San Antonio María Claret y Clarà nació el 23 de diciembre de 1807 en Sallent, Barcelona (España), en una familia cristiana dedicada a la fabricación de tejidos. Fue el quinto de once hermanos. Desde niño recibió una profunda formación cristiana y desarrolló una especial devoción a la Eucaristía y a la Virgen María, elementos que marcarían toda su espiritualidad.
A los 17 años se trasladó a Barcelona para perfeccionarse en el oficio textil. Aunque llegó a destacar en este campo y tuvo posibilidades de desarrollar una importante carrera empresarial, comenzó a experimentar un fuerte llamado a la vida sacerdotal. En 1829 ingresó al Seminario de Vic y posteriormente intentó incorporarse a la Compañía de Jesús en Roma, pero una enfermedad le obligó a abandonar el noviciado. Finalmente, fue ordenado sacerdote el 13 de junio de 1835.
Su gran pasión fue la evangelización. Después de ejercer brevemente el ministerio parroquial, se dedicó a recorrer numerosos pueblos de Cataluña predicando misiones populares. Posteriormente evangelizó también en las Islas Canarias. Caminaba grandes distancias, llevaba consigo la Biblia y el breviario y procuraba vivir con gran pobreza y austeridad. Su predicación, acompañada de una intensa vida de oración, penitencia y servicio, hizo que fuera reconocido como un extraordinario misionero.
Claret comprendió además que la evangelización debía realizarse mediante la predicación, la educación y la difusión de buenos libros. Escribió numerosas obras religiosas y catequéticas destinadas a niños, jóvenes, familias, sacerdotes y laicos. En 1849 fundó en Vic, junto con otros sacerdotes, la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos posteriormente como Misioneros Claretianos.
Ese mismo año fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba. Llegó a la diócesis en 1851 y encontró una realidad pastoral marcada por la pobreza, la escasa formación del clero, el abandono de muchas comunidades y profundas injusticias sociales. Durante su ministerio recorrió incansablemente el territorio, impulsó la formación sacerdotal, promovió escuelas y obras sociales, defendió a los más vulnerables y denunció situaciones de injusticia. Su actividad pastoral le generó fuertes oposiciones e incluso sufrió un atentado contra su vida en Holguín.
En 1855, junto con la venerable María Antonia París, fundó en Cuba la Congregación de las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas, dedicada especialmente a la evangelización y a la educación.
En 1857 regresó a España, llamado por la reina Isabel II para ser su confesor. Aunque desempeñó esta misión en la corte, mantuvo su estilo austero y continuó predicando, confesando, visitando enfermos y presos y promoviendo iniciativas de formación cristiana. También fue presidente del Monasterio de El Escorial, donde impulsó la formación intelectual y religiosa.
Tras la revolución de 1868, marchó al exilio junto con la familia real. En París continuó su actividad apostólica y posteriormente viajó a Roma, donde participó en los trabajos del Concilio Vaticano I (1869-1870). Ya gravemente enfermo, se retiró a la comunidad claretiana de Prades, Francia. Debido a la persecución política tuvo que refugiarse finalmente en la abadía cisterciense de Fontfroide, donde murió el 24 de octubre de 1870, a los 62 años.
Sus restos fueron trasladados posteriormente a Vic. El papa Pío XI lo beatificó el 25 de febrero de 1934, y el papa Pío XII lo canonizó el 7 de mayo de 1950. Su memoria litúrgica se celebra el 24 de octubre.







