La solemnidad de Todos los Santos nos invita a levantar la mirada hacia quienes alcanzaron la plenitud del encuentro con Dios, pero también a examinar con sinceridad el camino que nosotros estamos recorriendo. Los santos no son figuras lejanas, encerradas en imágenes y biografías admirables; son hombres y mujeres que, en circunstancias concretas, dejaron que la gracia transformara su manera de vivir y de amar.
Hoy en día, heridos por las guerras, la violencia, la indiferencia ante los pobres y la polarización, necesitamos algo más que discursos sobre el bien. Necesitamos personas capaces de vivirlo. También nuestras comunidades esperan sacerdotes que no se limiten a predicar la misericordia, sino que sepan escuchar sin prejuicios, corregir sin humillar, servir sin buscar reconocimiento y permanecer cerca de quienes ya nadie quiere atender.
El Concilio Vaticano II recuerda que todos los fieles, cualquiera que sea su condición, están llamados a la santidad (Lumen gentium, 39-42). Esta llamada nos alcanza de manera particular a quienes hemos recibido el ministerio ordenado. No basta con celebrar dignamente los sacramentos, organizar actividades pastorales o cumplir puntualmente nuestras obligaciones. Podemos tener la agenda llena y, sin embargo, descuidar la intimidad con el Señor; hablar de caridad y mostrarnos impacientes con nuestros hermanos; acompañar a muchos y no permitir que nadie conozca nuestras propias luchas.
Hermanos, conviene preguntarnos: ¿qué encuentran de Cristo quienes se acercan a nosotros? ¿Nuestra manera de ejercer la autoridad facilita el encuentro con Dios o levanta barreras? ¿Hay algún pobre, enfermo, sacerdote anciano o hermano en dificultad al que hemos dejado de mirar porque ya no cabe en nuestros planes?
La santidad sacerdotal no exige una vida sin fragilidades, sino una existencia que se deja convertir continuamente. Los santos también conocieron la prueba, el cansancio y la incomprensión; su diferencia estuvo en no hacer de esas heridas una excusa para dejar de amar. Por eso, en una sociedad seducida por el prestigio y la apariencia, la fidelidad silenciosa, la fraternidad presbiteral y la entrega cotidiana siguen siendo un testimonio elocuente.
Al celebrar esta solemnidad, no contemplemos a los santos como si su historia estuviera concluida y la nuestra apenas consistiera en admirarlos. Pidámosles que nos ayuden a responder, hoy, a la llamada que también recibimos. Tal vez el primer paso hacia la santidad no sea emprender una obra extraordinaria, sino reconciliarnos con un hermano, visitar a quien espera nuestra presencia o recuperar el tiempo de oración que hemos ido aplazando.
Que un día, al encontrarnos con el Señor, podamos ofrecer no solamente lo que hicimos en su nombre, sino también el corazón con que lo hicimos.
2 DE NOVIEMBRE — CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
La Conmemoración de todos los fieles difuntos nos pone ante una verdad que con frecuencia preferimos aplazar: nuestra vida es limitada y un día también nosotros necesitaremos que otros oren por nosotros. En medio de tantas ocupaciones pastorales, ¿reservamos espacio para pensar en nuestra propia muerte y en la manera como estamos viviendo?
El mundo acumula muertos por las guerras, la violencia, el hambre y las migraciones forzadas. Detrás de cada cifra hay un rostro, una familia que llora y, muchas veces, una despedida que nunca pudo realizarse. También en nuestras comunidades hay personas que cargan en silencio la ausencia de sus seres queridos. Para ellas, la Iglesia no puede ofrecer únicamente ceremonias bien preparadas; debe ser una presencia cercana, capaz de escuchar el dolor sin apresurarse a dar explicaciones.
Hermanos, al celebrar la Eucaristía por nuestros difuntos, no olvidemos que también nosotros hemos perdido personas amadas. ¿Hemos permitido que esas ausencias nos hagan más compasivos? ¿Recordamos en nuestra oración a los sacerdotes que nos acompañaron, a quienes sirvieron fielmente a nuestras comunidades y a aquellos que murieron en soledad? La memoria agradecida también es una forma de caridad.
La fe en la resurrección no elimina las lágrimas, pero impide que la muerte tenga la última palabra. Como enseña el Concilio Vaticano II, el ser humano encuentra en Cristo la luz para comprender el misterio del sufrimiento y de la muerte (Gaudium et spes, 18). Por eso, nuestra predicación debe sostener la esperanza sin minimizar el duelo ni convertir el dolor ajeno en frases piadosas.
Que esta jornada nos ayude, además, a reconciliarnos con quienes todavía caminan a nuestro lado. No esperemos a que alguien muera para reconocer su bondad, agradecer su entrega o pedirle perdón.
Oremos por nuestros difuntos y aprendamos de ellos a vivir con mayor fidelidad. Al final, lo que quedará de nuestro ministerio no será el número de actividades realizadas, sino el amor con que hayamos servido al Señor y a su pueblo.







