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MATEO 17,1-9: LA TRANSFIGURACIÓN DE JESÚS: LA GLORIA HACIA LA CUAL NOS LLEVA LA CRUZ

Estamos ante un relato de “manifestación de Jesús” (técnicamente decimos “teofanía”). Ciertamente está relacionado con el acontecimiento de la Cruz que los discípulos sienten resistencia de cargar. El acontecimiento sucede en función de ellos, quienes lo deben interpretar y finalmente ser sus testigos. En la transfiguración Jesús los educa sobre cómo se hace un camino pascual. En Mateo encontramos alusión a tres montes significativos: el de las tentaciones (4,8), el de la transfiguración (17,1) y el del envío de los Once por el mundo entero por parte del Señor resucitado (28,16).

Un acontecimiento para abrir los ojos (17,2-3), “Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él” El cuerpo transfigurado Jesús fue “transfigurado”: un cambio notable se da en su rostro y en sus vestidos. Para ayudar a entrar en el acontecimiento, Mateo acude a los símbolos del sol y de la luz: “como el sol… como la luz”. El sol y la luz son símbolos del cumplimiento, de lo divino, así como la “tiniebla extrema” simboliza la desventura y la lejanía de Dios. Ya desde el principio del evangelio habíamos sido familiarizados: “A los que habitaban en parajes de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (4,16). En el Antiguo Testamento cuando se dice que Dios refleja su presencia a través una persona se acude a esta simbología, como en Jueces 5,31: “Aquellos que lo aman son como el salir del sol con todo su fulgor”. La luz entonces remite a la divinidad, como en Mateo 28,3: “El Ángel del Señor… su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve”.

La aparición de Moisés y Elías. Nos confirma que estamos en el ámbito de la divinidad, porque ambos ya están glorificados. Moisés y Elías representan la antigua Alianza: Moisés representa la Ley y Elías a los Profetas. Frente a ellos está Jesús, quien retoma el valor de estos dos personajes y va más allá de ellos. Toda la antigua Alianza se orienta hacia la revelación definitiva de Dios en Jesús y se rinde ante la Ley definitiva revelada en Él. Jesús no es un legislador más ni es un profeta más, Él es el “Hijo”. Pero Mateo nos da una pista: Jesús, quien ha dicho que no vino “a abolir la Ley y los Profetas” sino “a dar cumplimiento” (5,17; ver 7,12; 11,13; 22,40), ahora dialoga con los representantes de Ley y los Profetas: el misterio Pascual es el cumplimiento anunciado y Moisés y Elías son sus testigos.

La reacción de Pedro (17,4). Pedro llama a Jesús: “Señor”, un título muy usado por los discípulos para llamar a Jesús en el evangelio de Mateo. El de Pedro es un grito de oración, un clamor. De esta forma expresa el gozo indecible que proviene de la contemplación de la gloria. Enseguida propone construir tres tiendas. La idea de construirlas es de por sí insensata, pero Mateo no la ve así. Más bien capta el deseo de Pedro de retener el instante, de permanecer ya en lo definitivo, aquello que por medio de la visión se hizo accesible a los ojos humanos.

Un acontecimiento para abrir los oídos (17,5), La aparición de la “nube luminosa” indica la presencia de Dios. ¡Escuchadle! Jesús, cuanto Hijo de Dios, le trae al mundo la salvación definitiva que se hace visible en su transfiguración y comunión con los personajes celestiales. Por eso se le debe escuchar: Él es la plenitud de lo que “dicen” la Ley y los Profetas…Quien quiera llegar a la meta definitiva de su existencia, quien desee recibir la plenitud del sentido de la vida, debe dirigirse a Él.

Como reacción, los tres discípulos caen rostro en tierra –un gesto de adoración- y sienten un gran miedo. El “miedo”, en realidad “temor religioso”, es conciencia de estar ante alguien muy grande. Enseguida se siente la distancia que tenemos con Dios, reconocemos quién es Él y quiénes somos nosotros en su presencia.

“Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

Quien ha tenido una visión cae como atontado, como muerto. Así sucede, por ejemplo, en Daniel 8,17: “Él se acercó al lugar donde yo estaba y, cuando llegó, me aterroricé y caí de bruces… Mientras él me hablaba, yo me desvanecí, rostro en tierra. Él me tocó y me hizo incorporarme donde estaba”. Para volver en sí los discípulos tienen necesidad de la ayuda de otro. En este caso, de Jesús. En la conversación final que se da mientras Jesús y los discípulos descienden de la montaña, la transfiguración de Jesús es interpretada. La orden de callar sobre la visión hasta la resurrección del Hijo del hombre nos da la pista: En la visión a los discípulos se les concedió ver anticipadamente al Jesús perfecto, resucitado. Cuando llegue la Pascua los discípulos vivirán plenamente este acontecimiento. Lo que sucede en Jesús se realizará también ellos. No perdamos de vista que este “transfigurar” a Jesús, tiene una fuerte dimensión eucarística: nos hacemos uno sólo con Jesús para reflejarle al mundo su gloria. Para esto hay que hacer el camino eucarístico de la Cruz.

P. Fidel Oñoro, cjm – Centro Bíblico del CELAM 

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