Mateo 16,21-27

LA ESENCIA DEL DISCIPULADO: SEGUIR AL MAESTRO EN SU RUTA PASCUAL HACIA LA “VIDA”

El evangelio de hoy nos pone ante el tema del DISCIPULADO. Pero no para tratar un aspecto más de éste sino su núcleo fundamental: el seguimiento de Jesús reproduciendo en la propia vida el camino de la Cruz que culmina en la Resurrección. El camino del seguimiento en y hacia la verdadera “vida”. El “cara a cara” de Jesús y Pedro lleno de admiración y felices declaraciones que vimos el domingo pasado, se presenta en este domingo desde la otra cara de la moneda: una desagradable discusión entre Pedro y Jesús. El hecho es que Pedro no parece estar dispuesto, en un primer momento, a aceptar que el centro de esta identidad de aquel que confesó como “Mesías e Hijo de Dios”, apunta a la comunión con su destino doloroso en la pasión, muerte y resurrección: el tomar la cruz. Por eso es sorprendente que al mismo a quien Jesús felicitó con la bienaventuranza “Dichoso eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (16,17), en el pasaje siguiente también le diga enérgicamente: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí!” (16,23). La fe confesada con la boca pide recorrer el camino del Mesías, tal como Él lo propone. Con su reacción negativa frente al anuncio de la Cruz, Simón Pedro parece colocarse, de repente, lejos de los pensamientos del Padre Dios. De hecho, una cosa es lo que uno pueda profesar de boca y otra lo que en la práctica resulte haciendo (la práctica). El discipulado implica este “escuchar” y tomarse en serio el anuncio de la Cruz y la Resurrección, en el cual se revela la identidad definitiva del Mesías e Hijo de Dios, y seguir ese mismo itinerario. En medio de la sombra de la Cruz se vislumbra enseguida el misterio de la “vida”.

“¡Escándalo eres para mí!”. El contraste aquí es entre Pedro y Jesús. Pedro es llamado, literalmente, “piedra de tropiezo” (significado del término “escándalo” en griego), esto es, la trampa tendida para hacer caer a Jesús en su camino. Jesús se refiere a él como “tentación” que hace caer y apartar del querer del Padre, o sea, un obstáculo para desviar del camino que conduce la cruz pasando por el Getsemaní y el Gólgota. “¡Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”. El contraste aquí es entre los hombres y Dios. Se explica el “por qué” de lo anterior: “porque tú no concuerdas con los caminos de Dios (que incluyen el sufrimiento y la muerte del Mesías) sino con el punto de vista de los hombres (esperar un Mesías triunfante sin pasar por el dolor)”. La contraposición entre los puntos de vista humanos y divinos muestra que Pedro, en su manera de comportarse, está guiado por intereses egocéntricos. No sólo priman los cálculos humanos sino sus propios intereses. En términos negativos, vemos cómo Jesús coloca a Pedro en la raya, mostrando la distancia de pensamiento que hay entre los dos; por otra parte, en términos positivos, notamos cómo Jesús le hace a Pedro una nueva invitación al seguimiento, cuando éste parece comenzar a decaer, solicitando que aprenda lo que el discipulado implica.

¿Cuál es el “pensamiento de Dios” qué Pedro y los discípulos deben aprender? El verdadero discipulado no se logra fácilmente porque es un “seguimiento” del ejemplo del Maestro Jesús y esto tiene su precio. Es así como comienza una instrucción de Jesús, “a sus discípulos”, sobre la naturaleza del discipulado. La enseñanza tiene tres partes: (1) El “Qué”: Si el Maestro Jesús soporta un camino de sufrimiento y muerte, igualmente los discípulos están llamados a dar sus vidas y cargar la cruz. Se da la motivación fundamental para hacerlo. (2) El “Argumento”: Con dos preguntas retóricas (es decir, que traen implícita la respuesta), una positiva y una negativa, Jesús enseña que hay que “trascender”, que la vida plena no se gana en este mundo sino en el venidero. Aquí se da una contraposición de valores: “ganar el mundo entero” / “ganar la vida”. (3) La “Verificación”: En la confrontación final con Jesús, quien vendrá en su gloria de “Hijo del hombre”, se verá quién ha sido verdadero discípulo a partir de un criterio fundamental: “Su conducta”.

Tenemos una serie de frases que se desprenden de la propuesta fundamental del “negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir” a Jesús. Es difícil que se le pueda pedir algo más alto a un ser humano. Pero lo que se tiene en vista es la “Vida”: nótese cómo en los vv.25 y 26 se repite cuatro veces el término “Vida”. Pareciera que se estuviera hablando en términos negativos, al proponer “tomar la cruz”, sin embargo, todo el énfasis de la enseñanza es positivo: la victoria de la Vida. La responsabilidad del discípulo en el tiempo final: dar cuenta de la “praxis”.

“Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Finalmente, y extendiendo más aún la mirada hacia el futuro, Jesús hace referencia al tiempo final de la venida del Hijo del Hombre: donde se valora la vida como un todo. La valoración está en manos del Hijo del hombre; los ángeles aparecen formando su corte. La expresión “en la gloria de su Padre” indica a Jesús como Hijo de Dios. El “Hijo del hombre”, quien –habiendo pasado por la humillación y el rechazo- culmina su camino triunfante, es, en última instancia, el “Hijo de Dios”; el mismo a quien Pedro –sin captar todas las implicaciones- había confesado como tal un poco antes. Y frente al “Hijo” por excelencia se desvela la verdad de todo hombre. En este momento de revelación final, cada hombre debe responder por su vida. Este es un pensamiento bíblico bien afirmado (ver Salmo 62,13; Proverbios 24,12; Romanos 14,12; 1 Corintios 4,5; 2 Corintios 5,10). Particularmente para el “discípulo” de Jesús es la hora de la verdad de su discipulado. La síntesis del criterio de juicio sobre el obrar humano no es lo que haya dicho o prometido hacer sino su “hacer” real: “Pagará a cada uno según su conducta”. En el Sermón de la montaña, Jesús había dicho: “el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (7,21) y también “por sus frutos los conoceréis” (7,16ª); también en la parábola del rey: “cuanto hicisteis… cuanto dejasteis de hacer” (25,40.45). Esta praxis no está referida solamente a acciones particulares -como pensaban los rabinos- sino al estilo de vida, la vida entendida como unidad.

Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM

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