Estamos en una sociedad que nos invita a comprar para sentirnos mejor, renovar lo que todavía sirve y medir el éxito por aquello que podemos mostrar. Mientras tanto, millones de personas carecen de vivienda digna, alimentación suficiente o acceso a servicios básicos. Esta realidad no puede dejarnos indiferentes, pero tampoco basta con denunciarla desde el ambón. Nos corresponde preguntarnos qué lugar ocupa la pobreza evangélica en nuestra propia vida.
El día de nuestra ordenación no prometimos convertirnos en hombres de privilegios, sino en servidores del pueblo de Dios. Sin embargo, con el paso de los años, podemos acostumbrarnos a ciertas comodidades, justificar gastos innecesarios o confundir la dignidad sacerdotal con una buena posición social. No todo bienestar es contrario al Evangelio, ni la pobreza cristiana consiste en despreciar los bienes; el problema comienza cuando estos dejan de ser medios y se convierten en necesidades que terminan gobernándonos.
Hermanos, vale la pena preguntarnos: ¿podría una familia pobre entrar en nuestra casa y sentirse acogida sin experimentar distancia? ¿Conocemos las dificultades económicas de nuestros feligreses más allá de lo que escuchamos en una reunión? ¿Administramos los recursos parroquiales con transparencia y sobriedad? ¿Somos capaces de renunciar a un gasto superfluo para atender una necesidad real?
El papa Francisco recordó que la pobreza de la Iglesia debe manifestarse en una cercanía efectiva con los pobres (Evangelii gaudium, 198). Esta cercanía no se resuelve con ayudas ocasionales. Exige conocer los rostros concretos de la necesidad, revisar nuestras prioridades y procurar que los bienes de la comunidad estén al servicio de la evangelización y de quienes más sufren.
La sencillez sacerdotal también puede ser una oportunidad en este mundo consumista: libera el corazón, hace más creíble nuestra palabra y nos permite compartir sin calcular constantemente lo que perderemos. No se trata de exhibir austeridad ni de juzgar a otros sacerdotes por sus pertenencias, sino de vivir con libertad interior y responsabilidad.
Hermanos, el Evangelio que anunciamos merece verse reflejado en nuestras decisiones cotidianas. Que nadie tenga que preguntarse si amamos más nuestras comodidades que a las personas que Dios nos ha confiado. No olvidemos que nuestra mayor riqueza no está en lo que poseemos, sino en Aquel a quien hemos entregado la vida y en el pueblo al que estamos llamados a servir.







