El Papa León XIV recibió este jueves en el Palacio Apostólico del Vaticano a un grupo de seminaristas procedentes de dos seminarios italianos a los que agradeció, en nombre de la Iglesia, “el ‘sí’ que han pronunciado y que cada día vuelven a pronunciar”.
“No es fácil ni obvio en el mundo actual, y la Iglesia lo sabe bien”, afirmó en la audiencia que concedió a las delegaciones del Pontificio Seminario Regional Apulo “Pío XI” de Molfetta y el Seminario Interdiocesano de Aversa.
Ambas comunidades celebran este año importantes aniversarios. En Molfetta conmemoran el primer centenario de la nueva sede, promovida por el Papa Pío XI, cuyo nombre lleva el seminario; mientras que en Aversa celebran el tricentenario de la apertura de su sede actual.
Asimismo, León XIV dedicó unas palabras de gratitud a las familias presentes. “Una vocación nunca nace sin un contexto adecuado y, con frecuencia, necesita un hogar, unos padres que recen y que sepan dejar partir a sus hijos. A ustedes, queridas familias, va mi gratitud y la de toda la Iglesia”, señaló.
El Papa puso además de relieve la libertad de Dios, de la que nace toda vocación. “No hay un concurso, no hay una clasificación, ni está escrito que eligiera a los mejores: eligió a los que quiso. En un mundo tan empeñado en celebrar la autorrealización personal, es importante recordar que ninguno de ustedes ni ninguno de nosotros está aquí porque lo haya merecido, sino únicamente por una libre elección de Dios Padre, signo y garantía de un amor gratuito que siempre nos precede y nunca decepciona”, subrayó.
También aseguró que la sola presencia de estas personas con vocación sacerdotal en el seminario constituye un signo de esperanza para toda la Iglesia. Una esperanza que, según explicó, no nace de “un optimismo vago”, sino de la “certeza de que el Señor sigue llamando, en toda época de la historia y en todo lugar”.
“Al contemplar a cada uno de ustedes veo la maravilla de Dios, que nunca se cansa de susurrar al corazón de los jóvenes la belleza de entregar la vida por Él y por la Iglesia”, remarcó.
El Pontífice recordó asimismo que toda vocación nace de un diálogo íntimo con Dios, cultivado en el silencio y la oración. En este sentido, defendió la vigencia del seminario como lugar de formación.
“En un mundo apresurado que mira con sospecha cualquier pausa prolongada, podría parecer un lujo o una institución superada, pero no es así. Precisamente porque nuestro tiempo es rápido y ruidoso, se necesita un lugar y un período de la vida en el que se aprenda a permanecer, a discernir y a dejarse formar sin atajos. El seminario no es una postergación de la misión, sino su condición necesaria. No se debe subestimar”, manifestó.
El Papa insistió también en que el esfuerzo de la vida espiritual se sostiene gracias a “la belleza de la fraternidad y de la misión compartida”.
“Jesús no llama a un solo hombre, sino a doce, con personalidades muy distintas y, a veces, inesperadas para nuestros criterios. El Señor los reúne, los mantiene unos junto a otros, para que aprendan que la Iglesia se vive en comunión: no pertenece a ninguno de nosotros, y todos estamos llamados a amarla y servirla como un solo cuerpo”, explicó.
Dirigiéndose a los formadores, les pidió que sean los “primeros maestros de ese cuidado y de esa fraternidad que se manifiestan en relaciones auténticas, personales y comunitarias, hechas de verdad y caridad”. Se trata, dijo, de un ministerio “muy delicado” que “requiere preparación, ciencia, paciencia y amor”.
Finalmente, el Papa dejó claro que la misión de los futuros sacerdotes será llevar el Evangelio a las personas de sus comunidades, es decir, “a las familias que salen adelante con dificultad; a los jóvenes que, con apenas veinte años, hacen las maletas para buscar trabajo; a los ancianos que viven en soledad; a los marginados; a quienes han perdido el sentido de la existencia”.







