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Cardenal Parolin: “Un obispo da la vida por su rebaño y no huye ante los lobos”

En la Basílica de San Pedro, el cardenal secretario de Estado vaticano confirió la ordenación episcopal a monseñor Gian Luca Perici, nombrado nuncio apostólico en Zambia y Malawi el mes pasado por el Papa: la tarea de un prelado es ser un “centinela” que mantiene viva la unidad y la esperanza entre las personas que le han sido confiadas.

 ¿A qué está llamado un obispo? Esta pregunta crucial acompañó la homilía del cardenal Pietro Parolin durante la Santa Misa de ordenación episcopal de monseñor Gian Luca Perici, nombrado nuncio apostólico en dos países africanos, Zambia y Malawi, por el Papa el 5 de junio. El obispo, dijo el Secretario de Estado, está llamado en particular a llevar “la buena noticia a los desdichados”, “a vendar las heridas de los corazones rotos”.

El obispo es un “signo de Cristo”, continuó diciendo el cardenal Parolin, recordando lo que dijo el papa Francisco durante su viaje apostólico a Canadá: “Y precisamente porque somos un signo de Cristo, el apóstol Pedro nos exhorta: apacentad el rebaño, guiadlo, no dejéis que se extravíe mientras vosotros os ocupáis de vuestros asuntos. Cuidadlo con dedicación y ternura”.

El obispo, subrayó el cardenal, es como “un buen centinela” que, escudriñando el horizonte, “advierte a la comunidad de cualquier peligro que se aproxime“. Un buen centinela que indica “en la escucha de la Palabra de Dios, en la oración, en la frecuentación de los sacramentos, en la humildad y en la caridad las armas poderosas con las que superar todo obstáculo y mantener la cohesión fraterna y la esperanza viva”. “Para enseñar con autoridad y sin autoritarismo, para gobernar con firmeza y dulzura al mismo tiempo, para distribuir el pan de vida y toda la eficacia sacramental, el obispo -siguió subrayando el Secretario de Estado- encuentra en Cristo un modelo tan espléndido y elevado que podría, en un primer momento, incluso instalar en él un cierto temor paralizante. Y podría ser así, en efecto, si no se produjera el magnífico encuentro de la acción poderosa y suave del Espíritu Santo -que consagra y fortalece, que consuela y fortifica- con la oración confiada y constante de quien es llamado al episcopado y de toda la Iglesia”.

La mirada hacia el Buen Pastor

Un prelado, observó también el Secretario de Estado vaticano durante su homilía en la Basílica de San Pedro, está llamado a dirigir su mirada hacia “el corazón de Jesús que resplandece de amor infinito”, hacia el Buen Pastor, “dispuesto a dar la vida por las ovejas” y a “no huir ante los lobos”. Al obispo, añadió el cardenal Pietro Parolin, se le exhorta a dirigir toda su atención a “este corazón que brilla e irradia caridad”, a esta “fuente de misericordia” que no rechaza a nadie y ofrece a todos “un anuncio gozoso de la verdadera liberación”. La invitación que el obispo debe acoger es la de “transformar integralmente cada afecto del corazón y transferirlo a Dios”. “Quien fija su mirada en el Señor Crucificado”, explicó entonces el cardenal Parolin, recordando las palabras de san Buenaventura que la Iglesia recuerda hoy, “hace con él la Pascua”. El obispo, dijo el Secretario de Estado vaticano, está llamado “a mostrar la dulzura del yugo de Cristo para quitar de los hombros de las personas a él confiadas el triste yugo del pecado”. 

Hacer llegar la palabra del Papa

Por último, el cardenal Pietro Parolin recordó la tarea específica confiada a monseñor Perici: “la de hacer llegar la palabra del Papa a las Iglesias y a los gobiernos” de los Estados a los que es enviado. Pero también ser “un incansable pacificador en este mundo convulsionado por guerras y conflictos sangrientos” y promover la defensa de los “derechos fundamentales de la persona humana, a menudo amenazados por ideologías que los instrumentalizan y manipulan en nombre de un humanismo que, en verdad, ya no tiene nada de humano”. Y ser “un auténtico puente capaz de presentar a la Iglesia universal las necesidades, los problemas, las esperanzas y los temores de cada una de las Iglesias locales, haciéndoles percibir la solicitud paterna del sucesor del apóstol Pedro”.

Monseñor Perici entró al servicio diplomático de la Santa Sede el 1 de julio de 2001 y prestó servicio en la Nunciatura Apostólica en México, Haití, Malta, Angola, Brasil, Suecia, España y Portugal.

Tomado de RELIGIÓN DIGITAL

 

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