Lunes 14 de septiembre: Exaltación de la Santa Cruz

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz nos coloca nuevamente delante del misterio que sostiene nuestro ministerio. La Iglesia no exalta el dolor por el dolor, ni convierte el sufrimiento en una meta. Exalta la Cruz de Cristo porque en ella se manifestó hasta el extremo el amor de Dios por la humanidad. El papa Francisco recordó que la Cruz expresa simultáneamente la gravedad del mal y la fuerza humilde de la misericordia divina; aquello que parecía derrota terminó revelándose como victoria.

Nuestro entorno está rodeado de muchas cruces: guerras que parecen no terminar, desplazamientos, pobreza, violencia, polarización, soledad y tantas heridas que llegan cada día a nuestras comunidades. Pero también nosotros, sacerdotes, llevamos nuestras propias cruces: cansancio, incomprensiones, responsabilidades, heridas interiores, preguntas que quizá no siempre compartimos con nadie. La cuestión no es si tenemos una cruz, sino qué hacemos con ella y desde dónde la vivimos. Podemos cargarla con amargura, convertirla en motivo de queja o aprender de Cristo a hacer de ella una entrega. El papa Francisco insistía en que no podemos seguir a Cristo sin la Cruz, pero tampoco abrazar una cruz sin Cristo.

Hermanos, esta fiesta también nos increpa. ¿Seguimos anunciando una Cruz que nosotros mismos procuramos evitar? ¿Nuestro ministerio nace todavía de la entrega o se ha instalado en la comodidad? ¿Nuestros fieles encuentran en nosotros al Cristo que permanece junto al que sufre, o solamente al funcionario que cumple tareas religiosas? La Cruz nos recuerda que el sacerdote no está llamado a buscar protagonismo, sino a configurarse con Aquel que «se despojó de sí mismo» y se entregó por amor. Como enseña el Catecismo, el valor redentor de la Cruz nace del amor de Cristo llevado hasta el extremo (CEC, 616).

Que al contemplar hoy la Cruz no miremos solamente el sufrimiento de Cristo, sino también nuestra propia manera de vivir el sacerdocio. Quizá el Señor nos esté pidiendo volver a lo esencial: menos nosotros y más Él; menos búsqueda de reconocimiento y más servicio; menos miedo a la entrega y más confianza en la gracia. Que nuestra vida sacerdotal pueda convertirse, en medio de tantas heridas del mundo, en una señal concreta de que el amor todavía vence al odio, la misericordia al pecado y la esperanza a la desesperanza. Como nos recordó el papa León XIV en la Exaltación de la Santa Cruz de 2025, la Cruz permanece como esperanza de los cristianos y gloria de quienes entregan su vida por la fe.

Hermanos, volvamos a mirar la Cruz. Tal vez no necesitemos otra respuesta, sino dejarnos mirar por Cristo desde ella.

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