San Mateo 18, 21-35
¿POR QUÉ PERDONAR Y SER PERDONADOS?
-Un camino de sanación interior-
En el centro una parábola, la del “siervo despiadado” (18,23-34). Antes y después de la parábola, como si estuvieran encuadrándola, dos dichos de Jesús sobre el “perdón” (18,22 y v.35). El primero es la respuesta de Jesús a Pedro y el segundo es la conclusión de la parábola. En ambos casos se insiste sobre la absoluta necesidad del perdón: primero cuantitativamente (“Setenta veces siete”) y luego cualitativamente (“A partir del corazón”). Valga notar que lo que está en juego en esta parte del discurso de Jesús es la “fraternidad” de los “que están reunidos en mi nombre” (v.20): éste es el valor mayor. Podemos ver los versículos 15 (“Tu hermano”; 2 veces), 21 (“Mi hermano”) y 35 (“Vuestro hermano”). Todo apunta hacia el gran principio cristiano de la reconciliación y el perdón. La frase final es contundente:
“Perdonar de corazón cada uno a vuestro hermano” (v.35). Las dimensiones del perdón quedan diseñadas: es sin límites, recíproco y desde el corazón.
La pregunta de Pedro: El perdón sin límites (18,21-22). “Pedro se acercó entonces y le dijo: —Señor, ¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?
22 Dícele Jesús: — No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. “Pedro se acercó… y le dijo…”. Otra vez es Pedro quien le plantea una pregunta a Jesús, esta vez un tema delicado para la vida comunitaria. Los líderes de la comunidad son los primeros responsables de la corrección de los más débiles y del deber de perdonar. Como en el evangelio del domingo pasado, el tema es el hermano (de la comunidad) que cae en situación de pecado. Pero, hay que subrayarlo, aquí se trata específicamente del hermano que peca “contra mí”: “Las ofensas que me haga mi hermano”. En la capacidad de perdón se juega la edificación o la destrucción de la comunidad. “¿Cuántas veces…?”. La pregunta de Pedro presupone una actitud de disponibilidad para perdonar, el punto es, ¿Cuál es el límite, cuantitativamente hablando? El decir “hasta siete veces”, muestra una gran generosidad, ya que nosotros habitualmente decimos: “Te aguanto hasta la segunda, a la tercera te friegas”. “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Esta respuesta de Jesús pone aparte el tipo de pregunta planteada: no hay límites cuantitativos, el perdón se ofrecerá todas las veces que se requiera y esto exige una disponibilidad permanente. En otras palabras, la comunidad de Jesús no puede sostenerse sin el perdón dado y recibido siempre.
Algunos ven aquí una inversión del “Canto de Lamec” (Génesis 4,23-24): “Yo maté a un hombre por una herida que me hizo. Y a un muchacho por un moretón que recibí. Caín será vengado siete veces, mas Lamek lo será setenta y siete” (4,24; la versión griega dice “setenta veces siete”). En este canto, Lamek expone su hombría delante de sus mujeres con acto de ferocidad contra el enemigo. La mención de Caín muestra cómo aún entre los hermanos se puede llegar a lo peor. Jesús, por el contrario, se aparta de este comportamiento y se expresa con una propuesta tangencialmente opuesta: no es “setenta veces siete” la venganza, sino “setenta veces siete” el perdón. Este giro ya se había dado en el Sermón de la Montaña, donde no se admite de ninguna manera la venganza y la ley del talión es replanteada (ver 5,39-42).
La parábola ilustrativa de la enseñanza: el “Siervo despiadado” (18,23-34). “Por eso el Reino de los cielos es semejante a…”. Es importante esta mención del “Reino”: el concederle el perdón al hermano es condición para ser admitido en el “Reino de los cielos”, es en este punto que debe verificarse un cambio radical en la vida de un discípulo (ver 18,3). El perdón desde el corazón o con misericordia (18,35). “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano”. La parábola ha terminado con una verdadera consagración de la “misericordia” con la cual se descarta definitivamente la “ley del talión” (Mt 5, 38-39). La conexión con las bienaventuranzas es evidente: “Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7); esta es, incluso, una de sus mejores catequesis. Igualmente nos conecta con el epílogo del Padre-Nuestro: “Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 14-15).
La novedad, con relación a los textos anteriores, es que Jesús agrega que ese perdón debe ser concedido “de corazón”. Y será nuestra actitud la que determinará finalmente el juicio de Dios sobre nuestras vidas







