- San Juan describe una liturgia celestial en la que los bienaventurados cantan la victoria definitiva de Dios y de su Cristo sobre todo poder e imperio, y los ángeles responden con un solemne Amén. Ese “así es”, eterno y definitivo, al cual nos unimos ya desde ahora en la liturgia terrena, en esperanza (Ap 7,2-4.9-14).
- En que se han manifestado los hijos de Dios. En la aceptación de Cristo como el Mesías y en la imitación de sus virtudes. Si el mundo no conoce a los cristianos como hijos de Dios, es porque tampoco ha conocido a Cristo ni reconocido su condición divina. La esperanza cristiana está en la parusía, cuando Cristo se manifieste y seamos transformados por Él (1Jn 3,1-3).
- En este Evangelio, Jesús invita a todos sus discípulos a adoptar actitudes de vida que son propias del Reino de Dios. Actitudes que, asumidas con sentido sobrenatural, llevan a un cambio personal y comunitario. Configurando al discípulo como verdadero hijo de Dios (pobre, manso, sensible, limpio de corazón, fiel al maestro) y la comunidad como auténtica familia de Dios (en justicia, misericordia y paz) (Mt 5,1-12a).
- En cada Eucaristía, a través de la Palabra, podemos encontrar como las Bienaventuranzas se van manifestando de diferentes maneras en la vida, las palabras y el accionar de Jesucristo, el Señor. Por eso, los discípulos debemos estar atentos, para ir descubriendo en esta manifestación de las Bienaventuranzas el camino más seguro del seguimiento del Maestro.
- CEC 61, 946-962, 1090, 1137-1139, 1370: la Iglesia, comunión de los santos; CEC 956, 2683: la intercesión de los santos; CEC 828, 867, 1173, 2030, 2683-2684: los santos, ejemplos de santidad.







