumplimiento de las normas divinas: un fariseo y un publicano.
La oración del fariseo (18,11-12). La sola denominación “fariseo” ya es diciente, significa “separado”: Así se diferenciaban de los otros grupos judíos de su época: los saduceos, zelotas, esenios.
Se caracterizaban por una estricta disciplina espiritual que los llevaba a tomar distancia de los otros que no seguían las normas al pie de la letra. Consideraban estar a una buena distancia física y espiritual de los “pecadores” y de todo aquello que pudiera “contaminarlos”. Para cumplir la voluntad de Dios en sus detalles mínimos los fariseos le daban mucha atención a las obras externas. Éstas eran tantas que terminaban descuidando la actitud interna que debía acompañarlas. Terminaban poniendo su confianza, como dirá Pablo, en las “obras de la Ley”, logrando así una “justicia” –la actitud correcta que una persona debe adoptar ante Dios- por las obras, es decir, por mérito propio. La rigidez externa que descuida la actitud interna será duramente combatida en diversos pasajes de los evangelios y es uno de los motivos por los cuales el movimiento fariseo no parece ser muy apreciado.
¿Cómo ora el fariseo? Después de invocar a Dios (¡Oh Dios!) entona una acción de gracias que se apoya en un doble listado: lo que no hace (18,11c) y lo que sí hace (18,12). La frase “no soy como los demás hombres” aparece como el núcleo de la alabanza, de allí proviene su “hacer” distintivo:– Lo que “no” hace: (a) Robar, (b) Cometer injusticias, (c) Cometer adulterios.– Lo que “sí” hace: (a) Ayunar dos veces por semana, (b) Pagar el diezmo de todas las ganancias. Hacer oración declarando la propia inocencia no es extraño para quien conoce el mundo de los Salmos, por ejemplo: “Odio la asamblea de los malhechores / y al lado de los impíos no me siento. / Mis manos lavo en la inocencia / y ando en torno a tu altar, Yahvé” (Salmo 26,5-6). Este estilo de oración encaja bien para un piadoso ilustrado, ya que un estudioso de la Ley evita el contacto con la gente mala: “ni en la senda de los pecadores se detiene, / ni en el bando de los burlones se sienta” (Salmo 1,1). Llama la atención que el fariseo que se autoconsidera diferente de todo el mundo, al final enfatice: “Ni tampoco como este publicano”. Así el catálogo de vicios que son extraños a su vida se corona con algo peor de lo que se ha librado: ser “publicano”. Si ya es reprochable orar agradeciendo “no ser cómo los demás hombres”, mucho más lo es el agradecer comparándose directamente con quien tiene a su lado. Aquí se le va la mano al fariseo puesto que los Salmos no oran así. Su “piedad” cae en la vanidad que desprecia. El fariseo aparece aquí como la típica persona que pregona a los cuatro vientos lo que hace, esperando el reconocimiento y la felicitación.
La oración del publicano (18,13). También aquí cuando decimos “publicano”, tenemos que hacer una precisión: no es el típico de su grupo. Aquí no es el típico “pecador” sino el “típico” convertido que vuelve a la casa del Padre (ver Lc 15,1-2). Se trata de personas consideradas despreciables por su empleo al servicio del dominador romano. La manera de ganarse el cargo suponía procedimientos oscuros: era un puesto que se compraba. Por eso se veían obligados a compensar su inversión exigiendo más de lo establecido. De ahí que se ganaran correctamente el título de “pecadores” (contrarios al querer del Dios de la Alianza y la fraternidad: lejos de Dios y de sus hermanos).
El “publicano” era marginado, mediante actos de desprecio, de la vida social hebrea y sólo era readmitido cuando cumplía los requisitos. Las posibilidades de que esto sucediera eran muy pocas. El común de la gente ya estaba habituada a pensar que no había que esperar la conversión de una persona así, porque para ser readmitido plenamente en la comunidad de fe (1) tenía que renunciar al cargo y (2) pagarle el 20% de intereses a todas las personas que hubiera defraudado. Con esas condiciones era prácticamente impensable la posibilidad de la conversión.
¿Cómo ora el publicano? El “publicano” llega en desventaja ante Dios ya que el fariseo lo acaba de acusar explícitamente. Pero él acude ante Dios con una actitud diametralmente opuesta a la del fariseo: (1) Ora “manteniéndose a distancia” y “sin levantar los ojos”. El punto focal en el Templo es el “Santo de los Santos”, la “morada” del Señor. Con relación a éste el publicano se mantiene a distancia como un reconocimiento de su indignidad. No se siente con “derechos” ante Dios y expresa físicamente su real distanciamiento moral del Dios de la Alianza. “Levantar los ojos” en la oración significa “confianza” en Dios. Éste en cambio “no se atreve” a hacerlo: siente vergüenza de su vida pasada. (2) Ora “golpeándose el pecho”. Se trata de un gesto de arrepentimiento que es común en varias religiones. Este gesto era muy apreciado dentro los rituales hebreos. El gesto entraña tristeza y firme voluntad de querer cambiar el corazón: El corazón “duro”, allí donde nacen los pensamientos y las acciones malas, quiere ser sometido a la docilidad a Dios. De esta manera el publicano admite públicamente (aunque no le interesa ser visto, como se vio anteriormente) que ha cometido un pecado grave. Su gesto físico –con su doble significación- muestra que el arrepentimiento es verdadero. (3) Ora “diciendo…”. El gesto va acompañado de una sola frase que consta de tres partes: (a) La invocación, que es idéntica a la del fariseo (¡oh Dios!); (b) la súplica “Ten compasión de mí”, que retoma la primera línea del Salmo “Miserere” (51,3); y (c) el reconocimiento “soy pecador” (que es mucho más profundo que el “pues mi delito yo lo reconozco” del Salmo 51,5). El orante no dice cuál es su pecado: todo él se presenta como pecador. El Dios que sondea los corazones (Salmo 139,1) sabe de qué se trata. A diferencia del fariseo, este orante no trae nada entre sus manos para apoyarse en la relación con Dios. No trae ninguna obra buena, excepto su arrepentimiento.
La aplicación de la parábola (18,14). Finalmente Jesús mismo se da la palabra para declarar cuál es la visión de Dios sobre los comportamientos analizados en la parábola: ¡Una conclusión sorprendente! Jesús pone de relieve que en la parábola había un tercer personaje quien, además, es el personaje central: Dios mismo. Es a Él a quien se le han dirigido las oraciones y es él quien las responde o las rechaza. Jesús interpreta la respuesta del Padre, a quien él conoce como ningún otro, y nos dice qué recibirá tanto al fariseo como al publicano: el Padre justificará a quien pide ser justificado y no podrá hacer nada por quien se justifica a sí mismo. La justicia de Dios es para quien se hace digno de ella abriéndose a su misericordia. Un principio general queda en la mente del lector de la parábola: “Porque todo el que se ensalce, será humillado, y el que se humille, será ensalzado” (18,14b). Se quiere decir que delante de Dios el hombre no puede vanagloriarse de nada y que, de hecho, no está en condiciones de hacerlo (ver Isaías 40,5). El ser reconocidos como “agradables” y “dignos” en la presencia de Dios es algo que le compete a él y no a nosotros. Por tanto en lugar de gloriarnos de las buenas obras lo que hay que hacer es presentarse ante Dios para dejarlo ser nuestro Dios: aquél que toma el barro de nuestra vida y lo moldea formando en nosotros el hombre nuevo. Es así como Dios “ensalza” a su humanidad.







