¿QUIÉN CONDUCE LA PARROQUIA? ENTRE LA CORRESPONSABILIDAD Y EL PROTAGONISMO

Hay expresiones que nacen en la vida cotidiana de nuestras comunidades y que, aunque parezcan inocentes, pueden revelar una realidad pastoral que merece nuestra atención. Una de ellas es “la párroca”. No hablamos aquí de un término canónico —la Iglesia reserva el oficio de párroco al sacerdote—, sino de aquella mujer que, sin tener ese encargo, termina ejerciendo una influencia determinante en la vida de la parroquia.

A veces la expresión se dice con humor. Pero otras veces se utiliza críticamente: “Aquí la que manda es la párroca”. Y cuando esa frase comienza a repetirse, quizá deberíamos dejar de reír y empezar a preguntarnos qué está sucediendo alrededor del altar, en el despacho parroquial y, sobre todo, en nuestro propio modo de ejercer el ministerio.

Porque la pregunta no es solamente quién influye. La pregunta más profunda es: ¿por qué hemos permitido que alguien ocupe un lugar que no le corresponde?

Es cierto que necesitamos la colaboración de los laicos. La Iglesia no concibe la parroquia como una comunidad en la que el sacerdote lo hace todo. El Código de Derecho Canónico afirma expresamente que el párroco ejerce su misión “con la ayuda de fieles laicos”, y la reciente reflexión eclesial sobre la conversión pastoral insiste en que la misión parroquial corresponde a todo el Pueblo de Dios, cada uno según su vocación y responsabilidad.

Por tanto, el problema no es que una mujer tenga iniciativa, capacidad de liderazgo o influencia. Al contrario: cuántas parroquias se sostienen gracias a mujeres generosas, inteligentes, sacrificadas y profundamente creyentes. El problema comienza cuando la colaboración se transforma en sustitución, cuando el servicio se convierte en control y cuando el sacerdote, por comodidad, cansancio, inseguridad o falta de discernimiento, termina entregando a una persona funciones que debería ejercer personalmente.

Y aquí tenemos que mirarnos nosotros.

  • ¿He permitido que alguien decida por mí porque me resulta más fácil que asumir el desgaste de gobernar?
  • ¿He convertido a una colaboradora en una especie de “vicepárroca” porque hace lo que yo no quiero hacer?
  • ¿Estoy formando corresponsabilidad o estoy creando dependencia?

A veces nos quejamos del protagonismo de determinadas personas, pero hemos sido nosotros mismos quienes les hemos concedido ese protagonismo sin poner límites claros. Después nos molesta que opinen sobre todo, que intervengan en todo o que pretendan tener la última palabra. Pero debemos reconocerlo: la autoridad que se abdica también se pierde.

El mundo actual nos exige comunidades más participativas, transparentes y corresponsables. La sinodalidad no significa que todos hagan todo ni que desaparezcan las responsabilidades propias de cada vocación. Significa aprender a caminar juntos, escucharnos y asumir responsablemente aquello que corresponde a cada uno. La Comisión Teológica Internacional recuerda precisamente que una Iglesia sinodal es una Iglesia de participación y corresponsabilidad.

Por eso, hermanos, no tengamos miedo de los laicos; tengamos miedo de no saber acompañarlos.

Una mujer comprometida no necesita ser convertida en “párroca” para reconocer su dignidad y su misión. Necesita que el sacerdote le ayude a descubrir dónde puede servir mejor, que valore sus capacidades, que escuche sus aportes y, cuando sea necesario, que señale con caridad los límites de su responsabilidad.

Y nosotros también necesitamos límites.

Porque hay algo más grave que tener una “párroca”: ser un párroco ausente.

Si no acompañamos a los grupos, otros ocuparán ese espacio.

Si no tomamos decisiones, otros terminarán tomándolas.

Si no escuchamos, otros hablarán en nuestro nombre.

Si no ejercemos nuestra responsabilidad pastoral, alguien inevitablemente intentará hacerlo.

No se trata de recuperar poder. Se trata de recuperar el sentido del servicio que recibimos el día de nuestra ordenación.

La parroquia necesita mujeres y hombres comprometidos, pero necesita también sacerdotes verdaderamente pastores. El documento sobre la conversión pastoral de la parroquia recuerda que el párroco es el pastor propio de la comunidad, dentro de una misión que debe realizarse con la participación de todos.

Quizá hoy el Señor nos está invitando a revisar nuestras relaciones pastorales. No para expulsar a nadie de los espacios de servicio, sino para ordenar, formar y acompañar. No para apagar liderazgos, sino para ponerlos al servicio de la comunión.

Hermanos, preguntémonos con sinceridad:

  • ¿Tengo colaboradores o tengo personas que gobiernan conmigo?
  • ¿He delegado por confianza o por comodidad?
  • ¿Estoy formando laicos maduros o personas que necesitan mi aprobación para todo?

Y una última pregunta, quizá la más incómoda:

Si mañana desapareciera de mi parroquia aquella persona que hoy parece imprescindible, ¿la comunidad seguiría caminando?

Si la respuesta es no, quizá el problema no sea la “párroca”.

Quizá el problema sea que nosotros no hemos sabido ser suficientemente párrocos.

La verdadera corresponsabilidad no consiste en que el sacerdote renuncie a su responsabilidad, ni en que los laicos ocupen espacios que no les corresponden. Consiste en que cada uno pueda ofrecer a Cristo sus dones, desde el lugar que le corresponde, para que la parroquia no gire alrededor de una persona, sino alrededor del Señor.

Y eso, hermanos, también es pastoral: saber dar espacio sin perder el rumbo, confiar sin abdicar y ejercer la autoridad sin dominar.

Compartir

Suscríbete a nuestro boletín

Últmos Articulos