- La imagen de la viña para referirse al pueblo de Israel es muy significativa, porque el vino es el signo de la alegría. Esto nos permite entender, por un lado, que Dios quería encontrar alegría y dulzura en el pueblo de Israel, viéndolos obrar la justicia según sus mandamientos. Sin embargo, lo que Dios ha encontrado en su pueblo son “agrazones”, es decir, un pueblo que no maduró en la relación con Dios, por el contrario se alejó de Él, obrando la injusticia, por eso a producido para Dios amargura y tristeza (Is 5,1-7).
- Pablo invita a apreciar todo lo que en el mundo eleva al ser humano a una mayor dignidad: lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro, lo amable, lo laudable, todo lo que es virtud o mérito. Pero luego, sin caer en vanagloria, dice que pongan en práctica su ejemplo, que podemos resumir sencillamente en: obrarlo todo por amor a Cristo, imitar a Cristo. He aquí lo que da el verdadero valor a las obras y a la vida de los hombres (Flp 4,6-9).
- El nuevo pueblo de Dios es la Iglesia Católica. Esta lectura nos invita a pensar si estamos produciendo los frutos que Dios espera de nosotros, pues no queremos terminar como el antiguo pueblo de Dios, privado del don de Dios. Y el fruto que Dios espera de nosotros es que acojamos verdaderamente a Cristo como el Salvador, el Mesías, El Señor; y que le sigamos como el guía definitivo de nuestras vidas (Mt 21,33-43).
- En cada Eucaristía podemos experimentar aquello de ser la viña del Señor. El siembra en nosotros la verdad; el poda en nosotros todo lo que desdice de nuestra dignidad de Hijos de Dios; recoge de nosotros el fruto de nuestra alabanza, adoración y acción de gracias; nos cuida y riega con su gracia; pone labradores para nuestro cuidado…







