Nació el 27 de julio de 1848 en Nápoles, Italia, en el seno de una familia cristiana. Desde joven manifestó una profunda sensibilidad hacia las personas necesitadas, especialmente aquellas que vivían marginadas por la sociedad.
Mientras estudiaba filosofía y teología, comenzó a dedicar tiempo a la educación y asistencia de las personas sordas, quienes en aquella época tenían pocas oportunidades de formación y acompañamiento.
Fue ordenado sacerdote el 23 de septiembre de 1871. Desde el comienzo de su ministerio se distinguió por su dedicación a la catequesis, la atención a los enfermos y la visita a quienes vivían solos o en situación de abandono. Durante una epidemia contrajo una enfermedad grave, de la que se recuperó; atribuyó su curación a la intercesión de la Virgen del Rosario de Pompeya, cuya devoción conservó durante toda su vida.
Apóstol de las personas sordas
Aunque llegó a considerar la posibilidad de marcharse como misionero a tierras lejanas, su confesor le ayudó a comprender que su misión estaba entre las personas sordas de su propia tierra. Desde entonces, se entregó con especial dedicación a su educación humana, cristiana y espiritual.
El 25 de marzo de 1885 se trasladó a Lecce, donde fundó un instituto para personas sordas con la colaboración del sacerdote Lorenzo Apicella y de varias mujeres que había preparado para esta tarea. Su obra creció y se extendió a otras ciudades italianas. Posteriormente, amplió la atención a personas ciegas, huérfanos y niños abandonados.
Fundador de una congregación religiosa
Para dar continuidad a su misión, fundó la Congregación de las Hermanas Salesianas de los Sagrados Corazones, dedicada a la educación, evangelización y asistencia de personas sordas y de otros grupos vulnerables. En 1897 impulsó la apertura de nuevas instituciones en Roma y Bari.
Además de su trabajo educativo, fue confesor y director espiritual de sacerdotes, seminaristas y comunidades religiosas. Promovió la adoración eucarística y la formación espiritual, convencido de que el amor a Cristo debía traducirse en un servicio concreto a quienes más lo necesitaban.
Últimos años y canonización
San Felipe continuó su labor a pesar de las dificultades económicas, los conflictos institucionales y los problemas de salud. Falleció en Lecce el 4 de junio de 1923, a los 74 años, acompañado por las religiosas de su congregación y por muchas de las personas a quienes había servido paternalmente.
El papa Juan Pablo II lo beatificó el 12 de mayo de 1996. Finalmente, el papa Benedicto XVI lo canonizó el 15 de octubre de 2006, reconociendo su testimonio de caridad y su entrega a las personas sordas, ciegas y pobres.
Legado espiritual
San Felipe Smaldone enseñó con su vida que ninguna persona debe ser considerada menos digna por su discapacidad o condición social. Su espiritualidad unió la adoración eucarística con el servicio a los más olvidados.
Una de sus enseñanzas más conocidas expresa el centro de su misión: así como nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento, debemos inclinarnos ante la persona sorda, reconociendo en ella la dignidad y la presencia de Dios.
Su ejemplo sigue invitando a la Iglesia a superar las barreras de comunicación, promover una educación inclusiva y hacer de la caridad una expresión concreta de la fe.







