Itinerario de conversión (III): El perdón de la pecadora y el pecado de los acusadores. Juan 8,1-11
El juicio público de la adúltera (8,3-9). “Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio” (v.3). Parece ser que el hecho es indudable. Al respecto la Ley es muy clara: “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera” (Levítico 20,10). El planteamiento Jesús es abordado como Maestro que debe dar el veredicto. Los acusadores (1) le presentan a Jesús el hecho (v.4); (2) le recuerdan la norma de la Ley : “Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres”; (3) le piden el veredicto : “¿Tú que dices?”. Jesús es colocado entre la espada y la pared, en principio no le queda más alternativa que asociarse a la praxis de sus adversarios y responder pidiendo la pena de muerte de la mujer. De no hacerlo daría suficientes motivos para ser señalado de actuar contra la Ley de Dios.
La respuesta de Jesús. Jesús responde con un gesto y con una frase. (1) El gesto silencioso: “Inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra”. Jesús no se precipita para dar el veredicto, se toma un tiempo. Quizás esto sea lo más importante puesto que lo hace dos veces, enmarcando la única frase que pronuncia. Su primera respuesta es el silencio, un silencio que invita a todos a la reflexión. Jesús se comporta como si estuviera completamente solo, concentrado en su juego de hacer garabatos en la tierra. Este gesto podría ser interpretado (1) como una indicación de la calma y la seguridad que Jesús tiene; (2) como una manera de cansar e irritar a sus enemigos; (3) como un gesto simbólico. Muchos han explorado la tercera posibilidad, una de las más interesantes es la que ve allí la referencia de Jeremías 17,13: “Los que se apartan de ti, en la tierra serán escritos, por haber abandonado el manantial de aguas vivas, Yahveh”. De ser así, ¿Jesús le estaría recordando a sus adversarios que son infieles a Dios y merecen ser escritos en el polvo y extinguidos? De cualquier forma, ellos pierden la paciencia y presionan a Jesús para que les de una respuesta. (2) Jesús se levanta y les dice la siguiente frase: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (v.7) Por fin Jesús los toma en cuenta y se dirige directamente a sus adversarios citando de forma adaptada la norma de Deuteronomio 17,7. Con sus palabras, les hace caer en cuenta de un tercer elemento que no han tenido en cuenta: ellos (1) apuntaron el delito, (2) lo confrontaron con la Ley, -y todo con arrogancia y una gran seguridad de sí mismos-; pero (3) no han tenido en cuenta sus propios pecados. Ellos no pueden presentarse como si no tuvieran ninguna falta y por eso también necesitan de la paciencia, de la misericordia y del perdón de Dios.
El perdón de Jesús (8,10-11). Jesús se levanta y se percata de que no quedan sino la mujer y él. Hasta el momento Jesús se ha dedicado a los acusadores, ahora se dirige a la mujer acusada. Este grandioso momento final gira en torno a un diálogo delicado y concreto entre los dos. Jesús hace dos preguntas y dos afirmaciones: Las dos preguntas aclaran la nueva situación: (1) los acusadores ya no están y (2) ninguno ha condenado a la mujer (v.10). En las dos afirmaciones Jesús plantea su propia posición: (1) tampoco él la condena a la pena de muerte y (2) la despide (“vete…”) exhortándola a comenzar una nueva vida (“… y no peques más”, v.11). En otras palabras: una absolución y el encargo de una nueva tarea. Interesante esta postura de Jesús: no le aprueba el pecado pero tampoco se lo relativiza como si no hubiera pasado nada. Jesús le habla enérgicamente pidiéndole que se abstenga del comportamiento que la apartó de la voluntad de Dios y la expuso a la muerte. En fin… Tanto los acusadores como la mujer acusada experimentaron la misericordia de Dios. Los acusadores comprendieron que quien acostumbra levantar el dedo para señalar el pecado de otros es una persona que también necesita de la misericordia de Dios y que por eso no debían actuar con presunción y sin misericordia con el prójimo. Por otra parte, la misericordia de Jesús le salvó la vida a la mujer de dos maneras: de la pena de muerte que le querían aplicar sus violentos acusadores y también de arruinar el resto de su vida, al ofrecerle el perdón de Dios que da fuerza interna para no volver a pecar.







