EXIGIR DESDE EL TESTIMONIO NO TANTO DESDE LA AUTORIDAD

Como sacerdotes, Cristo nos ha dejado al frente de su pueblo como pastores con una misión muy concreta: llevar las ovejas por el camino del conocimiento, amor y servicio de Dios a través de la enseñanza de la Palabra divina; brindarles continuamente el auxilio divino para que hagan frente con espíritu cristiano a sus responsabilidades y luchas; estimularles y edificarles con el propio testimonio, para que caminen con mayor solicitud por la senda de la imitación de Cristo. 

Ahora, para la realización de esta misión tan exigente, el mismo Cristo nos revistió de su autoridad y sus poderes. Pero es necesario que estemos revisando permanentemente la forma en que ejercemos esta autoridad recibida de Cristo en el sacramento del Orden. Cómo es lógico, nuestro ministerio en favor de los fieles, para que sea eficaz y fructífero debe moverse entre dos coordenadas: la paciencia y la exigencia. Cada persona es única, lleva su propio ritmo de crecimiento y vive circunstancias particulares, lo cual nos exige, no solo mirar por el rebaño de manera general, sino, y  en la medida de las posibilidades, acompañar a cada persona en particular. Ante todo practicar siempre con los fieles una paternidad espiritual que acoge con respeto, que se interesa sinceramente de las necesidades de cada uno, y que procura hacer todo el bien que puede. Debemos tener cuidado de no dar la impresión o ejercer la autoridad como autoritarismo, es decir, como quienes buscan imponer su voluntad a toda costa sin dar participación a los fieles en las decisiones. También sería lamentable que ejercieramos una autoridad de tinte clericalista, dando la impresión de que pertenecemos a una élite que se debe servir.

Es importante también que los fieles nos vean y sientan como hermanos de camino. Esto implica que la autoridad no se base solo en un título jurídico que ostentamos, sino en una experiencia real y profunda de Cristo que manifieste un estilo de vida cálido, hermoso, atrayente, realmente digno de la persona humana. También implica involucrarnos realmente en la vida de las personas y de las comunidades, compartir sus necesidades, sus problemas, sus anhelos, sus esperanzas, sus alegrías.

A lo largo de la vida de la Iglesia son muchos los modelos de santidad sacerdotal que se nos proponen. Pastores de almas de los cuales podemos tomar múltiples enseñanzas. De todos ellos comprendemos, ante todo, que el sacerdocio es un tesoro, porque se trata de hacer presente a Cristo en el mundo. Que no hay pérdida en vivir un sacerdocio como Cristo lo vivió, en vivir una autoridad caracterizada enteramente por el servicio generoso y desinteresado. Todas las formas de ser sacerdote deben proceder de este gran caudal que es el Sacerdocio de Cristo.

Cuentan que un sacerdote llegó por primera vez a una comunidad de párroco y contaba con un vicario ya de edad. El recién llegado con la autoridad que le daba el ser párroco empezó a corregir algunas personas de la parroquia y en algunos momentos con cierta dureza. El vicario, curtido por la experiencia, pero también maduro en la caridad le dijo con respeto a aquel párroco: “usted no puede aún corregir a los fieles, por que aún no los ama”. Las cosas que se hacen a golpe de autoridad a la larga no funcionan o funcionan mal. Antes de ejercer la autoridad hay que conocer las personas, entregarse, sembrar, acompañar, amar de verdad.

P. José Humberto

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